Se dice cuando tienes un frío que te cala hasta los huesos y te deja temblando, con tiritona y todo. Vamos, que no es fresquito de paseo, es frío de verdad, de ese que te encoge el alma y te pone la nariz como un tomate. Muy de Asturias, donde el invierno no perdona.
"Madre mía, tengo el frisuco encima que no siento ni los dedos. Como siga así, me planto en el bar a por un caldo y un café bien cargado."