Hay días en los que el bosque huele a tierra mojada y todo parece en su sitio… y luego miras el mundo humano y ves que alguien está debatiendo si Canadá podría acabar de “estado número 52”. Nosotros, que hemos visto a una urraca robar un tapón brillante solo por puro postureo, entendemos perfectamente el concepto de “me apetece y ya”.

Pero ojo, que aquí no va de chistes de mapas recortables: Canadá, con su calma de nieve y su educación de “perdón, eh”, ha puesto sobre la mesa un modelo militar teórico para responder a una hipotética invasión de Estados Unidos. Teórico, como cuando tú dices “podría madrugar” y el universo se ríe porque sabe que las alarmas son el enemigo.

Según han explicado las Fuerzas Armadas al periódico The Globe and Mail, no es un plan de guerra ni un “mañana a las 8, todos al campo”, sino un marco conceptual: una forma de pensar qué sería lo más viable si el asunto se pusiera rarito. Y, de momento, han descartado ponerse a hacer maniobras militares por la cara. Vamos, que están en modo “vamos a pensar antes de correr”, que correr con dos gotitas de lluvia ya nos parece bastante ridículo.

Lo que ha pasado (sin niebla, pero con contexto)

El movimiento llega en un clima de tensión política y económica, con Donald Trump volviendo a apretar a Ottawa y pidiendo, además, que Canadá se muestre “agradecido” con el vecino del sur. A nosotros nos encanta saludar con buen rollo, sí, pero eso de exigir gratitud suena un poco a semáforo conspirando: “ponte en rojo y dame las gracias”.

Expertos consideran que una intervención militar estadounidense es muy poco probable, pero Canadá ha decidido contemplar el escenario después de décadas sin hablar de algo así. Y para reafirmar músculo, el Ejército canadiense también ha recordado recientemente que su infantería está entrenada para operar en cualquier lugar del mundo y ganar, describiéndola como la “punta de lanza” encargada de derrotar al enemigo. Dicho así, suena a erizos punks organizando un festival: no buscan bronca, pero si hace falta, pinchan.

Además, la jefa del Estado Mayor de la Defensa, Jennie Carignan, ya había anunciado el objetivo de crear una nueva fuerza de reserva con más de 400.000 voluntarios para reforzar el Ejército. Que eso, en lenguaje de bosque, es como juntar a todos los gatos callejeros filósofos del barrio: no los controlas mucho, pero cuando se alinean, te descubren secretos y te resuelven la vida.

En paralelo, el primer ministro canadiense, Mark Carney, ha advertido de que el mundo atraviesa una “ruptura” (no una transición) en lo económico y político, y ha señalado cómo las grandes potencias usan la integración económica como arma y los aranceles para sacar ventaja. A Trump no le ha sentado precisamente como un té en taza desportillada: en el Foro de Davos, ha respondido diciendo que “Canadá vive gracias a Estados Unidos” y le ha lanzado un aviso directo.

Y por si faltaba leña (de la buena, de la que huele a historia), Canadá también sopesa enviar un contingente a Groenlandia, en un contexto de tensión por el interés de la Administración Trump en adquirir la isla por motivos de seguridad nacional.

Nosotros, desde Taramundi, solo pedimos una cosa: que antes de ponerse épicos, respiren. Que la niebla es el bosque respirando, y cuando uno respira, se le pasan las ganas de convertir países en números como si fueran cromos.