El Magikito de las auroras
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Había una vez un pequeño Magikito no más grande que una piña, que vivía en lo alto de una montaña nevada, donde las estrellas parecían estar al alcance de la mano. Su misión era muy especial: llevaba colgado al hombro un zurrón de seda suave y cada noche descendía silenciosamente a los pueblos del Ártico mientras los humanos dormían. Con una varita hecha de cristal de hielo, tocaba suavemente las frentes de quienes tenían el corazón pesado, absorbiendo el mal rollo, las preocupaciones, las prisas y la tristeza, y las transformaba en un polvo dorado que guardaba en su saco, dejando en su lugar una calidez serena y reconfortante.
Sin embargo, el Magikito tenía un deseo propio en su pequeño corazón. Desde que era muy joven, escuchaba historias sobre las auroras boreales, ese baile mágico de luces verdes, violetas y azules que acariciaba el cielo nocturno en el lejano norte. Soñaba con verlas algún día con sus propios ojos, sentir su luz serena y compartir su propia magia con ellas. Cada noche, al terminar su labor, miraba al horizonte con ilusión, imaginando el momento en que los colores inundaran el firmamento.
Una noche de invierno, cuando el frío era dulce y el aire olía a pino y nieve fresca, el Magikito sintió que su zurrón brillaba con una intensidad distinta. Había recogido tanto peso transformado en luz que el saco parecía querer volar. Comprendió que era el momento. Con pasos ligeros que no dejaban huella en la nieve, caminó hacia la cima más alta del monte del norte.
La caminata era tranquila. El único sonido era el suave murmullo del viento entre los árboles y el latido pausado de su propio corazón, lleno de expectativa. Al llegar a la cima, el cielo estaba despejado, como un manto de terciopelo oscuro salpicado de diamantes.
El Magikito se sentó sobre una roca suave, respiró hondo, sintiendo el aire limpio llenar sus pulmones, y desató el cordón de su zurrón. Con un gesto delicado, lanzó el polvo dorado de la buena energía hacia las alturas.
En ese preciso instante, el cielo respondió. Primero apareció un fino velo de luz verde que comenzó a ondular suavemente como una cinta movida por una brisa invisible. Luego, destellos de color violeta y rosa se entrelazaron con el verde, pintando la noche con un movimiento pausado, hipnótico y profundo. Era la aurora boreal.
El Magikito abrió mucho los ojitos brillantes. La emoción recorrió todo su ser. Su sueño se había cumplido. Las luces no solo decoraban la noche, sino que descendían en ondas tibias que envolvían al Magikito en un abrazo de pura felicidad. Sintió una paz tan grande y una alegría tan pura que cerró los ojos, dejando que la magia de los colores calmara cada rincón de su cuerpo. Supo entonces que todo el bienestar que él regalaba a los demás regresaba a él multiplicado en forma de luz.
Sintiéndose profundamente feliz y satisfecho, el Magikito se acurrucó en su pequeño nido de musgo bajo las estrellas, escuchando el susurro distante de las luces que danzaban en el cielo. Cerró los ojos despacio, dejando que una manta de tranquilidad absoluta lo llevara hacia un dulce sueño, profundo y reparador.