Qué vida más tonta
Un trozo de pizza, tres mensajes y un corte de pelo
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Un martes de marzo, a las once y veinte de la noche, Axel estaba sentado en el suelo de su cocina.
A dos metros de él, también en el suelo, había un trozo de pizza a medio comer.
El resto estaba encima de la mesa.
El altavoz seguía conectado. Desde el suelo se oía perfectamente cómo se acababa un vídeo de doce segundos y empezaba otro solo, y cómo alguien hacía algo graciosísimo.
Axel no se movió en cuatro minutos.
Le dolía la boca del estómago. Tenía el corazón en los oídos y las dos manos abiertas encima de los muslos, como las pone uno cuando acaba de correr.
Olía a pizza. A pizza de caja, con el cartón caliente debajo, que es un olor que llena un piso pequeño en dos minutos y no se va en dos días. Desde el suelo olía muchísimo más.
Una cosa le daba vueltas, siempre la misma, siempre en las mismas cuatro palabras.
Qué vida más tonta.
No es que se le hubiera ocurrido ahí. Es que ahí ya no había manera de no oírla.
Y no era la primera vez. Era la de todas las noches.
Le venía al apagar la luz, con el móvil ya boca abajo en la mesilla: le pasaba el día entero por delante de golpe, se lo miraba, y no había nada. Un día correcto. Ocho horas de mostrador, un gimnasio al que no había ido, dos capítulos de algo, la cena. Nada malo. Nada. Y se dormía con aquello puesto, un hueco en la boca del estómago, y por la mañana ya no estaba y no se acordaba.
Llevaba cuatro años haciendo eso.
Cuatro años de lo mismo. Ocho horas detrás de un mostrador sonriéndole a gente que no iba a volver a ver y a la que tampoco tenía ganas de volver a ver. Un piso de alquiler que se comía media nómina y que no era suyo ni en el color de las paredes. Los colegas, en un grupo del móvil que llevaba tres semanas sin sonar. Y las noches en el sofá con el altavoz puesto, viendo a gente que vivía de puta madre: en una playa, en una furgoneta, en una casa con jardín. Hacía tiempo que se había fijado en una cosa y no se la había dicho a nadie: que ninguno de esos parecía feliz tampoco. Tenían la misma cara que él. Con mejor luz.
¿Quién coño es feliz hoy en día?
Eso se lo preguntaba a veces, con el móvil en la mano, y la respuesta era que nadie que él conociera. Y luego le daba al siguiente vídeo.
Lo del martes era que estaba sentado en el suelo y no se le iba.
A los cuatro minutos alargó la mano, cogió el móvil de la mesa y lo desbloqueó, y eso es una cosa que nunca ha sabido explicarle a nadie.
Escribió tres mensajes.
A Bruno, su peluquero:
Tío, perdona la hora. Necesito un corte de pelo. Mañana mismo, si puedes.
Al casero:
Buenas noches. No renuevo. Dejo el piso el día 1 y quédese la fianza por las molestias.
Y al trabajo:
Hola. Presento mi baja voluntaria con efecto inmediato. Siento el aviso. Gracias por todo.
Los tres en cuatro minutos. Luego bloqueó el móvil, lo dejó boca abajo en las baldosas al lado del trozo de pizza, y se quedó otro rato oyendo cómo se acababa un vídeo y empezaba otro.
Bruno contestó a los dos minutos: mañana a las seis y cuarto, guapetón.
No llamó a nadie. No se lo contó a nadie: ni esa noche, ni al día siguiente en la peluquería, ni en el mercado, ni en la cena.
Y nadie de los de antes llegó a saber nunca que todo aquello había empezado en el suelo de una cocina, con un trozo de pizza a medio comer a dos metros y el resto encima de la mesa.
Al día siguiente se despertó a las siete y veinte sin despertador.
Se bebió un vaso de agua de pie en la cocina, mirando el sitio del suelo donde había estado el trozo, y empezó por el armario de arriba.
Lo hizo rápido, porque no había nada que decidir. La vajilla y los cacharros a una caja para el vecino del dos, que tiene dos críos y tres platos. Apartó en la encimera la paellera, la tabla, el cuchillo y lo justo para poner la mesa esa noche, y lo demás se fue en la caja. La ropa que no se iba a llevar, a dos bolsas, al contenedor de la parroquia de la esquina. La tele para la chavala del cuarto, que subió a por ella con el novio a las once, y el novio le dio la mano y dijo «gracias, tío», y ninguno de los dos preguntó nada.
Nadie preguntó nada en toda la mañana. Ni una vez.
El colchón se quedaba, que era del piso. La mesa, del piso. La lámpara del techo, del piso.
Y a las doce, con el piso vacío y las rodillas sucias, hizo una cuenta que le llevó muy poco. De todo lo que había estado cuatro años dentro de aquellas cuatro paredes, era suyo menos de la cuarta parte. Lo demás venía con el alquiler.
Luego abrió el armario de la entrada, que era donde estaba lo bueno.
Una tienda de campaña de ciento veinte euros, comprada en enero después de dos semanas leyendo foros, sin sacar de la bolsa. Un saco de tres estaciones. Un hornillo. Una cantimplora de acero. Un frontal con dos juegos de pilas. Unos bastones plegables. Un botiquín todavía precintado.
Todo estrenado en la cabeza y nada estrenado.
Y eso, lo pensó ahí, de rodillas, con el frontal en la mano, no era de un tío al que no le apetezca nada. Era de un tío al que le apetece todo y no ha ido nunca.
Lo cargó en la mochila siguiendo una lista escrita a mano de tres columnas: qué llevo, qué no, y por qué. Y en la columna del por qué no había ni un hueco en blanco. Eso se le daba bien. Se le había dado bien toda la vida.
Despegó las fotos de la pared de al lado de la cama, una por una, ciento setenta y nueve, y las metió en un sobre de papel con una goma alrededor.
A la una y media se sentó en el suelo de la cocina otra vez, con la espalda en la pared, delante de lo único que no había sabido dónde poner: una montaña de cajas de colores. Nueve juegos de mesa.
Le vino sola la lista de la gente a la que podía dejárselos.
Tenía trescientos y pico contactos en el móvil. Tenía un grupo de dieciséis que se llamaba LOS DE SIEMPRE. Tenía cuatro partidas abiertas con gente de tres países a la que no le había visto la cara nunca y con la que hablaba todas las semanas.
Para nueve cajas de cartón la lista eran dos personas, y las dos estaban a esa hora cortando pelo a cuatro calles de allí.
Y no se lo iba a decir.
Eso lo tenía decidido desde la noche anterior y no habría sabido explicar por qué. Si se lo decía había una conversación, y en la conversación estaba «¿y cuánto tiempo?», y él no tenía esa respuesta ni pensaba fabricar una para tranquilizar a nadie.
Con sus padres estuvo más rato. Abrió la conversación de su madre y escribió «mamá, me voy unos días al norte». Se lo quedó mirando y lo borró letra por letra. Escribió «mamá, te llamo mañana» y lo borró también.
Lo que hizo de verdad fue llamarles al tercer día, sentado en un banco a la salida de un pueblo, con una raya de cobertura y el sol de frente. Les dijo que estaba andando hacia el norte y que no sabía hasta dónde. Su padre dijo «vale» y se quedó callado un rato largo, que en su padre es como un abrazo. Luego se puso su madre y le preguntó qué botas llevaba.
Y de la pizza, a ellos, no les dijo nada. Ni ese día ni ninguno.
A las seis se puso los zapatos y fue al baño antes de salir, y ahí, delante del retrete, le dio otra vez por pensar en lo bien pensado que está todo. La porcelana. Las tuberías. El agua que se lleva lo de uno y lo de media ciudad y lo devuelve limpio a un río. Le gustaba saber que había un sistema. Le gustaba muchísimo saber que todo estaba bajo control.
Se miró en el espejo antes de salir. El tipo del espejo parecía un tío contento y tranquilo, y lo era. Lo que el tipo del espejo no enseñaba era lo de dentro, una cosa que llevaba años ahí encendida y que esa mañana ya no cabía.
Salió a la calle con quince minutos de sobra, porque no es de los que llegan tarde.
La peluquería tenía la pared de la calle entera de cristal, así que desde fuera se veía todo: Bruno barriendo los pelos del cliente anterior y Clara colocando los frascos de tinte de la estantería por colores, que por algún motivo siempre acababan desordenados y alguno incluso del revés.
Cuatro metros por seis, dos sillones, un lavacabezas y la estantería. Las paredes las forró Bruno de madera él solo un agosto, con tablas de un palé, y se le nota en dos sitios. Y del techo colgaban siete macetas, que Axel las contaba cada vez que entraba porque cada vez había una más.
Entró y los dos se giraron.
— ¡Hombre, Axel! Te estaba esperando.
— Pues aquí estoy. — Y a ella —. Hola, Clara.
— Siéntate y vamos al lío.
Se sentó.
Bruno le echó la capa, le dio dos vueltas de manivela al sillón para subirlo y empezó por la nuca, y Axel se quedó mirando el espejo, que es lo único que hay que mirar en una peluquería.
Clara acabó con los frascos y se fue a cuadrar la caja. Y fue entonces, mirando el espejo, detrás de su propia cara, cuando Axel vio moverse uno.
Era uno de los tintes de arriba, uno violeta oscuro, y se tambaleaba despacio, como si alguien lo hubiese empujado con un dedo. Axel entrecerró los ojos. Cuando quiso mirarlo bien estaba quieto, y los de al lado también, y en aquel lado del local no había nadie.
Lo dejó estar. Por esa calle pasa mucho coche y una estantería vibra.
Bruno le fue dando forma sin prisa, hablando de sus cosas, y Axel le contestaba lo justo. El pelo le quedó fresco y con movimiento, justo como a él le gustaba.
Y cuando Bruno le estaba sacudiendo la capa, el frasco violeta volvió a moverse. Esta vez Axel lo estaba mirando.
Justo al lado de los botes, andando por el estante con toda la tranquilidad del mundo, había un ratoncito.
Bruno seguía a lo suyo. Clara estaba de espaldas, en la caja. El ratoncito llegó al final del estante, se paró y levantó la cabeza, y Axel podría jurar que lo miró a él y no a la pared.
Luego ya no estaba.
No dijo nada. Se lo guardó, igual que se había guardado lo de la pizza, solo que esto le hizo gracia.
— Gracias, tronco. Está perfecto — le dijo, levantándose del sillón.
— De nada, guapetón. — Bruno le sacudió la capa dos veces más de las que hacían falta —. Y no tardes tres meses en volver, ¿eh? Que la última vez entraste aquí hecho un arbusto.
Clara volvió de la caja y se apoyó en el respaldo del otro sillón.
— Oye, ¿tú el sábado qué haces? Que hay un mercadillo de plantas en el parque y no me quiero ir sola.
Axel se quedó un segundo con la cartera abierta en la mano.
— Ya te digo algo.
— Eso es un no — dijo Bruno, sin levantar la vista de la escoba.
— Eso es un a lo mejor — dijo Clara.
— Oye, y esta noche, ¿qué? — dijo Axel, pagándole el pelado a su amigo —. Que hago una paella y jugamos a algo.
— ¡Sí! — gritó Clara —. Nos apuntamos.
— Pues traed algo de beber y yo me paso por el mercado.
— ¡De lujo, tío! ¡Ahí estaremos!
Y Axel salió de la peluquería con el pelo perfecto y sin haber dicho nada.