Eva no llevaba chubasquero, ni mochila, ni saco, ni tienda, ni siquiera una simple linterna.

Solo llevaba lo puesto, cuatro moneditas en el bolsillo y un gato.

Y aún así se había metido en mitad del bosque, de noche y bajo la lluvia.

Lo que sí llevaba era un fuego interior. El que se le había encendido al ver aquella puerta cerrada, al haber tenido esa vívida imagen de estar huyendo de su propia vida.

Y ese fuego ardía con tanta potencia que, cuando se puso a llover más fuerte, ni se inmutó. Al contrario. Levantó la cara hacia las gotas y apretó el paso, riéndose por dentro de la situación.

Que lloviera. Que cayera lo que tuviera que caer.

Por primera vez en mucho tiempo iba a algún sitio porque lo había decidido de verdad.

Ni la lluvia ni nadie la iba a parar.

— ¿Vamos bien eh, Fay? — El gato iba delante, una mancha clara en la negrura, parándose cada poco a comprobar que ella lo seguía.

Tras ella, por encima de los árboles, todavía se percibía el resplandor de la ciudad. Le daba la espalda.

Un paso. Otro. Un paso. Otro…

Caminaba a buen ritmo, sumida en su fuego interno.

Así se pegó un par de horas, persiguiendo la manchita blanca que se movía ante ella.

Le vino a la mente la noche en que había encontrado a Fay. La misma en que escapó de casa dejando atrás a su hermana la criticona.

Hacía al menos un año de eso. De cuando sus padres habían muerto y lo único que quedaba de su familia era una hermana mayor que se portaba igual o peor que ellos.

«¡No me importa lo que tú quieras! ¡Aquí se hace lo que digo yo y punto!», recordó la escena en que su hermana rompía la flauta de bambú que ella misma se había fabricado.

Revivió a sus padres discutiendo. Siempre discutiendo. Su vida entera había sido solo eso: prisas, horarios, exámenes de piano, la ropa correcta. ¿Y para qué?

Recordó a Fay maullando solo en mitad de la calle aquella noche. Ese gato la acompañaba desde entonces, desde el momento en que tomó la decisión de dejarlo todo atrás y empezar una nueva vida ella sola.

¡Auch!, había pisado una piedra más puntiaguda de la cuenta.

Se paró.

Y al pararse, miró alrededor.

No vio nada.

Buscó atrás el resplandor de la ciudad. Ya no estaba.

Se lo había tragado la distancia.

La poca luz que había era una tenue luna que iluminaba apenas el interminable sendero.

Ahí, en mitad de aquel silencio, el fuego interno se le apagó.

Todo lo que llevaba un buen rato ignorando se le echó encima a la vez.

El frío lo primero. Estaba calada hasta los huesos y no se había dado ni cuenta.

El cansancio. El hambre. Y el no saber, otra vez, ni dónde estaba ni hacia dónde iba.

¿Qué hacía allí? ¿Qué carajo hacía allí, en mitad de la nada, empapada y a oscuras?

Se palpó el bolsillo. Sus cuatro moneditas de plata seguían ahí, tintineando. En cualquier ciudad daban para una habitación donde dormir, una ducha caliente y algo de cena.

Aquí no valían para nada. No había a quién dárselas. No había nada.

Entonces notó algo cálido en el pie.

Fay le lamía los dedos, uno por uno. Su lengua era lo único calientito en aquel lugar.

Bajó la vista.

El gato estaba tan empapado como ella, hecho un desastre.

Pero ahí seguía, lamiéndole los deditos con cariño, como diciéndole que no era para tanto. Que estaban los dos. Calados, perdidos y juntos.

Resopló y se limpió la cara con el dorso de la mano.

— Venga, Fay. Que aquí no nos vamos a quedar.

El gato se sacudió el agua de un meneo y echó a andar. Pero no por el camino.

Se dirigió hacia los árboles, hacia la negrura cerrada del bosque.

— Eh, eh. ¿Dónde vas? — Eva se quedó al borde del camino —. Por ahí no, bobo.

Fay se paró donde acababa el barro y empezaba la maleza.

Se giró, la miró fijamente y volvió a dirigir la cabecita hacia el bosque.

Una vez. Y otra. Como diciéndole que el camino era por ahí.

— No, Fay. Me fío de ti pero basta de aventuras por hoy, porfa.

El gato no se movió.

— En el próximo pueblo preguntamos por Axel. Un chaval con una mochila grande. No habrá ido muy lejos, alguien lo habrá visto. Daremos con él, ya verás.

Fay se quedó un momento más mirando los árboles.

Luego, sin más, volvió al camino y echó a andar delante de ella.

Eva lo siguió.

Por suerte estaba dejando de llover.

Anduvo el resto de la noche detrás de la manchita blanca, sin pensar.

Tu cesta: 0,00 € (0 productos)