Nosotros hoy veníamos del basurero con una bisagra medio oxidada (que eso da para inventar una cucharilla-catapulta, ya os contaremos) y, de repente, zas: el CSIC se ha puesto modo “magia científica” y lidera dos proyectos europeos de esos que suenan a hechizo en latín.

Son del programa ERC Proof of Concept, que, traducido al idioma de las urracas cotillas, significa: “oye, esto que funcionaba en el laboratorio… ¿podemos convertirlo en algo útil de verdad?”. Vamos, pasar de la probeta al mundo real sin que explote nada (ideal).

Y ojo, porque uno va de mejorar tratamientos contra un tumor cerebral muy agresivo y el otro va de una bacteria del subsuelo profundo que se marca una fábrica viva de hidrógeno limpio. O sea: salud y energía, como si el bosque se hubiera puesto una bata.

Oro finito para apuntar mejor a un tumor muy serio

El primer proyecto lo lidera Gerard Tobías Rossell, del Instituto de Ciencia de Materiales de Barcelona (ICMAB-CSIC), y se centra en el glioblastoma, que es uno de los tumores cerebrales más comunes y, por desgracia, el más agresivo. Es complicado de tratar porque está en una zona crítica y, además, es de los que se infiltran como un gato callejero entrando en un portal sin que nadie lo note.

La idea del equipo es perfeccionar una estrategia que combina protonterapia (un tipo de radioterapia con protones, más precisa) con una estructura de nanopartículas de oro que están en proceso de patente. El plan es que esas nanopartículas se “cuelen” de forma selectiva en las células tumorales y, cuando llegan los protones, amplifiquen el efecto donde toca.

¿Para qué sirve eso? Para intentar reducir la dosis y, con ello, bajar el riesgo de dañar tejido sano (eso que nadie quiere, ni siquiera los semáforos, que son mala gente pero no tanto). Además, estas nanopartículas podrían adaptarse a otros tumores difíciles, como los de cabeza y cuello, colorectal o cervical. Y con la llegada de nuevos aceleradores clínicos, España podría colocarse en una posición pionera en Europa en este campo.

Una bacteria a 64 metros que fabrica hidrógeno (sin postureo)

El segundo proyecto lo lidera Alberto González Fairén, del Centro de Astrobiología (CAB-CSIC-INTA), y aquí ya entramos en territorio “el bosque respirando niebla” pero con microscopio. Quieren demostrar que una bacteria del subsuelo profundo, Citrobacter sp. T1.2D‑1, puede funcionar como una fábrica viva de hidrógeno limpio.

Lo más loco: produce hidrógeno en ausencia total de oxígeno y puede alimentarse de residuos como el glicerol que sobra en la industria del biodiésel. En plan: “dame tus sobras, humano, que yo te saco energía”. Si las tazas desportilladas hablaran, aplaudirían.

El objetivo es probar que este método puede ser eficiente, estable, barato y escalable para usos industriales… e incluso, a largo plazo, para misiones tripuladas a Marte, integrándolo en sistemas de soporte vital. Sí, habéis leído bien: una bacteria de las profundidades podría acabar currando en el planeta rojo. Nosotros, por si acaso, ya estamos saludando a las piedras lisitas del río como si fueran futuras compañeras de nave.

La historia viene de años estudiando Marte y sus “primos” terrestres. En perforaciones en el subsuelo de la Faja Pirítica Ibérica, en el entorno del río Tinto (un lugar famoso por parecerse un poco a Marte), encontraron esta bacteria a 64 metros y vieron que producía mucho hidrógeno por fermentación. Y de ahí, a dar el salto de ciencia básica a aplicación tecnológica.

En resumen: el CSIC se ha marcado dos movimientos de ajedrez científico: uno para afinar un tratamiento oncológico muy complejo, y otro para sacar energía limpia de una criatura diminuta que vive donde ni llegan los mosquitos. Y eso, sinceramente, nos parece un pasote.