Eva puso la última pizarra un jueves, a las siete y veinte de la tarde. Llevaba nueve días de vuelta y los nueve se los habían pasado dándole al cubo, con Axel arriba y ella tirando de la cuerda, mientras Úrsula iba revisando las filas y parecía encontrarles defectos a todas. La luz les llegaba de lado y el pueblo olía a una lluvia que no acababa de caer.

El lunes, Úrsula miró hacia el mar y anunció que el jueves por la noche iba a caer agua de la buena. Al día siguiente aparecieron el chaval de las sartenes y dos primos suyos con otra cuerda, sin que nadie los hubiera llamado. El miércoles solo le oyeron decir «una fila» y ya no gastó saliva en otra cosa.

El jueves, ya a última hora de la tarde, solo quedaba una pieza. El trozo grande con la esquina saltada, el primero que Axel había cogido del suelo el día que llegaron. Úrsula lo había apartado en julio: ese, para la última de la fila, que va cortada.

Axel se paró en el caballete, se sacó el martillo del cinturón y bajó dos peldaños.

— Sube tú.

Eva se quedó con el cubo en la mano.

— ¿Yo?

— Que subas, chiquilla, que la última no la pone el que cuenta.

Eva subió sin decir nada más. Se sentó a horcajadas en el caballete, colocó la última pizarra, le dio dos golpes con el martillo y luego un tercero que no hacía ninguna falta.

Abajo, en la calle, había medio pueblo mirando para arriba. Trini con las gafas colgando del cordón. Sabino en su muro. La señora de los callos con la bolsa de la compra.

Al tercer golpe Sabino levantó el bastón. Nada más. La señora de los callos se tuvo que sentar en el poyo.

Desde el tejado, ya sin un solo agujero, se quedaron mirando las casas, la fuente, los dos coches aparcados delante del hotel y la carretera que desaparecía en la curva.

Sabino levanta el bastón mientras los vecinos miran el tejado terminado.

— Se acabó — dijo Axel.

— Se acabó.

Eva estiró las piernas por la vertiente, descalza sobre la pizarra, que todavía estaba caliente del sol, y se tumbó con las manos detrás de la cabeza.

Axel pensó en tumbarse a su lado y se quedó calculando el espacio que había, que era más bien poco.

— Tú estás contando algo — dijo Eva, sin abrir los ojos.

— Pizarras.

— Ya.

Y no se movió nadie.

— En el estudio había una lucecita roja — dijo ella al rato —. Encima del cristal. Cuando se encendía, cantabas. Cuando se apagaba, no.

Axel no abrió la boca, por si se callaba.

— La del banco la canté cuatro veces. Aquí, así. — Levantó un dedo por cada vez —. A la cuarta el de la mesa dijo «perfecta». La cuarta era igual que la tercera, Axel.

— ¿Y el tractor?

Eva descansa sobre las pizarras tibias y Axel la escucha sentado a su lado.

— En el tractor canté dos horas. El hombre no dijo ni mu. — Se le escapó la risa por la nariz —. Y al bajarme me dio un tomate.

— ¿Cuánto falta? — dijo luego.

— ¿Para qué?

— Pa lo del papel.

Axel no tuvo que contarlo. Lo llevaba contando desde julio.

— Veintidós días.

— Pues que suban cuando quieran. — Cerró los ojos otra vez —. Que les sobran veintiuno.

Cuando bajaron era de noche. Solo quedaba Úrsula en la calle, con las manos en los bolsillos del mono, mirando para arriba.

— Bueno — dijo.

Y al rato, sin girarse:

Úrsula contempla el tejado desde la calle, con las manos en los bolsillos del mono.

— Ahora falta que suba el del ayuntamiento a verlo. Que es uno para cuatro concejos y sube cuando sube. Y mientras no firme, el papel dice lo que dice.

Esa noche, antes de colgar el frontal, Axel se subió a la banqueta y metió la cabeza en la chimenea, como todas las noches.

La repisa estaba vacía. En una esquina habían dejado el trozo de manta de cuadros, doblado en cuatro.

Bajó con el pecho apretado y subió al cuarto de atrás. Wamba estaba en su viga, encima del saúco.

— El de la chimenea ya no está.

Wamba no se giró.

— Está abajo.

— ¿Abajo dónde?

— En la cuadra. Al lado de la puerta, donde da el sol por la mañana.

— ¿Y eso es bueno?

Esta vez sí se giró.

— Hombre — dijo, harto —. ¿Y pa qué va a dormir en una chimenea, si la casa ya no está cerrada?

El diminuto Wamba mira a Axel desde una viga junto al saúco.

Y volvió a mirar su árbol.

Bajó a la cuadra alumbrándose con el frontal. No encontró al bicho, pero junto a la puerta había una silla de anea que él no recordaba haber puesto allí. Sacó el botón de nácar que llevaba en el bolsillo desde el cumpleaños y lo dejó bien centrado sobre el asiento.

A las dos de la mañana empezaron a golpear las primeras gotas en la pizarra, gordas y separadas. Después cayó todo de golpe. Axel se quedó despierto en la hamaca, escuchando llover sobre el tejado que habían hecho, y no entró ni una gota.

— ¿Lo oyes? — dijo Eva, a oscuras, desde la otra hamaca.

— Lo oigo.

— Pues duérmete. Que mañana no hay pizarra.

A la mañana siguiente el botón ya no estaba.

Se levantaron tarde y pasaron la mañana sacando hollín de la chimenea. Axel apartó el cuadrado de manta y lo dejó otra vez doblado en la repisa al terminar. Eva acabó negra hasta las orejas. Al limpiarse el sudor con la manga consiguió empeorarlo bastante.

Axel deja el botón de nácar en el centro de una silla de anea junto a la puerta.

Aquella tarde, Eva encendió la chimenea por primera vez en cuarenta y un años. Axel volvió a alumbrar la repisa antes de acercarle la leña, aunque ya había mirado tres veces. El trozo de manta seguía doblado en su esquina. El humo subió sin encontrar a nadie por el camino.

El sábado, a las ocho menos cuarto, oyeron llegar el coche blanco de Paco desde tres curvas más abajo. Subió quejándose por la cuesta y se detuvo frente a la casa. Los cinco se quedaron un momento quietos dentro, hasta que las cuatro puertas se abrieron casi a la vez.

Lo había organizado Hortensia por teléfono: los padres en tren y la hermana en su coche hasta la panadería, y de allí los cinco en uno, que a una cosa así se va en un coche y no en dos. Doce horas y veinte minutos. Paco no pasaba de ochenta.

Paco al volante, el padre de Axel de copiloto, y detrás su madre, Hortensia y una mujer que Axel no había visto nunca.

— ¡Hostia! — dijo su padre, estirándose —. ¡La espalda!

— Doce horas — dijo Hortensia, agarrada a la puerta —. Doce horas con este hombre poniendo la radio.

— ¡Es que la radio es para ponerla!

— ¡Para ponerla, no para cantarla!

Su madre miró la casa y se puso una mano en el pecho.

— Ay.

La casa echaba humo. Un hilo gris, recto, en una tarde sin viento. Y por el tejado de atrás, por un tragaluz que Úrsula había puesto diciendo que era una tontería, asomaba la copa del saúco.

En la puerta seguía el papel del ayuntamiento. Ese no lo tocaba nadie hasta que subiera alguien a quitarlo.

— Madre mía, hijo — dijo su padre, andando hacia la fachada con la cabeza levantada.

Le dio a la pared dos palmadas fuertes, de las que se dan en la espalda.

Paco, Hortensia, Irene y los padres de Axel salen cansados del coche blanco ante la casa.

La desconocida se quedó junto al coche, pálida, con el pelo recogido y una chaqueta demasiado buena para aquella calle. Rondaba los treinta y llevaba unos zapatos a los que no les quedaban ni dos días si seguía por allí.

Eva bajó los tres escalones y se paró a cuatro metros.

— Hola — dijo Irene.

— Hola.

Silencio.

Irene abrió la boca, y Axel, desde el balcón, la vio ir derecha a lo primero que no había que decir.

— Estás muy delgada.

Eva se quedó quieta. Axel cerró los ojos.

— Y tú tienes los zapatos fatal pa esta calle.

Irene se miró los pies.

Y se echó a reír, con una mano en la boca, medio llorando.

— Ya lo sé. Ya lo sé. Me lo ha dicho la señora en el kilómetro cuarenta.

— Y no me hizo caso — dijo Hortensia.

Irene mira sus zapatos y rompe a reír ante Eva, todavía a unos pasos de distancia.

No se abrazaron. Se quedaron a cuatro metros riéndose de los zapatos, y luego Eva dijo «pasa, anda», y entraron.

Hortensia no.

Axel cocinó para once, que a las ocho subió Úrsula con una botella y detrás Sabino, y detrás de Sabino el chaval de las sartenes y su madre.

Comieron diez en una mesa para seis, el chaval sentado en un cajón de fruta. Queta le miró los pies a Irene antes que la cara, le dijo la talla en voz alta y acertó.

Hortensia cenó abajo, en el escalón de la calle, con el plato en las rodillas, discutiendo a voces con Sabino, que estaba asomado a la ventana, por un burro de hacía cincuenta y tantos años.

— ¡Que ese burro estaba cojo, Sabino!

— ¡Cojo no, mujer! ¡Malo de una pata, que es muy poco cojo!

Eva y su hermana estuvieron dos horas y media en una esquina de la mesa, hablando bajito.

Axel no llegó a oír lo que se decían. Irene lloró dos veces, sin que Eva intentara consolarla. Más tarde, Eva se retiró al cuarto de atrás y volvió cinco minutos después con la cara lavada. De madrugada, Irene sacó algo del bolso.

Axel acababa de acercarse con la fuente del postre y ya no podía desaparecer sin que se notara. Irene puso delante de Eva un paquetito envuelto en un pañuelo de papel y retiró la mano.

Eva e Irene hablan en una esquina de la mesa mientras los invitados cenan apretados.

Eva no lo tocó.

— Ábrelo tú.

— Es tuyo.

— Que lo abras tú.

Irene lo desenvolvió con cuidado, alisando el pañuelo con la punta de los dedos. Dentro estaban las dos mitades de una caña de bambú, con sus seis agujeros hechos a fuego.

Eva se quedó mirándola encima de la mesa. No la cogió.

— La tiraste.

— No.

— Yo te vi tirarla a la basura.

— Y yo te vi mirar la basura — dijo Irene.

Se callaron las dos. Axel, de pie con la fuente vacía, no se atrevió ni a dejarla en la mesa.

Irene descubre las dos mitades de la flauta sobre un pañuelo de papel; Eva aún no la toca.

— La saqué esa noche, cuando te dormiste. Ocho años en un cajón. Y no te lo dije nunca.

— ¿Por qué?

— Porque si te lo decía me tenías que dar las gracias otra vez.

Eva soltó el aire por la nariz.

Alargó la mano. Cogió las dos mitades, una en cada mano, las juntó por donde se habían roto y se quedó mirando cómo casaban.

— Sonaba fatal, ¿eh? — dijo.

— ¿Sonaba?

— Sonaba a pito.

A Irene se le arrugó la cara entera. Se echó a reír con la boca cerrada. Y Eva tampoco la consoló esa vez.

Pero se quedó.

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