Axel llegó a casa con la bolsa de las compras, la dejó en la cocina y se miró de pasada en el espejo del pasillo. Bruno le había hecho un corte perfecto.

Aquella era la última noche que iba a dormir allí y le sorprendió lo poco que le importaba dejar el piso.

Antes de ponerse a cocinar encendió el altavoz, puso música y se asomó otra vez a la habitación para comprobar que ya estaba todo preparado para su viaje. Ya iba por la tercera comprobación.

En la habitación no quedaba nada más que la mochila de lona marrón, llena hasta el último bolsillo, y las nueve cajas de colores apiladas al lado de la puerta.

Todo lo que llevaba dentro tenía utilidad, y algunas cosas incluso varias, como el tenedor con forma de cuchara, que valía tanto para zamparse unos cereales como para pinchar la carne.

Las cajas seguían sin dueño. Al invitar a Bruno y a Clara se le había ocurrido echar una partida con ellos y dárselas después de cenar. De paso les contaría lo del viaje. Se imaginó intentando explicar las reglas de los nueve juegos antes del postre y decidió que con uno iban servidos.

Apagó la luz y volvió a la cocina. Sacó la tabla, el cuchillo y se puso con las verduras, cortando a ritmo con la música.

Ya había cortado los pimientos verdes y estaba alargando la mano hacia uno rojo cuando el muy cabrón se puso a rodar por la barra y cayó dentro del fregadero. Axel se quedó tres segundos con el cuchillo en la mano, mirando aquello.

Le habría dado con el codo, porque los pimientos no se tiran al fregadero por su cuenta y allí no había nadie más que él. Con las cebollas le pasaba constantemente.

Lo pescó del fregadero, lo cortó, y puso la sartén al fuego con aceite. Mientras se calentaba picó dos dientes de ajo.

Axel mira con desconfianza el pimiento rojo que acaba de sacar del fregadero.

Estaba terminando de poner el ajo picado y los pimientos troceados en la sartén cuando la música se pausó y sonaron unas campanitas.

Era una notificación del móvil, alguien le había enviado un mensaje.

«Hey Axel, al final no vamos esta noche, estamos muertos y nos vamos a ver una peli. La semana que viene sin falta, bro!».

Lo leyó dos veces. Luego dejó el móvil boca abajo al lado del altavoz, removió el ajo y siguió a lo suyo.

Bruno y Clara llevaban cuatro años sin fallar una sola vez y tenían que hacerlo precisamente aquella noche.

Se quedó mirando la sartén con el ajo saltando. Justo aquel plan para su última noche se lo cambiaban por una peli en el sofá. No era culpa de ellos. No lo sabían. Eso era lo peor: que no lo sabían porque él no se lo había dicho, y que aun así le dolía como si lo supieran.

Lo que más le fastidiaba era pensar que, incluso si se lo hubiera contado, a lo mejor tampoco habrían venido. A las nueve de un miércoles la gente estaba reventada. Él llevaba cuatro años así, llegando al sofá con lo justo, y nadie había venido a buscarlo.

Quedaba Eva, que tenía las nueve apuntadas en un papel. Eran las nueve y diez, y el altavoz seguía sonando en una cocina solitaria donde había comida para un batallón.

Se puso con los calabacines, el pollo y los calamares, que le dieron bastante más trabajo. Después echó el arroz y el caldo, tapó la sartén y se quedó diecisiete minutos de pie delante del fuego, mirando cómo se hacía.

A las diez y veinte la paella estaba encima de la mesa, lista para el ataque.

Axel cena solo ante la paella y los tres platos que siguen vacíos.

Se sirvió dos veces. Se lo zampó casi todo y se quedó mirando los otros tres platos de la mesa. Los recogió y los dejó en el escurridor.

De pie en la cocina, con la panza llena, se preguntó para qué coño iba a esperar a mañana.

— A tomar por culo — dijo, en voz alta, en una cocina vacía.

Lo dijo con rabia, que era una cosa que a él no le salía nunca, y le sonó tan raro en su propia boca que casi se ríe.

Fregó la sartén, tapó lo que sobraba y lo dejó en la nevera para nadie. Agarró la mochila.

— Pues vamos — se dijo. Cogió también las nueve cajas, que pesaban más que la mochila, y las llevó apiladas contra el pecho, con la barbilla encima.

Fuera hacía un fresquito agradable y, de momento, la mochila tampoco pesaba tanto. La cosa empezaba bien.

Recorrió el mismo camino que había hecho aquella tarde en dirección a la peluquería. Dejó las cajas a los pies de la puerta de cristal, debajo del letrero de madera que decía «Cerrado», y encima puso una hoja doblada del cuaderno de la compra, con cuatro líneas escritas de pie en la acera.

Amigos, voy a estar en una aventura. No sé cuánto tiempo. Los juegos son vuestros, espero que juguéis con ellos más que yo. Axel.

Y siguió su camino avenida abajo.

Giró a la izquierda, siguió por varias avenidas más, cruzó un puente y allí el ambiente era diferente. Ya no había casas ni carreteras asfaltadas. El suelo era de tierra y en lugar de casas y farolas había árboles y oscuridad.

Había salido de la ciudad… y por alguna razón hasta el olor del aire era diferente.

Olía a tierra mojada. Olía a libertad.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona