El recolector de estrellas
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Había una vez, en un valle rodeado por montañas suaves que olían a lavanda y pino, un pequeño ser llamado Milo. Milo era un Magikito con orejitas suaves y una capa de terciopelo azul noche. Llevaba un gorro un poco demasiado grande que a veces le tapaba los ojos. Milo tenía un oficio muy antiguo y sereno: recolector de estrellas.
Todas las noches, cuando el cielo se teñía de violeta y las primeras luces empezaban a titilar allá arriba, Milo salía de su casita de roble. En la espalda llevaba un morral, su morral favorito, tejido con hilos de luna, y en la mano un pequeño farol de cristal. Para alcanzar las estrellas, Milo no necesitaba volar. Caminaba por el sendero del humo azul, un caminito hecho de niebla que flotaba entre las colinas al anochecer. Con cada paso, sus botitas de fieltro no hacían ningún ruido, sino un leve tap, tap, tap, tap, tan suave como una hoja cayendo en la hierba.
Al llegar a la cima del monte, el cielo quedaba tan bajo que bastaba con estirar los brazos para tocarlo. Ahí estaban, estrellas pequeñas, doradas, plateadas y con destellos de color melocotón. Milo no las arrancaba con prisa; las miraba con ternura y les susurraba: —Gracias. Con la yema de sus dedos, rozaba con cuidado aquellas estrellas que ya estaban listas para descansar del firmamento. Al tocarlas, las estrellas se desprendían como fruta madura y caían suavemente en su morral de lana. Cuando su morral brillaba por dentro con un resplandor dorado y tibio, Milo sabía que era hora de bajar.
El mundo de abajo comenzaba a dormirse, pero no todos los rincones tenían la suerte de estar iluminados. Milo caminaba en silencio entre las sombras del valle, atento a los lugares donde hiciera falta un poco de luz y consuelo.
Primero llegó a la orilla del gran estanque. Un pequeño patito se había distraído buscando caracoles y la noche lo había atrapado lejos de su madre, asustado en la penumbra. Milo se acercó despacio, metió la mano en su morral y sacó una estrellita de color ámbar, dulce y cálido. La posó suavemente sobre una hoja de loto flotante. La luz dorada iluminó el agua con un brillo tranquilo, mostrando al patito el camino de regreso. El patito nadó confiado hacia su nido.
Más adelante, Milo pasó junto a una pequeña casa de madera. Por la ventana entornada vio a una niña que no podía conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama, mirando inquieta las sombras de la habitación. Milo sonrió con ternura, buscó en su morral la estrella plateada, una que destilaba un aroma a canela y sueño. Sopló sobre ella con delicadeza. La estrella se convirtió en una fina lluvia de polvos de luz que cruzó la ventana y se posó sobre las pestañas de la niña. Al instante, los hombros de la pequeña se relajaron. Soltó un largo suspiro de alivio y se acurrucó bajo las mantas, adentrándose en un sueño dulce y profundo.
Milo continuó su caminata. Dejó una chispa dorada en el hueco de un viejo roble para que la familia de ardillas no tuviera miedo en la oscuridad y arropó con una luz pequeñita el pétalo de una flor nocturna que acababa de abrirse. Poco a poco, el morral de Milo fue quedándose vacío, pero el valle quedó lleno de pequeños puntos de paz, pequeños faros de calma que hacían que la noche no fuera oscura ni fría.
Al cabo de unas horas, cuando el cielo empezaba a volverse de un azul más claro, Milo regresó a su hogar. Estaba cansado, pero contento de haber hecho con amor su trabajo. Entró en su casa, se quitó el gorrito y la capa, pero al revisar su morral descubrió que aún quedaba algo en el fondo, una última estrella muy pequeñita que latía con una luz azul constante. Milo la tomó entre sus manos. Sentía su calor tibio en las palmas. —Esta es para mí —exclamó el Magikito con una sonrisa. Colocó la estrella en el farolito de cristal que tenía junto a la cama. Su luz bañó la habitación de un tono azul profundo, relajante y pacífico.
Milo se acurrucó en su camita, mullida como una nube, apoyó la cabeza en la almohada y escuchó el susurro del viento fuera, mientras su pequeña estrella parpadeaba levemente acompañando su respiración. Inspiró profundo y exhaló despacio, cerró los ojos, sabiendo que el mundo fuera estaba iluminado y seguro. Y así, arropado por la luz que él mismo había repartido, el pequeño Magikito se quedó profundamente dormidito.