Cuentos de Taramundi. Hoy los Magikitos quieren montar un puesto de merienda mágica en la plaza de Taramundi para que nadie se vaya del pueblo con la tripa vacía.

Y justo en el corazón de la villa, en la plaza del pollo, muy cerquita de casa Paulino, los Magikitos montaron el puesto. Chispas eligió ese lugar estratégicamente: —¡Aquí! —dijo señalando el suelo con su varita mágica—, cerca de casa Paulino, donde la gente ya viene con hambre de comida casera, y nosotros pondremos el postre.

Montaron un mostrador hecho con ramas de sauce y decorado con las famosas navajas artesanas de Taramundi, pero en vez de cortar, estas navajas servían para untar mermelada. Chispas se puso a tocar su tambor y, de repente, de las jarras de sidra no salía zumo de manzana, sino sidra de burbujas de risa. Cada vez que alguien bebía un sorbo, se le ponía una voz muy aguda y no podía parar de decir cosas bonitas.

Pau cogió el pan que había sobrado de Abelino y con un chasquido lo convirtió en bocadillos de arcoíris. Eran unos bocadillos que sabían exactamente a lo que te gustaba de pequeño: a regaliz, a bizcocho de la abuela, a chocolate caliente.

Chispas, mientras tanto, repartía servilletas del olvido. Si tenías una preocupación, como un examen o un juguete que se había roto, la escribías en la servilleta y ¡puf!, se convertía en una mariposa de papel que se iba volando hacia las montañas.

El propio Paulino, al ver tanto alboroto desde la puerta de su restaurante, salió con una bandeja de sus famosos bizcochos generosos. Los Magikitos, para agradecérselo, encantaron sus bizcochos, para que con cada trozo que Paulino regalara, aparecieran dos nuevos en la bandeja.

Al final de la tarde, toda la plaza era una fiesta. Los turistas y los vecinos de Taramundi bailaban juntos y el aire olía a pan recién hecho y a felicidad pura. Los Magikitos se despidieron con un salto sincronizado, dejando un rastro de purpurina sobre el tejado de pizarra de casa Paulino.

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