Gorgorito
Una tapita de chocolate nocturno
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La música seguía a tope y la lluvia repicaba en el chubasquero, y Axel andaba a un paso más rápido del que había andado en cuatro años.
Anduvo tres horas sin pararse. Delante iba el círculo del frontal y detrás iba todo lo demás.
Se paró a mear. Y se le ocurrió que, siendo de noche y no habiendo nadie, podía mear ahí mismo, en mitad del camino.
Así lo hizo.
Y ahí, de pie, con la lluvia dándole en la capucha, pensó que aquello no tenía tuberías. Que no había un sistema. Que iba a la tierra y se acababa la historia. Y le gustó, y le dio un poco de vértigo, y las dos cosas a la vez.
— ¡Eh! ¡El de la manguera!
Se quedó con la mano en la cremallera.
¿La música? No. La música seguía por su lado.
Barrió con el frontal a la altura de la cara y no había nadie, y el corazón le empezó a ir de otra manera.
Llevaba veinte horas sin dormir. Eso también lo pensó.
— ¡Aquí abajo, hombre!
La voz venía de abajo.
Alumbró al suelo y ahí estaba. Una pequeña figura le miraba desde abajo.
No era un gato.
Ni un niño.
¿Qué era eso?
Era del tamaño de una bota. La cosa lo seguía mirando.
Un duendecillo. Dos orejas de punta saliéndole de un gorro rojo y un revoltijo de retales de colores cosidos a lo loco.
Y le estaba agarrando el bajo del pantalón con una mano.
— ¿Hola? — Fue lo único que le salió.
— Hola meón, ¿qué pasa campeón?
Le vino el instinto de reírse. Era lo más absurdo que había visto en su vida, y estaba pasando.
— ¿Tú quién eres?
— Pues me llamo Gorgorito y soy un Magikito.
El duendecillo lo miraba desde abajo, esperando su reacción, con una sonrisa de pillo que tenía algo de niño pequeño.
— ¿Un qué? — fue lo único que supo responder Axel.
— Un Magikito, tronco. ¿Qué pasa, que estás sordete?
Y lo que hizo Axel fue sentarse en el suelo mojado para hablarle desde cerca, que es lo que se hace con un crío, y no salir corriendo, que es lo que se hace con lo que no existe.
Tenía los pies descalzos y del cuello le colgaba un cordón con la cáscara de una bellota.
— Oye Gorgorito. Yo eso que has dicho no sé lo que es… ¿un Magikito?
El duendecillo cerró un ojo y lo miró detenidamente con el otro.
— Pues si no lo sabías ya lo sabes. ¿Y qué, me das un cacho de chocolate o qué?
Se quedó mirándolo también. Tenía chocolate. Lo raro, y lo pensó ahí mismo, es que no le hubiese preguntado nada de las tres cosas que uno preguntaría.
— Sí, tengo chocolate… toma.
Cogió su mochila y empezó a rebuscar en el interior. Sacó el altavoz y le bajó un poco el volumen. Sacó un par de bolsitas manteniéndolas bajo el chubasquero para que no se mojaran y de una de ellas sacó una tableta de chocolate.
— ¡Chocolaaaateeeeee! — gritó el duendecillo, quitándole la tableta de las manos.
Axel se echó a reír, de las de doblarse.
— Sí, sí… chocolate. Tú come todo lo que quieras.
El bicho abrió la tableta como se abre una carta que llevas esperando.
Menos mal que era un bicho pequeño.
Y eso es lo que pasó durante un rato. El chaval miraba al duendecillo que mordía con entusiasmo la tableta de chocolate negro. Seguía lloviendo pero mucho menos que antes. Estaba a punto de escampar.
Después de un buen puñado de mordiscos, la figurita volvió a hablar.
— Qué rico el chocolatito, gracias señorito.
— De nada Gorgorito.
Axel se comió también un trozo de chocolate antes de guardarlo. Un mordisco pequeño, sin prisa. Al tragar, la garganta se le cerró un segundo, como si su cuerpo se acordara de algo.
Tonterías. Se le pasó enseguida.
— Oye — dijo —. ¿Y tú qué haces aquí?
El duendecillo se limpió la boca con el dorso de la manita y le miró como si le hubiera preguntado de qué color es el agua.
— Pues estar.
— Ya, pero aquí. En un camino, de noche, en mitad de la nada.
— Yo voy donde pasan cosas.
Axel esperó a que dijera algo más.
— ¿Y en mi casa no pasaban cosas?
Gorgorito soltó una risa corta, de las de por dentro, y se puso a mirar el chocolate que le quedaba, y no contestó a eso.
Y mientras apagaba la música y volvía a meter las cosas en la mochila le entró de golpe el cansancio de veinte horas.
No le apetecía seguir andando, y eso también era nuevo: llevaba desde la mañana sin que le apeteciera parar.
Barrió con el frontal a los lados del camino y lo vio claro.
— ¿A dónde vas picha? — le preguntó el duendecillo mientras el muchacho salía del camino y se adentraba en el bosque.
— Tengo sueño.
No tardó mucho en encontrar un hueco perfecto para colocar la tienda de campaña. La montó como buenamente pudo y se metió dentro con su mochila.
Asomó la cabeza hacia fuera antes de cerrar. Ni rastro del tal Gorgorito. Qué cosas… lo mismo sí que estaba teniendo alucinaciones.
Se metió en el saco y se quedó a oscuras, y en esos treinta segundos de antes de dormirse le pasó el día por delante, que era lo de todas las noches.
Y no le vino nada.
Se quedó un momento esperándolo, como se espera un estornudo que no acaba de llegar.
Se durmió en menos de un minuto, y no se despertó hasta que le dio el sol en la tela.