Barrolín en la clase de cerámica. «Se me ha roto otra vez». Clara observó con tristeza la pequeña taza de barro que acababa de desmoronarse entre sus manos. Era su primera clase de cerámica y nada estaba saliendo como esperaba. A su alrededor, otros niños parecían crear jarrones, cuencos y figuras cada vez más bonitas. Mientras tanto, las creaciones de Clara se inclinaban, se aplastaban o terminaban pareciendo montones de barro sin forma.
«No se me da bien esto», susurró. Intentó una vez más. Apretó demasiado. La pieza se deformó. Volvió a intentarlo. La pared de la taza quedó torcida. Cada error la frustraba un poco más. Pero, muy cerca de allí, escondido detrás de una estantería llena de vasijas secándose al sol, alguien observaba la escena.
Era Barrolín, un Magikito duende con un peto hecho de retales de delantales viejos y unas botas cubiertas de pequeñas manchas de arcilla de todos los colores. Las emociones de las personas le llegaban como pequeñas vibraciones, y la frustración de Clara era tan fuerte que casi hacía temblar los tarros de pintura. «Ay, ay, ay», murmuró. «Esta niña está intentando ser una taza perfecta cuando debería estar disfrutando del barro».
Barrolín sacó de su bolsillo una diminuta espátula de madera y la agitó en el aire. Una pizca de polvo mágico cayó sobre los bloques de arcilla. De inmediato, ocurrió algo extraño. El barro empezó a sentirse diferente, más suave, más cálido, más divertido.
Cuando Clara volvió a tocarlo, dejó de preocuparse por hacerlo perfecto. Comenzó a experimentar, hundió un dedo allí, hizo una espiral por acá, añadió pequeñas marcas que parecían olas. Por primera vez, empezó a sonreír. Pronto, otros niños hicieron lo mismo. Un niño creó una taza con forma de dragón. Otro construyó un cuenco lleno de estrellitas. Uno hizo una maceta torcida que parecía bailar.
La clase se llenó de risas. Ya nadie comparaba a quien hacía la pieza más bonita. Todos estaban creando cosas únicas. Al terminar la actividad, la profesora recorrió las mesas observando los trabajos. Cuando llegó hasta Clara, se detuvo. «¡Me encanta esta taza!»
Clara abrió mucho los ojos. «¿De verdad?» «¡Claro! No se parece a ninguna otra». La niña miró su creación. No era perfecta. Tenía algunas curvas extrañas y una pequeña oreja torcida. Pero también tenía personalidad. Y, por primera vez, le pareció preciosa.
Desde la estantería, Barrolín sonrió satisfecho antes de desaparecer entre las vasijas. Porque el barro tiene un secreto que los duendes conocen muy bien. Las cosas más especiales no siempre son las perfectas. A veces son las que…