El duende que no tenía prisa.El valor de lo hecho a mano.
Había una vez, en el rincón más verde del Bosque de los Susurros, un duendecillo llamado Remy. A diferencia de otros duendes que correteaban de un lado a otro recolectando bellotas o saltando arroyos, Remy pasaba los días sentado sobre una roca lisa, uniendo hojas secas, hilos de algodón silvestre y ramitas con una paciencia infinita. Estaba creando un Magikito, una pequeña criatura con alma.
Un día, un conejo muy apurado pasó corriendo y se detuvo al verlo.
—¿Por qué tardas tanto en hacer eso, Remy? —preguntó el conejo, moviendo la nariz con impaciencia—. En la Ciudad del Norte hay máquinas que hacen mil juguetes en un solo minuto. Estás perdiendo el tiempo.
Remy sonrió, sin mostrar ninguna molestia, y cosió el último botón de madera que servía como ojo para su criatura.
—Las máquinas hacen cosas perfectas, amigo conejo —respondió el duendecillo con voz suave—, pero lo que se hace rápido, a veces se olvida rápido. Yo no uso moldes, uso el tiempo. Cada puntada lleva un pensamiento bonito, cada hilo lleva un deseo de felicidad, y cada detalle está hecho con mis propias manos. Por eso, cuando alguien abraza a una de mis criaturas, no solo toca tela, siente un poquito de mi alma.
El conejo se quedó callado, mirando al pequeño ser de trapo que parecía sonreír con una calidez única. Entendió entonces que lo que realmente vale la pena en la vida no es la velocidad, sino el amor y la dedicación.
Remy sopló sobre su criatura, y el Magikito abrió los ojos, listo para dar abrazos que curan en los días grises.