El apagón. Tokio no se apaga nunca. Trece millones de personas, un millón de pantallas, máquinas de refrescos en cada esquina y ni una sombra donde meterse. Por eso, cuando la ciudad entera se quedó oscura de golpe, fue como si al mundo le quitaran el sonido.

Había sido una noche de esas que achicharran: tanto aparato de aire acondicionado tirando a la vez en tantos pisos a la vez, que la red de la ciudad dijo basta y se rindió de un tirón. Se murieron los carteles, se murió el cruce famoso ese por donde pasan mil personas a la vez, se callaron hasta las maquinitas de refrescos que en Tokio no se callan jamás.

En lo alto de un cartel de neón recién apagado, dos duendesillos se quedaron a oscuras a media discusión.

—Te digo que esa de ahí es la más bonita —insistía el pequeño, señalando un punto del cielo—. Esa lleva muerta un millón de años, melón.

—Pues más mérito —respondió el otro.

Se llamaban Pipito y Pipote. Habían vivido en los bosques de Taramundi y desde hace muuuchos años, muchísimos, desde antes del primer dinosaurio. Un buen día les picó la curiosidad de ver qué se traían los humanos entre manos por el mundo y desde entonces no habían parado de dar vueltas. Lo habían visto todo. Y en todo ese tiempo juntos, ni una sola bronca. Alguna pedorreta sí.

Abajo, mientras tanto, la cosa se ponía fea. Un señor de traje le daba manotazos a su móvil muerto como si fuera a resucitar. Un crío lloraba en un balcón. Una abuela, sola, le daba al interruptor una y otra vez, convencida de que la culpa era del interruptor. Gente que llevaba años sin levantar la vista de una pantalla, de repente, sin pantalla, sin nada a lo que agarrarse, perdida en su propia casa.

Pipote olfateó el aire y torció el morro.

—Uff, cuánto amargo junto. Compi, esto es demasiada gente. Nosotros dos solos no le traemos buen rollo a una ciudad entera. Nos vamos a asfixiar.

El grande se levantó, se estiró y se crujió el espinazo.

—Pues como siempre, ¿no? Tú arriba, yo abajo.

No hizo falta decir más. Llevaban toda la vida repartiéndose el mundo así. Y se pusieron a lo suyo, que aquella noche era darle la vuelta a la peor noche de Tokio como fuera.

Pipito salió disparado por las azoteas. A su paso, una maquinita de refrescos escupió latas heladas gratis para todo el que pasara. Las cuerdas de la ropa tendidas se enredaron hasta quedar como guirnaldas de feria. Empujó la puerta de un combini para que se quedara abierta de par en par. Y de pronto aquello era el farolillo del barrio.

Abajo, Pipote iba más lento, pero iba hondo. Una vieja radio de pilas arrancó ella sola con una canción ridícula. La misma en todos los portales a la vez. Un ascensor averiado soltó a la gente en la azotea en vez de en su planta. Vecinos que llevaban una década metiéndose en el mismo ascensor sin mirarse acabaron arriba, en pijama, con una vela cada uno, preguntándose por fin los nombres. Los duendes solo empujaban; salir, salían ellos.

Y entonces pasó lo gordo. Con todas las pantallas muertas y toda la ciudad por fin con la cara vuelta hacia arriba, Tokio vio las estrellas, las de verdad. Las mismas por las que discutían Pipito y Pipote. Las que llevaban toda la vida ahí, tapadas por el resplandor de la ciudad que nunca dormía. Trece millones de personas mirando el mismo cielo, con la boca abierta, como críos.

—¿Eso son estrellas? —preguntó alguien en una azotea en voz bajita.

Pero encender de golpe el buen rollo entre una ciudad entera es mucha chispa, demasiada, hasta para un Magikito. Abajo, Pipote empezó a fallar. Se le fue el color, se quedó pálido, casi transparente, parpadeando como una bombilla fundida. Un empujón más y se apagaba del todo para siempre.

Pipito lo notó desde el tejado más alto, como un tirón por dentro, lo soltó todo y bajó en tromba. Llegó justo e hizo lo de siempre: lo que llevaban jugando desde antes de que el mundo tuviera nombres. Le pasó su chispa de un manotazo, como quien pasa un balón, solo que esta vez era la última, y no la pidió de vuelta.

Pipote la cogió al vuelo, le devolvió el color y Pipito se quedó a media luz, sonriendo como un tonto.

Amaneció despacio sobre la bahía. Los carteles volvieron parpadeando uno a uno. Las pantallas despertaron, las maquinitas volvieron a su rum-rum. Y casi toda la ciudad se metió otra vez para adentro, a lo suyo, como si nada hubiera pasado.

Casi toda.

En una azotea quedaban tres o cuatro tercos, todavía con la cara en el cielo, viendo cómo las últimas estrellas se apagaban con la luz del día. Y en el borde de un tejado, espalda contra espalda, dos duendecillos secos se pasaban la última miga de chispa. Media para cada uno, como siempre.

Pipote le dio un codazo al pequeño.

—Sigue siendo más fea que la tuya, esa estrella.

—Dame otro millón de años y te enteras.

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