Se dice cuando estás hablando y, de repente, la voz te pega un gallo: se te quiebra, te sale un gallito ridículo y te quedas vendido delante de todo el mundo. Suele pasar por nervios, por la garganta seca o por estar medio afónico. Da una vergüencita tremenda, pero también es comedia pura.
"En la boda, el primo iba a soltar el discurso y, justo en el brindis, montó un gallo tan bestia que la abuela se atragantó de la risa con el cava."