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El niño que no quería comer

Había una vez un niño llamado Leo que tenía un enemigo mortal: verde y humeante, la sopa de verduras. Para Leo, el plato que su madre dejaba sobre la mesa no era comida, sino un estanque de lodo hirviente donde flotaban trozos de brócoli que parecían árboles enanos ahogados y zanahorias que juraría que lo miraban de reojo. —¡Ni hablar! Esta sopa huele a calcetín de gigante —protestó Leo cruzándose de brazos—.

Esa misma tarde, el choque de sus brazos provocó un chispazo mágico sobre el plato. El vapor de la sopa comenzó a girar, se volvió de color morado brillante y entre un estallido de confeti y un olor a chicle de fresa, surgió una criatura enana con gafas de sol, con un gorro torcido y una varita que tenía una gominola pegada en el extremo. —¿Qué pasa, chaval? —dijo el diminuto ser, dando una voltereta en el aire antes de aterrizar de pie sobre el borde del plato—. Soy el Magikito del buen rollo. Me han dicho que aquí hay un problema de actitud con el menú del día.

Leo se quedó boquiabierto, apuntando con la cuchara. —¿Tú sales de mi sopa?

—Sí, de la niebla vegetal —dijo el Magikito ajustándose las gafas—. Y vengo a enseñarte que la sopa no se come, se vive.

El Magikito agitó su varita con forma de gominola y gritó: —¡Abracadabra, que la verdura abra! De pronto, el tazón creció hasta convertirse en una piscina olímpica. Los trozos de brócoli se transformaron en selvas flotantes, las zanahorias en tablas de surf naranjas y el caldo de pollo en un océano templado de pura diversión.

—¡Al agua, patos! —gritó el Magikito lanzándose de cabeza.

Leo, que de repente se vio del tamaño de un muñequito de plástico, cayó justo sobre una rodaja de zanahoria. —¡Oye, esto es genial! —dijo el niño mientras surfeaba sobre una ola de caldo dorado.

—¡Cuidado con la corriente de guisantes! —advirtió el Magikito, esquivando a toda velocidad una ráfaga de pequeñas bolas verdes que rebotaban como pelotas de golf.

Durante diez minutos, Leo y el Magikito exploraron el océano del tazón, escalaron el monte brócoli, que sabía misteriosamente a queso fundido, y lucharon contra un monstruo de fideos que solo quería dar abrazos apretados. Cada vez que Leo probaba un bocado de aquel mundo para abrirse paso, descubría que no sabía a calcetín, sino a una aventura crujiente y deliciosa. —¡A la vista! —gritó el Magikito señalando una patata—. Para vencerla hay que masticarla tres veces.

Leo se la zampó de un bocado. —¡Derrotada!

De repente, el Magikito chasqueó los dedos. Todo volvió a su tamaño normal. Leo estaba de nuevo sentado en su silla con la cuchara en la mano. El plato de sopa estaba completamente vacío y su estómago resonó con un rugido de satisfacción. A su lado, sobre la servilleta, el Magikito del buen rollo le guiñó un ojo, dejó una pegatina sonriente y desapareció en una pequeña nube de humo con aroma a vainilla.

Cuando su madre entró en la cocina y vio el plato limpio, se quedó paralizada. —¿Te has tomado toda la sopa? —preguntó sin creérselo.

Leo sonrió, se limpió la boca con la servilleta y respondió: —Es que surfear en zanahoria da mucha hambre, mamá. La próxima vez ponle más fideos monstruo.

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