La ciudad de noche era otro rollo.

De día la invadía una nube de personas con prisa y ruidos sin forma.

Ahora las aceras estaban vacías y el silencio dejaba disfrutar de los pequeños detalles: la luz acogedora de las farolas, las figuras que dibujaban las sombras, el fresquito de las baldosas bajo sus pies descalzos.

A Eva casi todo le parecía demasiado. Las cosas no eran algo que usar, eran cargas que llevar encima. Con los años había ido soltando más y más… ¿para qué llevar zapatos con lo bien que se está sin ellos?

Caminaba sin prisa. Fay trotaba a su lado, parándose de vez en cuando a olfatear una esquina antes de volver a alcanzarla. Cualquiera diría que ese gato tenía espíritu de perro.

Llevaba la dirección impresa en su mente. Más que la dirección, llevaba impresa toda la escena. El rostro sonriente de Axel y el entusiasmo de su voz: «Nos vemos a las nueve entonces. Callejón de las Palomas, portal 6, 1A. ¡No te rajes!»

Mientras caminaba, ensayaba lo que iba a decir al llegar.

«Hola, perdona el retraso, es que se me ha hecho tarde haciendo unas cosas»

No. Demasiado tonto.

«Hola, un poco tarde pero al final me he animado»

Tampoco. Sonaba a poca cosa, como si venir no le hubiese costado nada.

Y le había costado todo.

Pronto llegó al callejón y de inmediato encontró el portal número 6. Un edificio normal, con la pintura un poco desconchada y los buzones metálicos esperando con paciencia en la entrada.

Observó la fachada, buscando una ventana encendida. Todas estaban a oscuras.

Respiró hondo y pulsó el primer timbre de todos, 1A.

Nada.

Volvió a pulsar. Esperó. Pero nada de nada.

— Igual está durmiendo ya — le dijo a Fay, más para sí misma que para el gato.

Lo intentó una vez más. Nada.

— Yo que tú no insistía — sonó una voz desde arriba.

Eva levantó la vista. En la acera de enfrente, asomado a una ventana iluminada, había un viejito en camiseta de tirantes.

— ¿Perdone?

— Que si buscas al muchacho, ese ya no está. Lo he visto irse hace un rato.

— ¿Se ha ido?

— Cargado de cajas y con un mochilón a la espalda. En plena noche, fíjate tú — el viejito se encogió de hombros —. Yo solo lo he visto pasar, oye, no sé más.

Y se metió para dentro, cerrando la ventana.

Eva se quedó fría. Delante de un portal que ya no llevaba a ningún sitio.

Se había ido.

Por supuesto que se había ido.

Una sensación conocida la mordió por dentro. La vocecita de siempre.

«¿Ves? Por eso no tienes que lanzarte. Porque luego la puerta siempre está cerrada.»

Se sentó en el escalón del portal. Fay se subió a su regazo.

Lo único que podía hacer ahora era volver. Acostarse, olvidarlo y mañana volver a su esquina de siempre, sus canciones sin nombre. Su nada calentita y segura, donde nadie le fallaba porque no esperaba nada de nadie.

Pero entonces miró la puerta cerrada una vez más. Y un fuego furioso se despertó en ella.

No era él quien se había marchado.

Era ella la que siempre llegaba tarde.

Tarde a todo. A los sitios, a la gente, a su propia vida.

Llevaba años creyéndose libre. Pero había confundido escaparse con irse.

Escaparse, se había escapado, sí. Hacía mucho. Había dejado atrás una vida entera que no era suya, un montón de cosas que otros habían decidido por ella: qué hacer, cómo y cuándo.

Pero después de escaparse no había ido a ningún sitio concreto. Ciudades aleatorias, rincones sin nombre, cantando para nadie.

Aquel chaval del mercado, en cambio, en una sola noche había hecho lo que ella no se atrevía a hacer en años. Se había marchado a perseguir su propia decisión.

Toda la vida le habían dicho a dónde ir. Y cuando por fin podía elegir, había elegido no elegir nada.

Miró a Fay. El gato la observaba tranquilo, con esos ojitos azules que lo mismo parecían un océano que un cielo, como si ya supiera lo que ella estaba a punto de descubrir.

— ¿Y ahora qué hacemos, eh? — le preguntó.

Fay no contestó. Nunca contestaba. Pero se bajó de su regazo de un salto, caminó unos pasos calle abajo y se giró a mirarla. Como diciendo «por aquí».

Eva conocía esa mirada. Se fiaba de ella más que de cualquier otra.

— ¿Por ahí?

Fay siguió andando, sin dudar.

Aquel chico había dicho que se iba al norte.

Eva se levantó del escalón.

— Vale, Fay. Vamos a ver qué hay al norte.

El gato echó a andar contento, con el rabito tieso.

Recorrieron el callejón hasta el final. Luego varias avenidas, cada vez más oscuras.

Y entonces, un puente.

Al otro lado la cosa cambiaba. Se acababan las casas y las farolas, el suelo dejaba de ser asfalto y se volvía tierra.

Eva se paró un momento en mitad del puente.

El aire era distinto al otro lado. Más limpio, más vivo.

Una gota le cayó en la mejilla. Luego otra.

Estaba lloviendo.

No le importó.

Respiró hondo y cruzó el puente. La tierra era fresca y blanda bajo sus pies.

No sabía a dónde iba, ni si volvería a encontrarse con el muchacho.

Pero por primera vez en mucho tiempo no estaba huyendo. Estaba buscando.

Al otro lado, Fay la esperaba sin prisa.

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