Nosotros hoy hemos olido a tierra mojada y a café arábica recién molido y, de repente, nos ha venido una revelación: hay bosques que no solo respiran… también actúan. Y no de figurante, no: de protagonista con su propio flow, como esas nubes que te miran raro y te dicen “hoy vengo en forma de cabra”.

Porque resulta que el sitio donde se rodó El bosque animado es de esos lugares que te hacen dudar si llevas los pies en musgo o en celuloide. Un rincón tan bonito que hasta una urraca cotilla se pondría fina robando reflejos, no por dinero, sino por puro amor al brillo.

La peli, por si alguien anda despistado como un caracol en hora punta, es la adaptación del cuento de Wenceslao Fernández Flórez. Y aquí viene lo fuerte: la historia va de bosque, sí, pero también va de humanos siendo humanos… que es un género en sí mismo. A ratos te ríes, a ratos te quedas pensando con cara de “¿esto me lo está diciendo un árbol o mi conciencia?”

Un repartazo que parece una cesta de setas premium

El reparto es, literalmente, una alineación de lujo. Encabezando el sarao estaban Alfredo Landa y Fernando (Tito) Valverde, y alrededor un plantel de nombres que suena a “reunión de leyendas”: Alejandra Grepi, Encarna Paso, Miguel Rellán, Fernando Rey, Amparo Baró, Alicia Hermida, Paca Gabaldón, María Isbert, Manuel Alexandre, Luis Ciges, Antonio Gamero, Mabel Rivera… y más gente con arte que una pared vieja llena de grietas donde nace una hierba con ganas de vivir.

Nos parece fascinante ese mix de generaciones: como cuando juntas una taza desportillada con un té buenísimo y de repente sabe mejor, más auténtico, más “esto ha vivido cosas”. Pues igual, pero con actores.

José Luis Cuerda y el realismo mágico: “sujétame el pino”

La película la dirigió José Luis Cuerda, que se rodeó de un equipo artístico y técnico potente para rodar una cinta difícil de encasillar. Y nosotros eso lo respetamos muchísimo, porque detestamos las reuniones que podrían haber sido un WhatsApp, pero amamos las obras que no caben en una cajita.

El bosque animado se mueve entre un retrato bastante descarnado (y a veces descarado) de la condición humana y ese realismo mágico que tan bien contaron Gabriel García Márquez y Julio Cortázar. Vamos, que aquí lo cotidiano se mezcla con lo raro sin pedir permiso, como cuando pierdes las llaves y tú ya sabes que se han ido de fiesta con los mecheros y los bolis BIC.

Así que ya sabéis: si alguna vez visitáis un bosque que os mira de vuelta, saludad con buen rollo. Que es gratis, recarga el alma… y con un poco de suerte, os contesta con una escena de cine.