El altavoz
Se dio la vuelta dos veces en el mismo camino
El gato se había acabado su lata de atún y se estaba lavando las patas.
Eva llevaba tres horas y pico sentada en el mismo escalón, con la espalda en la pared de un portal cerrado y el trozo de bolsa de papel en la mano, doblado y desdoblado tantas veces que la dirección ya no se leía bien.
A esa hora estarían jugando. Cuatro personas alrededor de una mesa, con la casa oliendo a comida.
Cuando terminó de lavarse, Fay se subió al regazo de Eva. Ella lo dejó hacer y siguió desdoblando aquel papel, aunque la dirección ya se la sabía de memoria.
Miró la farola de enfrente, que ya llevaba un rato encendida, y eso la decidió.
— Vamos, Fay.
«Mejor tarde que nunca», se dijo.
Se levantó del escalón y echó a andar hacia la dirección que le había dado Axel.

Mientras tanto, por el camino de tierra, Axel llevaba ya un buen rato andando detrás del círculo de luz del frontal, que le dejaba ver tres metros de camino y poco más.
Los primeros veinte minutos fueron buenos. Los siguientes veinte fueron los mismos veinte otra vez.
A la hora y media se puso a pensar en todo lo que había dejado atrás. El piso, el trabajo, los juegos en la puerta de la peluquería. Ya no le parecía tan buena idea.
Se detuvo con el frontal apuntando a una rama.
¿Qué hacía allí? ¿De verdad lo había dejado todo para meterse de noche por un camino de tierra?
Se sentó en el suelo y apagó el frontal. A oscuras, el crujido de una rama o el aleteo de un pájaro empezaron a parecerle bastante menos agradables que diez minutos antes.
Le entraron ganas de dar media vuelta y volver a su cocina, que todavía olería a paella, y a su cama de siempre.
¿Y si mañana se despertaba igual de harto, pero dentro de una tienda mojada? Apretó la mochila contra el pecho. El vacío de siempre seguía allí, en la boca del estómago, y ni el aire fresco ni el paseo se lo habían quitado.
Le cayeron un par de gotas en la frente y, antes de que le diera tiempo a protestar, se puso a llover de verdad.
Se levantó. Sacó el chubasquero de la mochila, ese que había comprado en enero, y se envolvió entero: de los hombros a las rodillas, con la mochila dentro.

«Qué aventura ni qué aventura», se dijo. «Basta ya.»
Ajustó el gorro del chubasquero y empezó a deshacer el camino andado.
Ni siquiera se preocupó de encender el frontal: al fondo, muy lejos, se veían las luces de su ciudad.
No había dado ni ocho pasos cuando algo le pegó un grito a la espalda.
Se quedó clavado.
Era música. El altavoz se había puesto a soltar una de esas canciones de bailar en las bodas, a todo volumen, desde dentro de la mochila. Allí no había más invitados que él y los árboles, y encima él no lo había encendido.
O le había dado sin querer al sacar el chubasquero, que es lo primero que pensó. Aunque de eso hacía ya casi un minuto y el botón estaba en el otro lado.
Con la lluvia arreando y aquel fiestón montado dentro de la mochila, a Axel le entró la risa. Intentó seguir cabreado, pero con esa canción puesta no había manera.
Se dio la vuelta otra vez y encendió el frontal. Las gotas le resbalaban por el plástico y le dio igual.
Siguió caminando sin saber adónde iba, empapado y con el altavoz sonando dentro de la mochila. Se había largado de casa para que le pasaran cosas y, mira, de momento llevaba una discoteca a cuestas en mitad del bosque.