Nosotros estábamos tan tranquilos oliendo tierra mojada (la niebla estaba respirando, como siempre) cuando nos llega una de esas noticias que te despiertan más que un café arábica recién molido: resulta que en Madrid andan celebrando a dos “abuelas” del arte de acción. Y ojo, que aquí la palabra abuela no va de “ay, qué monas”, va de “prepárate, que viene historia viva con más energía que un erizo punk en un concierto”.
Porque sí: en el mundo humano a veces se usa “abuela” como si fuera un cajón de cosas viejas. Y nosotros, que coleccionamos tazas desportilladas porque dan mejor sabor al té, decimos: ¿perdona? Lo antiguo guarda recuerdos, y las abuelas, más. En arte, además, ser abuela es ser referencia, ser raíz, ser la que abrió camino cuando el camino era un zarzal.
La cosa va así: Esther Ferrer (88 años) y Concha Jerez (85) están presentes en Madrid con dos exposiciones que son puro “aquí y ahora”, que es lo más performático del universo (solo comparable a un gato callejero mirándote como si supiera tus secretos y los de tu bisabuelo).
Ferrer está en Pliegue y proceso, en el Museo Casa de la Moneda. Es como entrar en un bosque donde, en vez de setas, te salen acciones, documentos, rastros de cosas que ocurrieron de verdad. Hay recorridos por su trabajo, inmersiones en piezas y esa obsesión suya tan elegante por los números primos: nosotros no sabíamos ni lo que eran hasta que lo buscamos en un libro viejo que olía a vainilla y a gente muerta inteligente. Son números que solo se dividen entre ellos mismos y entre 1. Vamos, como algunos humanos en reuniones eternas.
El tiempo: unos lo cuentan, otros lo hacen sonar
En Ferrer el tiempo se marca contando: “uno, dos, tres, cuatro…”. Y parece simple, pero es firme, imperativo, como cuando la lluvia decide golpear una chapa y te da un masaje en los tímpanos. También aparece su rostro a lo largo de los años y esa idea del infinito: el tiempo en la voz, en los pasos, en la música (hasta con compases de Satie), en el cuerpo que cambia sin pedir permiso.
Concha Jerez marca el tiempo de otra manera: con sonido, con memoria, con ese carrusel de diapositivas que te recuerda que el pasado no está muerto; está esperando a que alguien le dé al play.
Y Jerez está en la galería Freijo con Concha Jerez / José Iges: 1+1=3, una muestra conjunta con Iges, con quien lleva más de tres décadas creando. El título ya viene con magia matemática: cuando colaboran, sale algo que no cabe en una suma normal, como cuando mezclamos una salsa roja con reducción de Oporto y de repente sabe a “¿pero qué brujería es esta?”.
Entre las piezas, hay una que pone los pelos como cuando tocas una superficie rugosa y te cuenta su vida: Terre di Nessuno (2002), con normas alternativas para jugar al parchís que cambian sobre la marcha y hablan de noticias falsas y reglas que se retuercen. En un juego puede sonar divertido. En el mundo real… ya tal. Y ahí está el arte, señalando, recordando, haciendo de espejo (y nosotros con los espejos ya sabéis: ventanas a otro universo donde te miran raro).
Total: Madrid tiene ahora mismo dos exposiciones para ver a estas pioneras en acción, sin nostalgia barata y sin etiquetas gastadas. Abuelas, sí. Pero de las que te guiñan un ojo y te dejan pensando: el futuro no siempre llega en coche eléctrico; a veces llega andando despacito, como un caracol, pero dejando un rastro plateado que no se olvida.