De noche la ciudad era otro rollo. Sin la gente corriendo de un lado a otro, Eva podía fijarse en las farolas, en las sombras largas de los edificios y en el fresquito que le subía de las baldosas por las plantas de los pies.

A Eva casi todo le parecía demasiado. Las cosas no eran algo que usar, eran algo que cargar. Y había ido acostumbrándose a vivir cada vez con menos, hasta el punto de no llevar ni zapatos. ¿Para qué llevar zapatos con lo bien que se está sin ellos?

Lo que le quedaba cabía en su mochila del colegio y aún le sobraba sitio.

Usaba todos los días cada cosa que llevaba encima. Había aprendido a elegir muy bien lo que cargaba en un sitio del que ya no hablaba con nadie.

Caminaba sin prisa y se fijaba en los portales por si había alguien escondido. Después de año y medio en la calle lo hacía sin darse cuenta. Fay trotaba a su lado y se entretenía olfateando las esquinas antes de volver a alcanzarla. Cualquiera diría que aquel gato tenía espíritu de perro.

Llevaba el trozo de bolsa de papel en la mano. Callejón de las Palomas, portal 6, 1A. Las nueve. Y debajo, en letra más pequeña y más rápida, «no te rajes».

Mientras caminaba, ensayaba lo que iba a decir al llegar.

«Hola, perdona el retraso, es que se me ha hecho tarde haciendo unas cosas»

No. Demasiado tonto.

«Hola, un poco tarde pero al final me he animado»

Tampoco. Sonaba a poca cosa, como si venir no le hubiese costado nada.

Llegó al callejón y encontró el portal número 6 a la primera. Un edificio normal, con la pintura desconchada y una fila de buzones con la mitad de los nombres borrados.

Eva sostiene el papel de la invitación mientras Fay la observa.

Miró la fachada buscando una ventana encendida. Estaban todas apagadas. Bueno… tenía que probar.

Respiró hondo y pulsó el primer timbre de todos, 1A.

Nada.

Volvió a pulsar. Esperó. Pero nada de nada.

— Igual está durmiendo ya — le dijo a Fay, más para sí misma que para el gato.

Lo intentó una vez más. Nada.

— Yo que tú no insistía — sonó una voz desde arriba.

Eva levantó la vista. En la acera de enfrente, asomado a una ventana iluminada, había un viejo en camiseta de tirantes.

— ¿Perdone?

— Que si buscas al muchacho, ese ya no está. Lo he visto irse hace un rato.

— ¿Se ha ido?

— Cargado de cajas y con un mochilón a la espalda. En plena noche, fíjate tú — el viejo se encogió de hombros —. Yo solo lo he visto pasar, oye, no sé más.

Un vecino se asoma a la ventana para contarle a Eva que Axel se ha marchado.

Y se metió para dentro, cerró la ventana y volvió a apagar la luz.

Eva se quedó delante de la puerta con el papel en la mano, escuchando otra vez a la vocecita de siempre: «¿Ves? Por eso no tienes que lanzarte. Porque luego la puerta siempre está cerrada».

Se sentó en el escalón del portal. Fay se subió a su regazo.

Lo único que podía hacer ahora era volver. Acostarse, olvidarlo y mañana buscar un rinconcito nuevo donde cantar sus canciones sin nombre. Su nube pequeñita y segura, donde nadie le fallaba porque no esperaba nada de nadie.

Lo que le dio rabia fue darse cuenta de que Axel no había llegado tarde a ninguna parte. La que había pasado tres horas sentada en un escalón hasta encontrarse con una casa vacía era ella.

Llevaba año y medio sin zapatos, sin llaves y sin dirección, contándose que aquello era ser libre. Había pasado por un montón de sitios y siempre acababa en lo mismo, mientras que aquel tío se había echado a andar hacia el norte sin tener ni puta idea de lo que iba a encontrarse.

Miró a Fay. El gato le sostuvo la mirada sin parpadear.

— ¿Y ahora qué hacemos, eh? — le preguntó.

Fay no contestó. Nunca contestaba. Pero se bajó de su regazo de un salto, caminó unos pasos calle abajo y se giró a mirarla. Como diciendo «por aquí».

Eva conocía esa mirada. Se fiaba de ella más que de cualquier otra.

— ¿Por ahí?

Fay se aleja del portal y se vuelve hacia Eva, invitándola a seguirlo.

Fay siguió andando, sin dudar.

Aquel chico había dicho que se iba al norte.

Eva se levantó del escalón y se guardó el papel en el bolsillo de dentro.

— Vale, Fay. Vamos a ver qué hay al norte.

El gato echó a andar con el rabo tieso.

Recorrieron el callejón y varias avenidas cada vez más oscuras hasta llegar a un puente. Al otro lado se acababan las casas y las farolas, y el asfalto daba paso a un camino de tierra.

Eva se paró un momento en mitad del puente.

Sobre el pilar de piedra de la barandilla había una figura extraña.

Le dio un poco de yuyu, pero pasó de largo. Sabía que de noche la mente se imagina cosas raras.

Una gota le cayó en la mejilla. Luego otra. Y a los diez segundos estaba lloviendo.

Cruzó el puente. La tierra estaba blanda y fresca debajo de los pies.

No sabía si iba a encontrarlo ni cuánto iba a tener que andar, pero ya no le apetecía dar media vuelta.

Al otro lado, Fay la esperaba sin prisa.

0:00

Un segundo: confírmanos que eres una persona