No te rajes
Una voz entre el ruido y un perro tirando de la correa
El mercado estaba petado de gente.
La pescadera cantaba lo que le quedaba por encima del ruido de la gente y de la radio del de las especias. Entre dos críos que no paraban quietos, un señor discutía el precio de unos ajos como si le fuera algo en ello.
Axel se sabía de memoria lo que necesitaba para la paella y fue pasando por los puestos sin sacar ninguna lista.
Entre todo aquel jaleo le llegó una voz cantando que le hizo parar la oreja, como si alguien le estuviera hablando a él desde la otra punta del mercado.
La siguió. Pasó por delante de un puesto que tenía un montón de verduras con una pinta exquisita y tomó nota de volver.
Ella estaba al fondo, en el hueco entre el puesto de las especias y la pared, de pie, con una mochila apoyada en los ladrillos.
En los cuarenta segundos que tardó en llegar hasta allí pasaron por delante de ella once personas y ninguna giró la cabeza.
Iba descalza. La mochila era de un azul desgastadísimo ya tirando pa gris, con la cremallera reventada y atada con un cordón de zapato. Y a su lado, sentado, había un gato blanco con la cabeza manchada de marrón y de negro, mirando pasar los pies de la gente.
Axel se paró a tres metros y se quedó ahí.
Ella lo vio pararse. Levantó una ceja medio centímetro y siguió cantando, y era una canción rara: frases sueltas que parecían no tener ningún sentido, pero que de alguna forma evocaban un sentimiento de paz.

Un perro se puso a ladrar tan cerca y tan fuerte que ella dejó de cantar a mitad de una palabra.
El gato se puso de pie. Se le infló el rabo y se quedó quieto, de lado, sin quitarle ojo.
Era un perro grande, tirando de la correa con las dos patas de delante en el aire. Y al otro lado de la correa había un hombre que tiraba también, pero hacia atrás, y que gritaba más que el perro.
— ¡Puto gato! ¡Fuera de aquí!
La chica no se movió. El gato tampoco.
— Que te vayas de aquí — dijo el hombre —. Sucia hippie. Ponte a trabajar y deja de molestar a la gente.
Axel no se había peleado con nadie en su vida, pero se metió entre los dos tan rápido que hasta él mismo se sorprendió.
— Oye tronco, no le hables así a la chavala, que no te ha hecho nada.
— Que quite a ese gato pulgoso de aquí, está molestando a mi perro.
A Axel se le escapó la risa. No la aguantó y tampoco lo intentó.
— ¿Por qué no sigues tu camino y ya está?
El hombre abrió la boca y no dijo nada. Para entonces el perro se había puesto a oler una caja de tomates y el gato estaba dando vueltas alrededor de las piernas de la chica.

Entre gruñidos, el hombre tiró de la correa y siguió caminando.
— Vamos, Duque, que le den por culo a estos hippies — dijo, y tiró de la correa, y se lo tragó el mercado.
Axel se quedó allí, con las manos separadas del cuerpo y el corazón a tope. Todavía no sabía de dónde le había salido aquel impulso cuando ella le habló.
— Gracias.
— Nada. Qué triste, ¿no? La de amargaos que hay por ahí.
— Bueno. Pues tienes suerte de no ser uno. — Se quedó mirándole.
— Me llamo Eva.
— Axel.
Se dieron la mano. El gato se acercó y le olió los pies.
— Parece que le caes bien.
— ¡Pues qué suerte! Por cierto, cantas muy bien.

— ¿Ah, sí? Jaja, eres el único que me ha echado cuenta en toda la tarde.
— ¿Cómo se llamaba esa canción?
— No lo sé. No me gusta ponerle nombre a mis canciones.
— ¿Entonces esa canción la has inventado tú?
— Me sale y la canto. Luego se me olvida.
— Eso es mejor todavía.
Ella no dijo ni que sí ni que no.
El gato se había puesto a jugar con los cordones de un zapato de Axel.
— Oye — añadió —. Esta noche hago una cena en mi casa con unos amigos. Vente, si quieres. Después jugamos a algo.
Eva se quedó en silencio. Miró al gato, luego a él.
— Solo si puedo llevar a Fay.

— ¡Claro! Bueno… en el piso no me dejan meter animales. Pero es mi último día por aquí, así que me da exactamente igual. ¡Mañana me vooooyy!
— ¿Y dónde te vas?
Ahí se atascó, porque hasta entonces le había bastado con saber que se iba.
— Al norte. No sé hasta dónde.
— ¿Al norte de dónde?
— Ni idea… al norte donde haya peña surfeando en las playas.
— Ah. ¿Vas en plan a buscarte a ti mismo?
— No.
Estuvo a punto de contarle lo de la pizza en el suelo de la cocina, pero se lo guardó.
— Voy a buscar una aventura.
— Ese plan me gusta.
Y no preguntó más.
Axel le apuntó la dirección en un trozo de bolsa de papel, con la hora debajo y un «no te rajes» que le salió sin pensar, y se fue a por los calamares.