En el bosque de Taramundi, cuando la niebla se pone dramática (porque sí, la niebla tiene su propio flow), nosotros lo notamos: es día de historia grande. Y hoy nos ha llegado una de esas noticias que huelen a tierra mojada y a telón recién abierto.
Resulta que hay un señorito del arte que se llamaba Antonio Ruiz Soler, pero que por lo visto podía ir por la vida como los gatos callejeros del barrio: sin apellidos, sin explicaciones y con una elegancia que te deja con la boca abierta. “Antonio”, y ya. Como si el nombre llevara incorporado el taconeo.
La cosa va de un documental que se titula Antonio, el bailarín de España, dirigido por Paco Ortiz. Y no es el típico “vamos a poner cuatro fotos y una música triste”: aquí el protagonista habla con su propia voz, gracias a unas entrevistas que concedió después de retirarse.
Esas charlas se las hizo su amigo y periodista Santi Arriazu, que debió tener una paciencia de caracol y una oreja fina, de las que oyen hasta el silencio antes del amanecer. Gracias a ese material, el documental arma el relato con Antonio contando su vida, que ya es un puntazo porque nadie se entiende mejor a sí mismo que quien ha bailado medio mundo.
Un genio con pinta de “esto no lo hace cualquiera”
El director, Paco Ortiz, dice que con la película busca reconocer a Antonio como un genio, presentarlo a quienes no saben quién fue y, ojo, conseguir que quienes sí lo conocieron lo redescubran. Esto último nos parece importantísimo: redescubrir a alguien es como encontrar una taza desportillada en un basurero y darte cuenta de que el té ahí sabe más auténtico. Pues igual, pero con arte.
Ortiz también suelta una frase que nos encanta: que Antonio fue “el embajador más importante que tuvimos en el siglo pasado” y que su vida “parece escrita por un guionista”. Vamos, que si su biografía fuese una película, el productor diría: “esto es demasiado, nadie se lo cree”… y va y era verdad.
Y para rematar, en el documental participan voces expertas del mundo de la danza. Por ejemplo, la bailarina y coreógrafa Carmen Roche, que lo define como “un innovador”. Según Ortiz, ese adjetivo le queda como anillo al dedo: innovador, de los que no repiten la receta aburrida, de los que te hacen una salsa imposible y, aun así, te la comes con aplausos.
El documental ya ha pasado por el Festival de Cine Europeo de Sevilla y ha ganado el Premio del Público en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva. Y ahora, pronto, llegará a las salas de cine. Nosotros ya estamos practicando el aplauso, que es como explotar papel de burbujas pero con educación: placentero y necesario.