En los bosques profundos de Taramundi, donde el agua de los arroyos mueve ruedas de piedra como si fueran magia, viven los Magikitos, unos seres diminutos del tamaño de una castaña grande, con sombrero de musgo y un instinto implacable para el orden de la naturaleza. No se andan con rodeos ni con tonterías; tienen un trabajo que hacer y lo cumplen a rajatabla.

Aquel día, el sol empezaba a caer. La puesta de sol teñía el cielo de un tono dorado y rojizo, que avisaba que el tiempo apretaba. Brian, el Magikito encargado de la zona del río, miraba al reloj del sol con cara de pocos amigos. Se le echaba la noche encima y las ovejas del prado de arriba, tercas como ellas solas, se habían negado a entrar en el redil, rompiendo la santa rutina del valle.

«Si las ovejas no duermen, el río no descansa; y si el río no descansa, mañana las muelas de los molinos no giran…», murmuró Brian, ajustándose el cinturón. Para solucionar la situación, sacó de su zurrón el tesoro más preciado de los Magikitos de la zona: una diminuta vela de cera pura de abeja, impregnada con esencia de lavanda silvestre y agua de la cascada de Salgueira.

Corrió hacia el prado, esquivando las gotas del rocío que ya empezaba a caer. Se plantó ante la oveja jefa, que lo miraba con aire de superioridad, y encendió la vela con una chispa de pedernal. Al momento, una llama azulada y un aroma intenso y relajante inundaron el prado. No hubo que insistir: las ovejas, hipnotizadas por el parpadeo de la luz y el olor, empezaron a caminar en fila india, directas al redil, sin rechistar ni una sola vez. Sabían que tocaba dormir.

Con el prado despejado, la puesta de sol terminó de esconderse tras las montañas de Asturias y el río recuperó su murmullo pausado de la noche, fluyendo limpio y constante, listo para el día siguiente. Brian sopló la vela, guardó la mecha y se sentó a la orilla a ver cómo el agua seguía su curso exacto. Se quedó un rato largo escuchando el murmullo del río, que ahora sonaba como una nana de piedra y agua.

Cuando la oscuridad fue total, una hilera de luces diminutas empezó a brotar de las ventanas de los hórreos y de las rendijas de las cabañas de piedra. Eran los demás Magikitos, encendiendo sus propias velas para guiar a los caminantes nocturnos y proteger el sueño de los paisanos. Desde lo alto del monte, Taramundi no parecía un pueblo, sino un cielo estrellado en la tierra, donde cada pequeña luz cumplía su función sin fallar.

Brian sonrió, se arropó con una hoja de roble y se durmió con la tranquilidad del deber cumplido, sabiendo que, en ese rincón del mundo, mientras cada uno hiciera lo que le toca, la vida funcionaría como un reloj.

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