Se usa para hablar de una salida a beber con los panas, normalmente fuerte y sin mucho control, donde la idea es vacilar, tomar hasta que el cuerpo diga basta y armar relajo. Suele implicar rumba larga, risas, música a todo volumen y anécdotas que al día siguiente casi nadie recuerda completas, pero igual se siguen contando.
Una visita extendida al kiosco del barrio, en la que la charla con el dueño se alarga tanto como las ganas de comprar golosinas y bebidas.