Se dice cuando ya estás mamado, hartísimo, al borde de perder la paciencia. Es como tener el timbre sonando sin parar en la cabeza y tú pensando: ya, por favor. Sirve para quejarte de alguien, de una situación o de un día pesado. Suena muy de acá y se usa con ganas.
"El vecino lleva dos horas con la misma carreta y yo ya estoy hasta el timbre, me voy a hacer el loco y me encierro."