Nosotros hoy, con el café arábica recién molido perfumando la cabaña y una urraca cotilla haciéndose la interesante en la ventana, hemos escuchado un crujido raro. No era una rama: era el sonido de varios apoyos políticos intentando no partirse en público.

Y es que en Europa, parte de la derecha radical (o populista, o como le quieran poner la etiqueta sin que pique) anda en modo “eh, que yo contigo sí, pero hasta aquí” con el tito Trump. Porque una cosa es llevar el mismo tipo de chaqueta ideológica… y otra que te quiera redecorar el mapa como quien cambia los muebles del salón.

Según se cuenta estos días, desde Estados Unidos se ha ido marcando una línea bastante clara: apoyo explícito a partidos que hablan mucho de “soberanía nacional” y crítica a la Unión Europea y a las políticas migratorias. También han aparecido informaciones sobre posibles sanciones a jueces y a funcionarios europeos, señalando especialmente a Francia y Alemania, por decisiones que afectan a figuras y partidos de extrema derecha. Vamos, una presión que suena a “si no me gusta lo que hacéis, os pongo deberes con castigo”.

Cuando la soberanía es la tuya, pero no la del vecino

El problema gordo, el que ha olido a tierra mojada y a tormenta política, ha sido Groenlandia. La amenaza o presión territorial sobre esa isla (de soberanía danesa) ha hecho que varios líderes europeos digan: “un momento, que esto ya no es postureo, esto es tocar territorio”. En el bosque lo entendemos: tú puedes admirar a un erizo punk desde lejos, pero como te clave una púa en el tobillo, se te pasa la poesía.

Jordan Bardella, figura destacada del partido de Marine Le Pen, lo expresó en el Parlamento Europeo con un discurso de los de “Europa tiene que elegir entre ser vasallo o defender sus intereses”. Y avisó de que si hoy es Groenlandia, mañana podría ser cualquier otro territorio europeo. También apoyó frenar un acuerdo arancelario con EE.UU. y priorizar compras hechas en Europa, especialmente en industria militar.

Incluso Nigel Farage, que normalmente tiene con Trump una sintonía de karaoke, metió matices: dijo que Groenlandia debería decidir por sí misma, y recordó la contribución británica en Afganistán. En plan: “hemos estado 20 años a vuestro lado, no nos vengas ahora con desprecios”.

En Dinamarca, el eurodiputado Anders Vistisen fue menos metafórico y más directo: le soltó un “fuck off” a Trump en plena cámara. Aquí en Taramundi lo traduciríamos como “vete a pisar hojas secas descalzo… pero de LEGO”.

En Alemania, Alice Weidel (AfD) criticó la interferencia exterior, y otro colíder habló de “métodos del salvaje Oeste”. En Suecia, Mattias Karlsson tiró de metáfora escatológica, diciendo que Trump se parece a un “Midas al revés”. Elegancia nórdica, pero con barro en la suela.

Y ojo, que no todo es romanticismo soberanista: también hay cálculo. Los sondeos apuntan a que la ofensiva de Trump no gusta en varios países, así que pegarse demasiado a él puede costar votos. Vamos, que la política a veces es como perseguir caracoles: si vas demasiado rápido, te resbalas con tu propio rastro.