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Cuando el sol aprieta y el musgo está fresquito, esta criatura se tumba sin pedir permiso, como si las siestas fueran un derecho del bosque. Si alguien lo molesta, sale el abuelito gruñón: refunfuña bajito, mira de reojo y parece que va a echarte un sermón… pero a los dos segundos se le escapa la risa.
Viste una camisa de cuadros marrones y un pantalón bombacho con un corazón verde esperanza cosido como amuleto. Mide 32 cm con el gorro, que un día se le enredó en una hiedra y desde entonces lleva rafia con pequeñas hojitas atrapadas, como recuerdos pegados a propósito.
- Hace sonar el cascabel del cinturón para llamar a la buena suerte, pero solo cuando nadie está mirando.
- Discute con los semáforos imaginarios del sendero, porque siempre “se ponen en rojo”.
- Se queda quietísimo escuchando la lluvia en las hojas, como si fuera música.
Si lo encuentras medio dormido, habla bajito: dice que las siestas son portales, y que él solo está vigilando que nadie se pierda al cruzar.