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No te rajes

El mercado, a las siete de la tarde de un miércoles, es un sitio con mucho ruido. La pescadera cantando lo que le queda. Los carros. La radio del de las especias. Dos críos. Un señor discutiendo el precio de unos ajos como si le fuera algo en ello.

Axel llevaba la lista de la paella en la cabeza y no la iba mirando, porque esa lista se la sabía.

Entre todo aquel ruido oyó una voz cantando, y le pasó una cosa rara: la oyó entera. No como se oye una radio de fondo. Como se oye a alguien que te está hablando a ti.

La siguió.

Pasó por delante de un puesto con las cajas puestas por colores y tomó nota de volver.

Ella estaba al fondo, en el hueco entre el puesto de las especias y la pared, de pie, con una mochila apoyada en los ladrillos.

En los cuarenta segundos que tardó en llegar hasta allí pasaron por delante de ella once personas y ninguna giró la cabeza.

Iba descalza. La mochila era de colegio, gris de haber sido de otro color, con la cremallera reventada y atada con un cordón de zapato. Y a su lado, sentado, había un gato blanco con la cabeza manchada de marrón y de negro, mirando pasar los pies de la gente.

Axel se paró a tres metros y se quedó ahí.

Ella lo vio pararse. Levantó una ceja medio centímetro y siguió cantando, y era una canción rara: frases sueltas, sin estribillo, con silencios muy largos en medio en los que no metía nada.

Y entonces ladró un perro, muy cerca y muy fuerte, y ella dejó de cantar a mitad de una palabra.

El gato se puso de pie. Se le infló el rabo hasta el triple y se quedó quieto, de lado, sin quitarle ojo.

Era un perro grande, tirando de la correa con las dos patas de delante en el aire. Y al otro lado de la correa había un hombre que tiraba también, pero hacia atrás, y que gritaba más que el perro.

— ¡Puto gato! ¡Fuera de aquí!

La chica no se movió. El gato tampoco.

— Que te vayas de aquí — dijo el hombre —. Sucia hippie. Ponte a trabajar y deja de molestar a la gente.

Y Axel, que no se ha peleado con nadie en su vida, se puso en medio.

— Oye tronco, no le hables así a la chavala, que no te ha hecho nada.

— Que quite a ese gato pulgoso de aquí, está molestando a mi perro.

A Axel se le escapó la risa. No la aguantó y tampoco lo intentó.

— ¿Por qué no sigues tu camino y ya está?

El hombre abrió la boca y no dijo nada. Para entonces el perro se había puesto a oler una caja de tomates y el gato estaba dando vueltas alrededor de las piernas de la chica.

Entre gruñidos, el hombre tiró de la correa y siguió caminando.

— Vamos, Duque, que le den a estos hippies — dijo, y tiró de la correa, y se lo tragó el mercado.

Axel se quedó donde estaba, con las manos un poco separadas del cuerpo, como quien acaba de soltar algo que pesaba. Le iba el corazón a golpes. Veintiséis años sin meterse en nada, y acababa de meterse en medio de un mercado por una chica descalza y un gato. No supo de dónde le había salido. Le dio tiempo a pensar, antes de que ella hablara, que aquello no era suyo. Y a pensar, justo después, que a lo mejor sí.

— Gracias.

— Nada. Qué triste, ¿no? La de amargaos que hay por ahí.

— Bueno. Pues tienes suerte de no ser uno.

Y Axel se quedó con eso puesto un segundo más de lo que dura una respuesta.

— Me llamo Eva.

— Axel.

Se dieron la mano. El gato se acercó y le olió los pies.

— Parece que le caes bien.

— Ya ves. — Y sin pensarlo —: Oye, cantas muy bien.

— Pues eres el único que me ha echado cuenta en toda la tarde.

— ¿Cómo se llama?

— No lo sé. No me gusta ponerle nombre a mis canciones.

— ¿Entonces te la estabas inventando?

— Me sale y la canto. Luego se me olvida.

— Eso es mejor todavía.

Ella no dijo ni que sí ni que no.

El gato se había puesto a darle a los cordones de un zapato de Axel.

— Oye — añadió —. Esta noche hago una cena en mi casa con unos amigos. Vente, si quieres. Después jugamos a algo.

Eva se quedó en silencio. Miró al gato, luego a él.

— Solo si puedo llevar a Fay.

— ¡Claro! Bueno… en el piso no me dejan meter animales. Pero es mi último día, así que me da exactamente igual.

— ¿Y dónde te vas?

Ahí se le atascó, porque llevaba un día entero sin que nadie le preguntara nada.

— Al norte. No sé hasta dónde.

— ¿Al norte de dónde?

— Al norte.

— Ah. ¿Y vas a buscarte a ti mismo?

— No.

No dijo lo otro. Estuvo a punto y no lo dijo, y se le quedó dentro un trozo de pizza en el suelo de una cocina.

— Voy a buscar una aventura.

— Ese plan me gusta.

Y no preguntó más. Ni entonces ni después.

Axel le apuntó la dirección en un trozo de bolsa de papel, con la hora debajo y un «no te rajes» que le salió sin pensar, y se fue a por los calamares.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona