Las historias normales
Dos historias en el borde de una fuente
Axel abrió los ojos y tardó un momento en reconocer la tela blanca que tenía encima y el mochilón de al lado. Ah, claro, la tienda. Se le había olvidado que ahora dormía allí.
Se quedó tumbado un rato, escuchando.
No se oían coches ni motos ni gente. Ahí fuera silbaban los pájaros. Sonaban contentos.
«A saber lo que están diciendo», pensó.
Dentro del saco hacía calorcito.
Recordó el duendecillo del gorro rojo que le había pillado meando en el camino.
¿De verdad había pasado eso?
En fin, a veces la cabeza le mandaba visiones raras. Una vez, trabajando durante la noche en la recepción del hotel habría jurado que un duende parecido le había tirado salsa de tomate a la camisa de un cliente protestón.
Una de las pocas veces que había sacado sus juegos de mesa con Bruno y Clara, había visto un duende robar la pieza más importante del tablero. La encontró tres días más tarde en la caja de cereales.
Lo del chocolate podía ser otra de aquellas paranoias que le montaba la cabeza cuando llevaba muchas horas sin dormir. La noche anterior llevaba veinte, así que motivos tenía.
Salió de la tienda y se estiró. El bosque de día era otra cosa: se veía dónde acababa, y era un sitio pequeño y ordinario, con dos castaños y un montón de helechos, y ahí de noche él se había puesto a mirar el techo de plástico como si estuviera en el Amazonas.
Recogió, lo metió todo en la mochila y volvió al camino.

Anduvo dos horas muy tranquilito, sin darle vueltas a nada, y eso no le pasaba desde que era pequeño.
Al fondo del sendero empezaron a asomar los tejados de un pueblo.
Tampoco es que echara de menos la ciudad tan pronto, pero ya iba siendo hora de tomarse un cafelito.
Aún le faltaba un buen rato para llegar. Apretó el paso.
Eva se despertó a esa misma hora con el sol pegándole en la cara.
Estaba debajo de su plástico, atado entre un banco de madera y la verja de un parque, con la mochila de almohada. Se había acostado a las cinco de la mañana.
Aún tenía la ropa mojada, estaba deseando ponerse al sol.
Fay dormía hecho una rosca sobre su barriga.
— Eh, dormilón. Levanta, que hay que comer.
Se levantaron y salieron del parque.
Encontró una tiendecita apenas dos calles más arriba, con cajas de fruta en la puerta.
Le dijo a Fay que esperase allí y salió pocos minutos más tarde con un par de plátanos, una cajita de dátiles, una botella de agua y una latita de atún.

Se sentó en el borde de la fuente que había en la plaza del pueblo y le abrió la lata al gato.
Fay se puso a comer del tirón.
Mientras se comía el plátano, Eva se entretuvo viendo cómo se despertaba el pueblo. Una señora pasó con el pan debajo del brazo y dio los buenos días. Un hombre cruzó en bici con una radio colgada del manillar y, en el bar de la esquina, alguien levantó la persiana de un tirón. Le gustaba llegar a los sitios a aquella hora y ver quién se ponía en marcha primero.
Cuando terminó el plátano cogió un dátil y se puso a tararear entre bocaditos. Al principio cantaba bajito, sin palabras, hasta que le fue saliendo una canción de las suyas, con la letra inventada sobre la marcha.
Una niña se paró en seco en mitad de la plaza, agarrada a la mano de su madre.
No es que hubiera mucha gente, pero los que pasaban se paraban a escucharla.
Eva había cerrado los ojos y la voz le salía sin freno, cruzando la plaza de esquina a esquina.
Con la canción se le iban ocurriendo sitios: una cocina con la ventana abierta, un camino embarrado, la sombra de un árbol donde echarse a dormir. A veces se entretenía tanto en su imaginación que se le olvidaba abrir los ojos.
Mientras cantaba no le pesaba nada, y eso era lo más cerca que había estado nunca de estar bien.
Con los ojos cerrados notó una sombra delante. Alguien la estaba mirando de cerca.
— ¿Otra vez tú? — dijo una voz alegre.

Paró de cantar. Abrió los ojos.
Eva se había pasado media noche prometiéndose que hoy preguntaría en el pueblo por un chaval con una mochila grande. Y el chaval con la mochila grande se le había plantado delante él solito.
— Otra vez yo — dijo con una sonrisa tonta.
Fay levantó la cabeza de la lata casi vacía, miró a Axel un segundo y volvió a lo suyo.
Axel soltó la mochila en el suelo con un quejido y se sentó al lado de Eva, en el borde de la fuente.
— ¿Tienes hambre? — dijo ella, tendiéndole la cajita de dátiles.
— Bufff… bastante.
Cogió uno y le dio un mordisquito. Desde lo de la pizza masticaba con un cuidado tremendo, aunque todavía no se había dado cuenta.
— Entonces, ¿qué pasó ayer? — preguntó Axel con medio dátil en la boca.
— Pues ayer me invitaron a una cena con juegos de mesa y cuando fui no había nadie.
Axel tardó un segundo en entender que Eva había ido a su casa y que, cuando llegó, él ya se había largado.

— Vaya, qué amigos de mierda que tienes — dijo, y se zampó la otra mitad del dátil.
Eva se rió.
— Nah, en serio. Fui a tu casa tío pero llegué suuper tarde y ya no estabas. Un vecino tuyo me dijo que te habías ido así que decidí buscarte.
— Ah. Así que viniste.
Se quedó con el hueso entre los dedos, intentando encajar la hora a la que ella había llegado y por dónde coño se habían cruzado.
Eva lo estaba mirando. Ella tenía una historia larga que contar y no sabía por dónde se empieza, y además había caído en que el de la mochila también tenía la suya: nadie se va de su casa de noche cargado de cajas de juegos por gusto.
Tomó una decisión.
— Mira… yo te cuento lo que quieras — mordió otro dátil —. Pero tienes que empezar tú. ¿Por qué te fuiste así, de un día pa otro? Me dijiste algo de una aventura, pero una aventura es irte el fin de semana a explorar lo que sea, no irte de tu casa en mitad de la noche sin saber cuándo vuelves.
Axel se quedó pensando.
— ¿Te cuento la verdad? Pero que sepas que es una historia ridícula.
— Cuéntamela. Las historias normales ya me las sé todas.

— Me fui por un trozo de pizza.
Eva lo miró, esperando el chiste. No llegó.
— Estaba en mi casa la otra noche. Cenando en la mesa de la cocina, con el móvil apoyado en la caja. Me metí un trozo demasiado grande… y se me quedó aquí. — Se señaló la garganta —. No entraba aire. Ni pa fuera ni pa dentro. Nada.
Eva había dejado de masticar.
— Me levanté, intenté toser, no salía nada. Y me dio un chispazo mental, una idea muy clara: que estaba solo del todo. Que si la palmaba ahí, en mi cocina, habría vivido una vida estúpida. Del colegio a la universidad y de la universidad al trabajo. Sonrisas falsas cada día y cuatro viajes aburridos.
— ¿Y qué hiciste?
— Me tiré de barriga contra el canto de la encimera. Como un animal. Y el trozo salió volando y acabó en el suelo, a dos metros.
Se calló un momento.
— Luego me quedé sentado en el suelo de la cocina, mirando aquel cacho de pizza precongelada. De microondas, encima. — Se pasó la mano por la boca —. Ahí fue cuando decidí que mi vida no puede seguir así.
— ¿Y ya está?
— Y ya está. Esa misma noche dejé el curro y el piso. Y al día siguiente compré todos estos chismes. — Señaló su mochila —. Y aquí estoy.
Eva no dijo nada. Le pasó la botella de agua.
— Lo más absurdo es que yo lo tenía todo bien atado — siguió Axel, y bebió —. Estudié, me saqué la carrera, curré de recepcionista en un hotel, tenía mi piso ordenadito, mis cosas en su sitio.

— El pack completo.
— El pack, eso. Y a mí el pack me aburría como una ostra. Hasta que casi la palmo con un cacho de pizza y me dio el chispazo: oye, ¿esto es todo? ¿Pa esto tanto lío?
Cogió un dátil de la caja y se lo comió.
Eva había dejado el dátil en la caja y no lo había cogido otra vez.
— Yo sé lo que se siente — dijo —. A mí el pack me lo tenían montado antes de nacer.
Y le contó. Poco a poco, mirando el agua de la fuente.
Le contó lo del piano. Las clases, los recitales. La ropa correcta, las amigas correctas. Una madre a la que solo le importaba qué iban a pensar los demás, y un padre que había dejado de discutírselo hacía mucho tiempo. Una hermana mayor que lo hacía todo bien y que nunca perdía la oportunidad de recordárselo.
— En mi casa estaba decidido todo. Lo que ibas a estudiar, con quién te juntabas, hasta cómo te tenías que peinar. Todo. Menos una cosa.
— ¿Cuál?
— Si eras feliz. Eso no le importaba a nadie.
Axel se quedó pensando.
— ¿Y no había nada? Digo algo que te gustara a ti. Aunque fuera una tontería.

Eva tardó un poco.
— Una cosa — dijo.
No añadió nada más y Axel se guardó la pregunta que ya tenía en la boca.
Se quedó un momento callada, dándole vueltas a un dátil entre los dedos.
— Mis padres se mataron en el coche. Hace ya un tiempo. — Lo dijo sin que le temblara la voz —. Discutiendo, como siempre. Bueno: ella gritando y él conduciendo callado, que era la manera de discutir de mi padre. Por una tontería, una salida de autopista que se habían pasado por leer mal el GPS. Y mi hermana y yo detrás, también calladas. Como siempre.
Axel no dijo nada.
— Lo único que sabían hacer juntos era discutir. Y se murieron haciéndolo. — Le salió una risa sin ganas —. Hay que tener mérito.
Tiró el hueso del dátil a la cajita.
— Cuando murieron me quedé con mi hermana. Al principio estábamos bien hasta que ella empezó a odiar todo lo que yo hacía, no me dejaba vivir en paz. Así que decidí escapar de aquella vida… un poco como tú. — Se encogió de hombros —. Pero mira, he acabado igual de perdida que antes. Aunque al menos perdida a mi manera. Que ya es algo.
Los dos se quedaron callados, mirando a Fay, que había dejado la lata reluciente y se lamía las patitas.
Axel se levantó de golpe.
— ¿Sabes qué nos hace falta? Un cafelito. Llevo esperando uno toda la mañana.
Se echó la mochila al hombro. Al moverla, de un bolsillo lateral asomó un puñado de fotos pequeñas, gastadas, sujetas con una goma. Las volvió a meter de un manotazo.
— ¿Llevas fotos? — preguntó Eva.
— Mi vida de antes. Ya te las enseñaré.
— Pues venga, a por ese café — dijo ella, poniéndose en pie.
Fay echó a andar el primero, con el rabo tieso, como si supiera de sobra dónde se hacía el mejor café del pueblo.