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El primer día de colegio

El despertador, con forma de cohete, sonó a las siete de la mañana, pero Rafael se enterró hasta las orejas debajo de las sábanas. No era un martes cualquiera, era el primer día de clase y Rafael había decidido, tras una intensa deliberación consigo mismo a medianoche, que no pensaba poner un pie en el colegio.

—¡Bah! Tienen profesores nuevos, la mochila pesa como un saco de patatas y seguro que los pasillos están llenos de monstruos comedeberes —dijo en la oscuridad de su cueva de mantas.

Lo que Rafael no sabía era que justo encima de su lámpara de noche, entre la sombra del cable y la pared, acababa de desplegarse una tienda de campaña del tamaño de una nuez. De ella salió un Magikito. El Magikito medía apenas tres centímetros, llevaba un sombrero puntiagudo y una túnica brillante de color azul turquesa muy curioso.

—Menuda fortaleza te has construido, Rafael —dijo con una voz fina pero potente, parecida al tintineo de dos copas de cristal.

Rafael asomó un ojo.

—¿Quién eres? ¿Un bicho?

—¿Un bicho? No, no, no. Soy un Magikito, el guardián de los primeros días. Y he venido porque he detectado un nivel de mieditis del primer día categoría cinco en esta habitación.

El Magikito saltó desde la lámpara y aterrizó suavemente sobre la almohada. Sacó de su bolsillo una diminuta varita que parecía un palillo de dientes con una estrella de escarcha en la punta.

—No voy a ir —dijo Rafael saliendo del todo pero cruzándose de brazos—. En el colegio hay demasiado ruido y no conozco a la nueva profesora. Prefiero quedarme aquí.

—Entiendo —dijo el Magikito sentándose con las piernas cruzadas sobre la colcha—. Quedarse en la cama es cómodo, pero te vas a perder la cacería de mapas.

—¿Qué cacería?

El Magikito le guiñó un ojo y agitó su varita. Una pequeña ráfaga de chispas doradas flotó en el aire y rodeó la mochila de Rafael, que descansaba en la silla. De repente, la mochila no parecía un saco pesado, sino un cofre de cuero antiguo.

—Los colegios son lugares extraños, Rafael. Tú ves un edificio de ladrillo, pero en realidad es un castillo interactivo. Los profesores no son monstruos, son guardianes de portales. La profesora nueva, por ejemplo, tiene en su cabeza la llave para enseñarte a descifrar códigos secretos. Creo que los adultos lo llaman matemáticas, pero entre tú y yo es magia pura, para mover cosas con la mente.

Rafael abrió los ojos entre incrédulo y divertido.

—¿Y los pasillos?

—Ah, los pasillos son senderos donde hoy se cruzan cientos de exploradores que están tan asustados como tú. Algunos llevan escudos invisibles de timidez. Si les sonríes, el escudo se rompe y se convierten en tus compañeros de tripulación.

El Magikito tocó con su varita el cordón de la zapatilla de Rafael. El cordón comenzó a brillar con un suave tono plateado.

—Te haré un trato —dijo el pequeño ser—. Te presto un encantamiento de invisibilidad parcial. No te hará invisible a los ojos, pero hará que las dudas no te puedan tocar. Cada vez que sientas que el corazón te late rápido en el patio, tócate el bolsillo derecho.

Rafael se llevó la mano al bolsillo del pantalón y notó algo duro y cálido. Sacó una pequeña piedra, lisa, blanca como la luna, que brillaba muy suavemente.

—Es un trocito de estrella fugaz congelada —le dijo el Magikito—. Guarda la valentía de todos los niños que alguna vez tuvieron miedo el primer día y cuando la aprietas te recordará que eres capaz de conquistar cualquier castillo.

En ese momento, la voz de la mamá de Rafael resonó desde la cocina.

—¡Rafael, el desayuno está listo, que llegamos tarde al cole!

Rafael miró la piedra, luego miró al Magikito, que ya estaba colocando su gorrito puntiagudo.

—¿Estarás allí? —preguntó el niño en voz baja.

—Siempre estoy en las mochilas de los que se atreven a cruzar la puerta —dijo el diminuto Magikito, desapareciendo en un chasquido de luz dorada que dejó un suave olor a vainilla y canela.

Rafael saltó de la cama, se calzó las zapatillas de los cordones brillantes, se guardó la piedra de estrella en el bolsillo derecho y se colgó el cofre de explorador a la espalda. El colegio seguía siendo el mismo edificio de siempre, pero cruzó el portón de entrada y vio a una niña vacilante en el patio. Le sonrió. El escudo invisible de ella se rompió al instante y Rafael supo que la aventura estaba a punto de comenzar.

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