La puerta cerrada
Llegó tres horas tarde a un portal a oscuras
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La ciudad de noche era otro rollo.
De día la invadía una nube de personas con prisa y ruidos sin forma.
Ahora las aceras estaban vacías y el silencio dejaba ver los detalles: las farolas de una en una, las sombras largas, el fresquito de las baldosas bajo los pies.
A Eva casi todo le parecía demasiado. Las cosas no eran algo que usar, eran algo que cargar. Y había ido soltando: ¿para qué llevar zapatos con lo bien que se está sin ellos?
Lo que le quedaba cabía en una mochila de colegio y le sobraba sitio.
Y no era que tuviera poco. Era que todo lo que tenía lo usaba todos los días, sin excepción, y de eso hay muy poca gente que pueda decir lo mismo. Lo había aprendido de cría, en un sitio del que ya no hablaba con nadie.
Caminaba sin prisa, mirando los portales como miraba las cunetas: por si alguien. Año y medio en la calle enseñan eso antes que nada, y ella lo tenía tan aprendido que ya no notaba que lo hacía. Fay trotaba a su lado, parándose de vez en cuando a olfatear una esquina antes de volver a alcanzarla. Cualquiera diría que ese gato tenía espíritu de perro.
Llevaba el trozo de bolsa de papel en la mano. Callejón de las Palomas, portal 6, 1A. Las nueve. Y debajo, en letra más pequeña y más rápida, «no te rajes».
Mientras caminaba, ensayaba lo que iba a decir al llegar.
«Hola, perdona el retraso, es que se me ha hecho tarde haciendo unas cosas»
No. Demasiado tonto.
«Hola, un poco tarde pero al final me he animado»
Tampoco. Sonaba a poca cosa, como si venir no le hubiese costado nada.
Y le había costado todo.
Llegó al callejón y encontró el portal número 6 a la primera. Un edificio normal, con la pintura desconchada y una fila de buzones con la mitad de los nombres borrados.
Miró la fachada buscando una ventana encendida. Estaban todas apagadas, y ella se dijo que a las once y media eso no significa nada.
Respiró hondo y pulsó el primer timbre de todos, 1A.
Nada.
Volvió a pulsar. Esperó. Pero nada de nada.
— Igual está durmiendo ya — le dijo a Fay, más para sí misma que para el gato.
Lo intentó una vez más. Nada.
— Yo que tú no insistía — sonó una voz desde arriba.
Eva levantó la vista. En la acera de enfrente, asomado a una ventana iluminada, había un viejo en camiseta de tirantes.
— ¿Perdone?
— Que si buscas al muchacho, ese ya no está. Lo he visto irse hace un rato.
— ¿Se ha ido?
— Cargado de cajas y con un mochilón a la espalda. En plena noche, fíjate tú — el viejo se encogió de hombros —. Yo solo lo he visto pasar, oye, no sé más.
Y se metió para dentro, cerrando la ventana.
Eva se quedó delante de la puerta con el papel en la mano.
Se había ido.
Llegó la vocecita de siempre, que no tarda nada.
«¿Ves? Por eso no tienes que lanzarte. Porque luego la puerta siempre está cerrada.»
Se sentó en el escalón del portal. Fay se subió a su regazo.
Lo único que podía hacer ahora era volver. Acostarse, olvidarlo y mañana volver a su esquina de siempre, sus canciones sin nombre. Su nada calentita y segura, donde nadie le fallaba porque no esperaba nada de nadie.
Entonces se le pasó una cosa por la cabeza que no era la vocecita, y esa sí le dio rabia.
Que él no había llegado tarde.
Que la que llegaba tarde era ella. Tres horas sentada en un escalón para venir a una casa vacía.
Y que llevaba año y medio sin zapatos, sin llaves y sin dirección, contándose que eso era ser libre. Y que un tío al que había conocido esa misma tarde se había ido al norte de noche sin saber a dónde. Y que ella, en todo ese tiempo, no había ido a ningún sitio. Había estado en muchos. No es lo mismo.
Miró a Fay. El gato le sostuvo la mirada sin parpadear, que es lo que hacen los gatos cuando no van a ayudar.
— ¿Y ahora qué hacemos, eh? — le preguntó.
Fay no contestó. Nunca contestaba. Pero se bajó de su regazo de un salto, caminó unos pasos calle abajo y se giró a mirarla. Como diciendo «por aquí».
Eva conocía esa mirada. Se fiaba de ella más que de cualquier otra.
— ¿Por ahí?
Fay siguió andando, sin dudar.
Aquel chico había dicho que se iba al norte.
Eva se levantó del escalón, se guardó el papel en el bolsillo de dentro, que es donde guarda las dos cosas que tiene.
— Vale, Fay. Vamos a ver qué hay al norte.
El gato echó a andar con el rabo tieso.
Recorrieron el callejón hasta el final. Luego varias avenidas, cada vez más oscuras.
Y entonces, un puente.
Al otro lado la cosa cambiaba. Se acababan las casas y las farolas, el suelo dejaba de ser asfalto y se volvía tierra.
Eva se paró un momento en mitad del puente.
En el pilar de piedra de la barandilla, a la altura de su cara, había algo sentado mirando el agua. Pequeño.
Eva pasó por delante sin girar la cabeza. Se le daba muy bien.
Una gota le cayó en la mejilla. Luego otra. Y a los diez segundos estaba lloviendo.
Cruzó el puente. La tierra estaba blanda y fresca debajo de los pies.
No sabía a dónde iba ni si iba a encontrarlo, y las dos cosas le daban igual, porque por primera vez desde que se fue de su casa iba a un sitio en concreto.
Al otro lado, Fay la esperaba sin prisa.