La música seguía sonando a tope, sus zapatos avanzaban sin miedo sobre el camino de tierra y la sensación de la lluvia chisporroteando sobre el chubasquero le recordaba que estaba vivo. Más vivo que nunca.
Caminó varias horas sin parar ni un momento. Perseguía el haz de luz que emitía la linterna, que a su vez perseguía un horizonte oscuro.
Se paró a mear. Y se dijo que ya que era de noche, sería gracioso mear ahí mismo en medio del camino. ¿Por qué no?
Así lo hizo.
Qué sensación tan liberadora… mear bajo la lluvia en plena naturaleza. El suelo de tierra absorbería el pis, que andaría a mezclarse con la vida misma para seguir fluyendo, sin cañerías ni historias técnicas.
Eso le llevó a pensar en cuánto los humanos se complicaban la vida con la idea de intentar simplificarla.
— ¡Oye tronco!
Habló una voz super graciosa. ¿Era la música?
No. Esto había sido una voz real.
Se ajustó el pantalón y apuntó a su alrededor con la linterna. Sintió miedo.
¿Y si estaba alucinando?… llevaba tela de tiempo sin dormir.
— ¡Estoy aquí tío!
La voz venía de abajo.
Alumbró al suelo y ahí estaba. Una pequeña figura le miraba con ojitos traviesos.
No era un gato.
Ni un niño.
¿Qué era eso?
Axel intentó entender lo que estaba pasando. La cosa lo seguía mirando.
Era una especie de duendecillo. Sus dos orejitas puntiagudas sobresalían de un gorrito rojo y vestía un revoltijo de retales de colores cosidos a lo loco.
Le estaba agarrando el pantalón con una de sus pequeñas manitas.
— ¿Hola? — Es lo único que le salió decir. Flipaba con la situación.
— Hola meón, ¿qué pasa campeón?
Le vino el instinto de reírse. Esto era lo más absurdo que había visto en su vida. Lo típico habría sido pegarse un pellizco para ver si estaba soñando. Pero claramente no era el caso, así que esto tenía que estar pasando de verdad.
— ¿Tú quién eres?
— Pues me llamo Gorgorito y soy un Magikito.
El duendecillo lo miraba desde abajo, esperando su reacción, con una sonrisa de pillo que tenía algo de niño pequeño.
— ¿Un qué? — fue lo único que supo responder Axel.
— Un Magikito tronco, ¿qué pasa que estás sordete?
Aquella escena era tela de extraña. Pero el muchacho se adaptó rápido a la sorpresa. En el fondo le parecía hasta normal aquello. Se sentó junto a la figurita para poder hablarle desde cerca y mirarla mejor.
Tenía los pies descalzos y del cuello le colgaba un collarcito con la cáscara de una bellota. Estaba sonriente.
— Oye Gorgorito. Yo eso que has dicho no sé lo que es… ¿un Magikito?
El duendecillo cerró un ojo y lo miró detenidamente con el otro.
— Pues si no lo sabías ya lo sabes. ¿Y qué pasa tío me das un cacho de chocolate?
Se quedó mirándolo también. La cosa esta tenía un rollo muy misterioso. Le caía bien.
— Sí, tengo chocolate… toma.
Cogió su mochila y empezó a rebuscar en el interior. Sacó el altavoz y le bajó un poco el volumen. Sacó un par de bolsitas manteniéndolas bajo el chubasquero para que no se mojaran y de una de ellas sacó una tableta de chocolate.
— ¡Chocolaaaateeeeee! — gritó el duendecillo, quitándole la tableta de las manos.
— ¡Jajajaja! — Axel explotó en carcajadas —. Sí sí… chocolate. Tú come todo lo que quieras tronco.
Observó cómo la criaturita abría la tableta con ilusión y se disponía a morderla con su pequeña boquita.
Menos mal que era un bicho pequeño.
Y eso es lo que pasó durante un rato. El chaval miraba al duendecillo que mordía con entusiasmo la tableta de chocolate negro. Seguía lloviendo pero mucho menos que antes. Estaba a punto de escampar.
Después de un buen puñado de mordiscos, la figurita volvió a hablar.
— Qué rico el chocolatito, gracias señorito.
— De nada Gorgorito.
Axel se comió también un trozo de chocolate antes de guardarlo. Un mordisco pequeño, sin prisa. Al tragar, la garganta se le cerró un segundo, como si su cuerpo se acordara de algo.
Tonterías. Se le pasó enseguida.
Mientras apagaba la música y volvía a meter las cosas en su mochila se dio cuenta de lo cansado que estaba.
La verdad es que no tenía ganas ningunas de seguir andando ahora.
Apuntó la linterna a su alrededor y lo vio claro.
— ¿A dónde vas picha? — le preguntó el duendecillo mientras el muchacho salía del camino y se adentraba en el bosque.
— Tengo sueño.
No tardó mucho en encontrar un hueco perfecto para colocar la tienda de campaña. La montó como buenamente pudo y se metió dentro con su mochila.
Asomó la cabeza hacia fuera antes de cerrar. Ni rastro del tal Gorgorito. Qué cosas… lo mismo sí que estaba teniendo alucinaciones.
En fin. Se acurrucó en su saco y se quedó dormido de momento.
Menudo día.