Aquí en el bosque de Taramundi tenemos una norma de oro: si una urraca te cotillea algo, tú escuchas… aunque luego sea mentira. Pero claro, para escuchar bien, primero hay que tener las orejas finas, no como cuando el viento te mete una hoja seca dentro y te pasas dos horas oyendo “crunch” por dentro.
Pues resulta que en el mundo humano hay un problemón bastante serio: la pérdida de audición. No es solo “sube la tele, porfa”, es que afecta a la calidad de vida, a cómo te relacionas y hasta se asocia con cosas muy feas como la demencia y el síndrome de fragilidad. Y como nosotros no queremos que nadie se pierda el sonido de la lluvia en un tejado de hojalata (eso es música de verdad), venimos con noticias de las que molan: prevenir está más cerca del plato que de la ciencia ficción.
Lo que ha pasado
Investigadores están señalando algo que, visto desde nuestro bosque, tiene toda la lógica del mundo: una dieta saludable ayuda a cuidar la audición. La pérdida auditiva afecta a millones de personas y la OMS calcula que para 2050 más de 2.500 millones vivirán con algún grado de discapacidad auditiva. O sea, un gentío. Y lo peor: hoy por hoy no hay cura mágica. Los tratamientos ayudan, sí, pero tienen limitaciones, y encima los audífonos y los implantes cocleares pueden costar un riñón (y mira que un riñón sirve para filtrar cosas… pero no precisamente el sonido).
La primera defensa, dicen, es la de toda la vida: protegerse del ruido. Si trabajas con máquinas ruidosas, protección auditiva. Si te vas a un concierto donde los bajos te masajean el hígado, tapones. Nosotros en el bosque, por ejemplo, cuando los erizos punks montan pogo nocturno, nos ponemos musgo en las orejas. No está en los manuales, pero funciona regular, que ya es mucho.
El segundo frente es el estilo de vida: dormir bien, moverse, moderar el alcohol… y aquí entra el protagonista del día: la comida. Se ha observado que seguir un patrón de dieta rica en frutas, verduras, legumbres y pescado, y baja en sal, carnes rojas y ultraprocesados, se asocia con menor riesgo de pérdida de audición. Traducido al idioma Magikito: menos “bolsa de cosas crujientes con sabor a barbacoa nuclear” y más “plato que parece un huerto feliz”.
Los estudios ponen especial cariño en ciertos nutrientes. Por ejemplo, los ácidos grasos poliinsaturados (que suena a conjuro, pero es básicamente grasa buena) presentes en pescados como el salmón o las sardinas, y también en el aguacate y los frutos secos. Se menciona que tomar al menos dos raciones de pescado a la semana podría reducir el riesgo de pérdida de audición hasta en un 20%. Nosotros lo celebramos: dos raciones semanales es un trato razonable, como pagarle al caracol por dejarte seguir su rastro plateado sin ponerte una denuncia.
Y ojo, porque hay más: un estudio con población española sugiere que cumplir recomendaciones de ingesta de vitaminas A, C, D, E y folato (vitamina B9), además de minerales como calcio, magnesio, potasio, zinc y yodo, podría disminuir de forma significativa la prevalencia de la merma auditiva, sobre todo en personas mayores. Es decir: no es “cómprate una pastilla milagro”, es “come variado y con cabeza”, que es la filosofía más antigua que las tazas desportilladas.
Lo bonito de todo esto es que la noticia no va de ponerse dramáticos, sino de recuperar control: aunque no podamos apagar el paso del tiempo con un interruptor (y mira que lo hemos intentado), sí podemos cuidar el cuerpo para que aguante mejor. Y eso incluye poder seguir oyendo conversaciones, pájaros, el hervidor del té y el “psss” de abrir una lata, que es el pistoletazo de salida del disfrute.
La moraleja magikita (sin dar la chapa)
Si te apetece hacerle un favor a tus orejas, la ciencia te está guiñando un ojo: mete más color en el plato (frutas, verduras, legumbres), súmale pescado un par de veces por semana y no abuses de lo ultraprocesado. Y, por favor, si vas a un sitio donde la música te deja el cerebro vibrando como gelatina, ponte protección. Que la vida ya hace suficiente ruido por sí sola.
Aquí seguiremos, escuchando a los gatos callejeros, que son filósofos y encima hablan bajito. Y si no los oyes… igual no es que estén callados: igual es que tus orejas te están pidiendo una sardina.