Hoy hemos salido a oler tierra mojada (terapia oficial del bosque de Taramundi) y nos hemos encontrado con un recordatorio científico que nos ha dado en el hocico con elegancia: los animales no son “cosas que se mueven”, ni juguetes con batería, ni NPCs del universo. Resulta que piensan, sienten, planean y, a ratos, probablemente nos miran con esa cara que ponen los gatos callejeros cuando te ven hablar solo por la calle: “vale, colega, tú sabrás”.

La noticia viene a decir algo potente: reconocer la mente de otros animales no es solo un “qué interesante” de sobremesa. Cambia cómo deberíamos actuar, sobre todo en sitios donde viven en cautividad (zoos, centros de fauna, rescates, etc.). Vamos, que no basta con darles comida y una piedra: también necesitan una vida con sentido, estímulos y decisiones. Como nosotros, pero sin reuniones que podrían haber sido un WhatsApp.

Y aquí en el bosque, que nos fascina cómo las urracas roban cosas brillantes por puro amor al brillo (iconas del “lo quiero porque sí”), hemos asentido fuerte. Porque si una urraca puede tener gustos, un pulpo puede ser un alien con hobbies, y un chimpancé puede hacer política de alianzas, igual lo de tratarlos como muebles con ojos… pues no.

De “animal autómata” a “animal con movidas internas”

Durante siglos, muchos humanos se contaron el cuento de que solo vosotros teníais mente de verdad: pensamiento, emociones, planificación… y el resto del reino animal, pues modo “reflejos y ya”. Como un microondas: calienta y te roba un poquito el alma, pero no siente. Sin embargo, la primatología y la ciencia del comportamiento fueron empujando la puerta hasta abrirla de par en par, como nos gusta a nosotros por las mañanas (una ventana cerrada a la luz es un insulto a la vida).

Investigadoras e investigadores se metieron en selvas, observaron sin prisa (a lo caracol, que son lentos porque disfrutan) y fueron apareciendo pruebas: chimpancés usando herramientas, formando alianzas complejas, mostrando empatía; gorilas sociales y sensibles que cuidan, juegan y sufren pérdidas; orangutanes con crianza larga y dedicada. Vamos, que el “son máquinas con pelo” empezó a oler peor que un calcetín perdido transformado en tapa de tupper.

Y ojo, que también sale un nombre español que nos gusta pronunciar con solemnidad de musgo: Jordi Sabater Pi, que ya documentó conductas de uso de herramientas en chimpancés en Guinea Ecuatorial. Nos encanta porque confirma una cosa: la curiosidad científica no siempre habla inglés, a veces habla en voz bajita, con cuaderno de campo y paciencia de amasar pan.

Además, desde Japón llegó una idea preciosa: la llamada empatía ecológica, que viene a ser “entender al individuo dentro de su grupo y su entorno”, no como un objeto de vitrina. En vez de mirar desde lejos como quien espía conversaciones del metro (que también), se trata de comprender la vida social del bicho. Y así se vio incluso “cultura” en animales: macacos que lavaban patatas y esa costumbre pasaba de unos a otros. Cultura, chaval. Como la tortilla con cebolla: se transmite porque es verdad.

Si tienen mente, también tienen necesidades mentales

Lo más jugoso del asunto no es solo que “son listos”. Es que hay señales de vida emocional y capacidades que antes se ponían en exclusiva humana: reconocerse en un espejo (algunos), recordar, anticipar, consolar a otro, cooperar, reconciliarse… incluso ciertas conductas alrededor de la muerte, quedándose junto al cuerpo de un compañero. Esto no significa que piensen exactamente como nosotros, pero sí que hay algo ahí, y no es poco.

Y como la ciencia no se queda quieta (es una urraca con bata, siempre buscando brillo), ahora hay herramientas modernas para asomarse a ese mundo interior: eye-tracking (básicamente, mirar hacia dónde miran), análisis automatizado de expresiones faciales e incluso inteligencia artificial para reconocer gestos. Nosotros, que desconfiamos del microondas, aquí le damos un aprobado a la IA si sirve para entender mejor a un bonobo y no para meternos anuncios de freidoras de aire.

¿Y qué cambia todo esto? Pues que si aceptamos que la mente necesita estímulos, entonces en cautividad no basta con “mantener vivo” al animal. Hace falta ofrecerle un entorno donde pueda explorar, elegir, relacionarse, resolver problemas, jugar, vincularse. En resumen: que tenga una vida que no sea un lunes eterno.

En cristiano de bosque: si un animal puede aburrirse, frustrarse o deprimirse, entonces la jaula no es solo barrotes. También puede ser una jaula mental. Y eso obliga a repensar prácticas en centros de fauna, zoológicos, santuarios y similares: más enriquecimiento ambiental, más decisiones, más complejidad, más respeto. Menos “toma tu comida y calla”, que eso ni a un erizo punk se le hace.

Nosotros lo vemos clarísimo: cuando tratas a alguien como si no sintiera, te vuelves tú el que siente menos. Y eso, francamente, es un mal negocio espiritual. Así que hoy brindamos con té en taza desportillada por una idea sencilla y revolucionaria: si tienen mente, merecen experiencias mentales plenas. Y ya si de paso saludamos al conductor del autobús, el universo nos lo agradece con un semáforo en verde (o eso creemos; los semáforos son sospechosos).