La marea había bajado en la playa de barcos encallados, dejando al descubierto la boca de la cueva del eco negro. Olía a salitre frío, a moho viejo y a ese silencio pesado que se te mete en los huesos. Dentro no entraba la luz del sol, pero lo peor es que tampoco entraba el aire.
Allí estaba Juan. Tenía once años y los puños tan apretados que las uñas le dejaban marcas en las palmas de las manos. Había ido a la playa a buscar caracolas, pero la ansiedad es un bicho tramposo que te asalta cuando menos lo esperas, y se le había metido en el pecho como una bola de plomo. La tristeza le pesaba tanto que sentía las piernas de piedra hundidas en la arena húmeda. «No puedo salir», se repetía mirando la negrura.
A tres palmos de su cabeza, encajada en una grieta donde la roca goteaba, se movió algo. Era Coralina, una Magikita de la familia de las hadas, nada parecida a una princesa de cuento. Llevaba un chubasquero hecho con un trozo de lona de barco y una corona torcida con el alambre de un corcho de champán. No venía sola: pegado a su bota de goma estaba su Animagikito, un búho enano llamado Plumón, con los ojos como platos y las plumas erizadas.
—Este niño se ha quedado sin combustible, Plumón —dijo Coralina, acariciándole el pico al revés—. ¿Ves esa caracola rota que tiene al lado? Nos va a servir de motor.
Coralina saltó sobre la arena sin hacer ruido. Plumón bajó planeando como un copo de nieve. La Magikita se acercó a la caracola abandonada, llena de arena gris, y con sus manos diminutas empezó a rascar las paredes de la concha, canturreando una melodía del norte, un silbido de Taramundi que sonaba a viento entre los árboles. Flick, flack, flick, flack. La arena empezó a brillar con un azul eléctrico y, tras un soplido seco de Plumón, se elevó en el aire formando un cohete diminuto, rugiendo con un zumbido sordo que hacía vibrar las paredes de piedra.
El motor de arena destellaba, iluminando los rincones oscuros con fogonazos de oro y cobalto. Juan levantó la cabeza, deslumbrado. El cohete no salió volando hacia el techo, sino que empezó a orbitar alrededor de él. Con cada vuelta, el aire frío de la cueva se volvía templado, oliendo a verano, a libertad y a espacio abierto. La bola de plomo que le apretaba las costillas se fue desmenuzando, hasta volverse ligera. El remolino de luz le hizo cosquillas en la punta de la nariz, y Juan soltó una carcajada que la cueva del eco negro no había escuchado en un siglo.
El cohete estalló en una lluvia de chispas brillantes que se posaron sobre sus zapatos, volviéndolos ligeros como nubes. —¡Puedo moverme! —dijo, asombrado. Se levantó de un salto, miró hacia la salida y el exterior ya no le pareció un monstruo. El sol de la tarde brillaba sobre el agua como un camino de monedas de oro que lo invitaba a correr.
Salió de la cueva a toda velocidad, dejando atrás la negrura, sintiendo cómo el viento le limpiaba la cara y la tristeza se disolvía en la espuma de las olas. En la orilla, dos niños que buscaban conchas lo vieron salir y le gritaron para que se uniera a ellos. Juan corrió hacia ellos, riendo con el pecho lleno de cielo.
Dentro de la grieta, Coralina se recolocó la corona de alambre con un gesto torero, satisfecha. Plumón soltó un canto suave y se acomodó bajo el chubasquero de lona para seguir durmiendo. Porque la mente a veces construye cuevas oscuras donde parece imposible respirar, pero solo hace falta un cohete de arena y un soplido a tiempo para recordar que el universo entero nos está esperando ahí fuera.