Nosotros hoy venimos con una noticia que huele a tierra mojada… pero por dentro. Porque resulta que en la tripa vive un vecindario entero de bichitos microscópicos (la microbiota), y según lo que te zampas, esos vecinos montan una fiesta tranquila o un botellón de los que dejan el intestino como una carretera comarcal después de una romería.

En el Vall d’Hebron Instituto de Investigación (VHIR) se han puesto en modo detectives de gato callejero —de los que te miran como diciendo “yo sé cosas”— para entender cómo la dieta influye en dos enfermedades que suenan a nombre de banda de rock progresivo: enfermedad de Crohn y colitis ulcerosa. Y ojo, que han sacado conclusiones muy interesantes publicadas en Gut y Biomarker Research.

Lo que han descubierto (sin necesidad de invocar a una urraca cotilla)

El equipo, liderado por la doctora Chaysavanh Manichanh, estudió a unas 200 personas y vio algo que, dicho con cariño, no sorprende a nadie del bosque: en muchos pacientes con Enfermedad Inflamatoria Intestinal (EII) la dieta suele ser de menor calidad, y eso puede empeorar la situación. Vamos, que el cuerpo es como un huerto: si lo riegas con cosas reguleras, luego no le pidas tomates felices.

Lo más curioso es que, aunque Crohn y colitis ulcerosa comparten síntomas (inflamación e hinchazón en el tracto digestivo), la conexión entre lo que comemos y la inflamación no va por el mismo sendero. En plan: dos rutas del bosque, mismo destino, pero una te lleva por un puente de madera y la otra por barro hasta las rodillas.

En Crohn, la cosa parece ir más de bacterias y rutas metabólicas muy concretas. El estudio destaca que consumir café y pan integral se asocia a la presencia de ciertos metabolitos (que son como los “restos útiles” que se producen al procesar alimentos) que ayudarían a reducir activamente la hinchazón intestinal. Nosotros, que amamos el aroma del arábica recién molido, hemos levantado la ceja con respeto: esto no es una recomendación universal, pero sí una pista científica con mucho fundamento.

En colitis ulcerosa, en cambio, no parece que el problema sea “un villano bacteriano” suelto, sino un desequilibrio general: lo importante es mantener la diversidad bacteriana. Aquí entra la dieta mediterránea rica en fibra como si fuera el musgo blandito bajo los pies: sostiene el ecosistema. Y cuando esa diversidad se pierde, aumentan las opciones de brotes.

20 bacterias chivatas para detectar Crohn sin invadir

Y ahora viene el giro que nos mola un huevo: en paralelo han identificado un panel de 20 especies de bacterias típicas de pacientes con Crohn. Esto podría servir como biomarcador, es decir, una señal medible que ayuda a diagnosticar. Según explican, en Crohn suele haber más bacterias potencialmente patógenas (por ejemplo, Escherichia coli) y menos bacterias beneficiosas.

¿La gracia importante? Que analizar ese panel podría convertirse en una herramienta de diagnóstico no invasiva y más económica, especialmente útil cuando una endoscopia no deja las cosas claras. Y nosotros, que detestamos las reuniones que podrían haber sido un WhatsApp, imaginad lo que pensamos de algunas pruebas cuando pueden sustituirse por algo más sencillo (siempre que lo valide el médico, claro).

La idea de fondo es seria y esperanzadora: en el futuro, las recomendaciones de alimentación podrían ser más personalizadas, adaptadas a cómo está la microbiota de cada paciente. Porque no hay dos bosques iguales, y al parecer, tampoco dos tripas con el mismo “flow” bacteriano.

Nota magikita y responsable: si tú o alguien cercano convive con Crohn o colitis ulcerosa, estas investigaciones son un avance, pero cualquier cambio de dieta o tratamiento se debe hablar con un profesional sanitario. Que la alegría vuelva siempre, sí, pero con criterio.