Hay cosas que en la vida se detectan fácil: una urraca cotilla cuando te está juzgando por tus botas nuevas, o el olor a tierra mojada cuando el bosque decide respirar fuerte. Pero el pulmón… el pulmón es de los que hacen teatro en silencio. Y por eso la EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) va por ahí disfrazada de “bah, es un catarrito” como si nada.

Los números son de los que te hacen atragantarte con el café arábica: la EPOC es la cuarta causa de muerte en el mundo y en España la padece alrededor de un 12% de los adultos entre 40 y 80 años. Y aun así, tiene menos fama que una tostada sin tomate. Los especialistas lo dicen claro: hay muchísima gente con EPOC que no lo sabe.

El problema: síntomas “normales” que no son tan normales

La EPOC, a grandes rasgos, es una enfermedad que dificulta la respiración porque las vías aéreas se inflaman y se cierran, y además hay daño crónico e irreversible en el tejido pulmonar. Irreversible significa: lo que se estropea, no vuelve como si fuera un calcetín desaparecido que reaparece milagrosamente (ese, por cierto, se ha ido a convertirse en tapa de tupper, lo sabemos).

¿El principal culpable? El tabaco, de forma mayoritaria. También influyen, en menor medida, la exposición a contaminantes y cierta predisposición genética. El perfil clásico era hombre fumador mayor, pero cada vez se ve más en mujeres, en parte por la incorporación masiva al tabaquismo desde los años 70.

¿Y cómo se nota? Pues con un pack muy traicionero por lo común: tos persistente, expectoración y ahogo al esfuerzo. El drama es que esto se parece a mil cosas (catarro, asma, estar hecho un flan…). Resultado: infradiagnóstico. Se estima que hasta el 75% de quienes la tienen no lo saben. Y claro, el cerebro se autoengaña: “me ahogo porque estoy fuera de forma”, “toso porque fumo”. No, colega: eso es normalizar lo que no toca.

La única prueba que la pilla a tiempo: la espirometría

Aquí no hay bola de cristal ni nube con flow que lo adivine: la espirometría es, hoy por hoy, la única prueba diagnóstica para detectar EPOC. Es básicamente medir cómo sale el aire del pulmón para ver si hay obstrucción y en qué punto está la cosa. Es rápida, sencilla y no invasiva: tú soplas y el aparato hace de traductor del pulmón.

La recomendación es bastante directa: toda persona fumadora mayor de 35 años, tenga síntomas o no, debería consultarlo y hacerse una espirometría. Los expertos también defienden que esta prueba debería estar más presente en atención primaria y usarse de forma rutinaria, aunque ahora la disponibilidad no es igual en todas partes.

¿Y si ya hay EPOC? Sin dramatismos, pero con verdad: dejar de fumar mejora síntomas y frena la progresión, aunque no recupera lo perdido. Además, hay tratamientos como broncodilatadores (abren los bronquios), rehabilitación pulmonar y, en casos, oxígeno domiciliario. Y siempre: vacunas, ejercicio y buena alimentación.

Moraleja magikita: tiempo es pulmón. Si llevas meses tosiendo o te falta el aire, no lo tapes con excusas. Que el bosque es para ir en calma, sí… pero tu respiración no debería ir pidiendo tregua como un semáforo conspirando en rojo.