Se le dice, medio en burla, a alguien muy beato o pegado a la iglesia, de los que no se pierden una misa y andan siempre con cara de santo. Es como llamarle santurrón, pero más callejero y con mala leche suave. Suele usarse para pinchar a tu pata cuando se pone demasiado devoto.
"Oe, otra vez te vas a la iglesia en vez de venir a la pichanga, ¿qué fue, chupacirios? Después no llores cuando te cuenten los goles."