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El manto del sueño

Más allá de donde alcanzan los mapas, y justo en el rincón donde nace el arco iris, está el Valle de la Melodía Flotante. Este es el hogar secreto de los Magikitos, unos seres tan suaves que parecen estar hechos de la espuma de las olas del mar. Estos caminan gracias a la luz de los buenos deseos de los humanos.

Cada Magikito tiene un capullo de flor como casa y una tarea sagrada cuando llega la noche. Hoy es una noche muy especial en el valle, porque la luna ha encendido su farol de plata más brillante y es el momento de preparar el manto del sueño.

En el centro del valle, tres Magikitos muy sabios están trabajando en silencio. Lumi, la Magikita de la luz, junta destellos de luciérnagas encendidas en un frasco de cristal. Su luz no encandila, no, sino que es un brillo muy suave que invita a entornar los ojos. Plumo es el Magikito del tacto. Peina las hebras de los dientes de león para tejer mantas invisibles, que pesan menos que el aire, pero que abrazan con el calor de un abrazo de papá o mamá. Y el Magikito del silencio viaja por el aire atrapando los sonidos fuertes del motor de los coches, los ladridos lejanos, las voces, y los transforma en un susurro constante como el agua de un río que corre despacio. Cuando los tres terminan, guardan toda esa magia en un cofre hecho de corteza de árbol de canela.

Un aroma dulce, templado y relajante comienza a flotar por todo el valle, viajando directo hacia tu habitación. Mientras tu habitación se llena de esa sutil fragancia a canela y estrellas, el Magikito encargado de cuidar tu cama desciende flotando. Se llama Nim. Nim viste un pijama de pétalos de lavanda y viaja sentado sobre una hoja de sauce que flota como una alfombra mágica. Nim entra por la rendija de la ventana sin hacer el más mínimo ruido y se posa suavemente en la esquina de tu almohada. Desde ahí te mira con mucho cariño y saca de su bolsillo un pequeño reloj de arena.

Pero la arena de este reloj no es como la de todos los relojes de arena, sino que son granitos de luna, que caen despacio, tan despacio, que parece que el tiempo se detiene.

—Ya no hay prisa —susurra Nim con una voz que suena a eco de caracola marina—. El día ya se ha acabado, los juegos ya se han jugado, y las piernas ya han corrido todo lo que tenían que correr. Ahora la tierra gira más despacio para que tú puedas descansar.

Con cada granito de arena de luna que cae en el reloj de Nim, tu cuerpo se vuelve un poquito más pesado y más blandito, como si te fueses convirtiendo en parte del colchón. Entonces, Nim saca un abanico mágico hecho de plumas de un cisne majestuoso. Comienza a moverlo muy despacio sobre tu frente. Cada suave ráfaga de aire trae un mensaje de los Magikitos.

El primer soplido relaja tus pies. Los dedos de los pies se quedan quietos, calentitos bajo la sábana, descansando todas las pisadas del día. El segundo soplido sube por tus piernas y tu espalda. Los músculos se aflojan, se derriten como la cera de una vela, hundiéndose en la suavidad de tu cama. El tercer soplido llega a tus hombros y a tus manos. Tus manos se abren, sueltan todo, todo, todo. Se quedan relajadas y tranquilas a los lados de tu cuerpo. El cuarto soplido acaricia tu carita. Tu mandíbula se relaja, tu frente se alisa y tus párpados se vuelven tan pesados como dos pétalos mojados por el rocío de la noche. Es tan agradable mantenerlos cerrados. Tan agradable no mirar nada más.

Nim sonríe al ver que tu respiración ya es una melodía perfecta. Perfecta. Inhalas la magia del aire, exhalas y te calmas. Tu pecho sube despacio, tu pecho baja despacio.

En el valle de los Magikitos, todas las flores de lavanda se han cerrado. Los Magikitos apagan sus linternas de luciérnagas. El viento del norte canta una nana muy bajita entre las hojas de los árboles. Nim se acurruca en la esquina de tu mesita de noche, encendiendo un pequeño escudo protector de luz a tu alrededor. Nada puede perturbar tu paz. Estás a salvo. Estás bajo el cuidado de la magia más pura. El viaje hacia el mundo de los sueños ha comenzado. Es un paisaje donde puedes flotar igual que un Magikito, libre y feliz.

Buenas noches, duerme profundo, duerme en paz.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona