Esta aventura une el susurro del agua con el ritmo de los telares, en un viaje que cruza los senderos verdes de Taramundi, y dice así.
Los Magikitos habían terminado su aventura en Teixois, pero no se podían quedar quietos. Siguieron el curso del agua, saltando sobre las piedras del río como si fueran las teclas de un piano, hasta llegar a la cascada de la Salgueira. Allí, el estruendo del agua cayendo desde lo alto era música para sus oídos.
El Magikito más atrevido decidió que el arcoíris que se formaba en la base de la catarata era el tobogán perfecto. Con un salto mortal, se deslizó por los colores y, al llegar al agua, en lugar de salpicar, convirtió las gotas en diminutas mariposas de luz, que empezaron a revolotear alrededor de los senderistas que pasaban por allí. —¡Mirad, Chispa, Pau! —gritó el Magikito—. ¡El agua está hoy de fiesta!
Chispa, que siempre tenía un ojo puesto en la belleza de lo cotidiano, sacó su pequeño telar del bolsillo, hecho con ramitas de sauce. Al ver cómo el agua caía con tanta fuerza, tuvo una idea brillante. —¡Vamos a las hilanderas, tengo una idea para un tejido nuevo!
En un abrir y cerrar de ojos, los tres Magikitos se plantaron en el taller de las hilanderas de Taramundi. El sonido de los telares de madera, en un compás familiar —tac, tac, flush, flush—, acompañaba a una de las artesanas, concentrada en pasar la lanzadera. Los Magikitos se escondieron tras una bobina de lana virgen.
El Magikito más pequeño aprovechó un descuido para saltar sobre el hilo que entraba al telar. Con cada pasada de las lanzaderas, iba dejando un rastro de hilo invisible hecho de gotas de la cascada. Cuando la hilandera terminó de tejer la bufanda, se quedó boquiabierta. La prenda no solo era suave y de un color crema precioso, sino que al moverla brillaba como si tuviera rocío atrapado entre las fibras.
—¡Y lo más increíble! Esas bufandas siempre estaban frescas en verano y calentitas en invierno.
—¡Pero qué ven mis ojos! —exclamó la artesana, ajustándose las gafas—. ¡Parece que el río se ha mudado a mi telar!
Desde una esquina, los Magikitos observaban orgullosos. Chispa había logrado tejer el recuerdo del agua en la lana de la montaña. Y, para celebrar el éxito, hizo que todas las bobinas de colores del taller empezaran a rodar por el suelo, formándose un laberinto de colores que obligó a las hilanderas a bailar para no tropezar.
—¡Magikitos! —dijo la artesana con una sonrisa cómplice, sabiendo que en Taramundi, cuando algo sale perfecto, siempre hay un par de manos invisibles ayudando.
Al caer la tarde, los Magikitos se sentaron en el alféizar de la ventana del taller, viendo cómo el sol se ponía tras las montañas, satisfechos de haber unido la fuerza de la cascada con la delicadeza del hilo.