Cuatro monedas

Eva no llevaba chubasquero, ni saco, ni tienda, ni siquiera una simple linterna.

Llevaba la mochila del colegio, y dentro cuatro cosas: un plástico de obra doblado del tamaño de un libro, cinco metros de cuerda, un jersey y una cuchara. Cuatro moneditas en el bolsillo y un gato.

Con aquellas cuatro cosas se había metido en el bosque, de noche y bajo la lluvia. A ella le parecía de lo más normal.

Seguía tan cabreada por lo de la puerta cerrada que, cuando empezó a llover más fuerte, levantó la cara y apretó el paso.

— ¿Vamos bien, eh, Fay? — El gato iba delante, una mancha clara en la negrura, parándose cada poco a comprobar que ella lo seguía.

Tras ella, por encima de los árboles, todavía se percibía el resplandor de la ciudad. Le daba la espalda.

Se pegó un par de horas caminando a buen ritmo detrás de aquella manchita blanca, sin pensar en nada.

Hasta que se acordó de la noche en que encontró a Fay, la misma en que se largó de casa, hacía año y medio. Antes de eso se había pasado seis años metida en un piso con su hermana mayor, que se portaba igual o peor que sus padres.

«¡No me importa lo que tú quieras! ¡Aquí se hace lo que digo yo y punto!», recordó la escena en que su hermana rompía la flauta de bambú que ella misma se había fabricado.

Revivió a sus padres discutiendo. Siempre discutiendo. Su vida entera había sido solo eso: prisas, horarios, exámenes de piano, la ropa correcta. ¿Y para qué?

Las manos de la hermana de Eva parten en dos su flauta de bambú.

También recordó el plástico verde tendido entre dos árboles, el humo que se le metía por la manga del forro polar y una mano grande enseñándole un nudo que sus dedos seguían sabiendo hacer catorce años después. Apartó el recuerdo enseguida.

Y a Fay, maullando solo en mitad de una calle a las tres de la mañana: la única cosa buena que le pasó aquel día.

Pisó una piedra de punta, soltó una palabrota y se detuvo a mirar alrededor. El resplandor de la ciudad había desaparecido detrás de los árboles y ya no tenía ni esa referencia para orientarse.

La única luz era la luna, metida entre nubes, la justa para ver el barro y no para ver a dónde iba.

Y ahí se le acabó la rabia. Así, de golpe, como se acaba la gasolina.

Sabía ponerse a cubierto: en un momento podía atar el plástico entre dos ramas. Otra cosa era pasar la noche debajo, con la ropa mojada y el frío metido hasta los huesos. Tenía hambre, estaba cansada y ya no sabía ni dónde estaba. Prefería seguir hasta un pueblo.

¿Qué hacía allí? ¿Qué coño hacía allí, en mitad del monte, empapada y a oscuras?

Se palpó el bolsillo. Sus cuatro monedas seguían ahí, tintineando. En cualquier ciudad daban para un bocadillo y un café.

Eva contempla sus cuatro monedas, empapada y perdida en el bosque.

Aquí no valían para nada. No había a quién dárselas. No había nada.

Notó algo calentito en el pie y bajó la vista. Fay, tan empapado y hecho un desastre como ella, le estaba lamiendo los dedos uno por uno con toda la calma del mundo.

Eva resopló y se limpió la cara con el dorso de la mano.

— Venga, Fay. Que aquí no nos vamos a quedar.

El gato se sacudió el agua de un meneo y echó a andar. Pero no por el camino.

Se dirigió hacia los árboles, hacia la negrura cerrada del bosque.

— Eh, eh. ¿Dónde vas? — Eva se quedó al borde del camino —. Por ahí no, bobo.

Fay se paró donde acababa el barro y empezaba la maleza. La miró fijamente y volvió la cabeza un par de veces hacia los árboles, empeñado en que el camino era por allí.

— No, Fay. Me fío de ti pero basta de aventuras por hoy, porfa.

El gato no se movió.

— Mañana preguntamos en el pueblo. Un chaval con un mochilón. A ese lo ha visto alguien.

Fay todavía se quedó un momento mirando los árboles antes de resignarse y volver al camino. Eva lo siguió el resto de la noche, detrás de aquella manchita blanca. Por suerte estaba dejando de llover.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona