El día 19
El día 19, aquella residencia de ancianos era un auténtico muermo. Los jueves, gelatina; los viernes, el fisio con su pelotita azul. Todos los días a las 9, las pastillas; todos los días a las 6, el concurso de la tele con el volumen a 42, que era el número que había puesto Carmen en 2019 y que se había prohibido tocar desde entonces. Una vez al mes, un bingo donde no se gana nada. Y en medio de todo aquello, Javiercito.
Javiercito tenía 87 años y una idea nueva cada diez segundos. Propuso un club de lectura; se apuntó él. Propuso subir a la azotea a ver el amanecer, que decía que desde allí se veía el río. —Hace frío —dijo Tomasa. —Pero si es julio, hace frío igual. Propuso una excursión a la playa. —¿En qué autobús? —preguntó Remedios. —Esos son detalles menores. —Ya, detalles menores. Y ahí se acabó la excursión a la playa.
Entonces empezó a escaparse por las noches. Nada del otro mundo. Abría la puerta del jardín con una tarjeta que había robado hacía tiempo y se daba una vuelta entre los setos a oscuras, con la bata más oscura que tenía. La primera noche fue emocionante; la segunda, también. La cuarta ya se quedó sentado en un banco mirándose los dedos de los pies. Pasear solo por un jardín de noche tiene un límite; Javiercito lo encontró en cuatro días. Lo hacía todo solo. Todos los que había allí dentro habían firmado un pacto con la muerte; nadie quería vivir. «Quizás ya va siendo mi hora», se dijo un día. Ese día volvió a su habitación y no salió más.
Baltazar era un Magikito que no toleraba que alguien dejara de soñar. Fue a visitar el almacén. El almacén de una residencia es como una cueva de los misterios. Hay una silla de ruedas sin rueda, un árbol de Navidad de 1994, doscientos tacos de fotografías viejas y cosas que ya nadie sabe ni de dónde salieron ni de quién son. Y al fondo, debajo de una lona, había un kit de barbacoa: polvoriento, con una pata torcida y una bolsa de carbón a medias, de alguna fiesta de cuando aún se hacían fiestas. Baltazar tardó dos noches en arrastrarlo hasta la habitación de Javiercito y dejárselo apoyado en la pared, al lado del armario. Y después vino lo bueno. Le robó la cajita de bolígrafos al director, se subió a la mesa y se puso a escribir una nota para cada habitación. Cuarenta y una notas, con letra temblorosa, que es la única que le sale a un Magikito con un boli de tamaño humano. Todas decían lo mismo: «Día 19, dos de la madrugada. Detrás del último árbol del jardín habrá un tesoro. No se lo digas a nadie o no será de nadie. Secreto absoluto». Las metió por debajo de las puertas de madrugada, una por una.
El día 18, la residencia entera estaba rarísima. Nadie decía nada, pero se miraban. —Oye, Paco, ¿qué? ¿Tú mañana por la noche haces algo? —¿Yo? Yo siempre duermo. ¿Por? —Por nada, ya. Y los dos siguieron viendo el concurso con la mano metida en el bolsillo de la bata, apretando un papelito. Tomasa se pasó la tarde planchando una blusa. Paco preguntó tres veces qué día era. Remedios se puso los mejores zapatos que tenía para andar cómoda, que llevaba años sin usar.
Y el día 19, a las dos menos cuarto de la madrugada, empezó el desfile más silencioso de la historia de aquel edificio. Tomasa salió primera, con el andador al que le había puesto unos calcetines de lana en las patas para que no hiciera ruido en el suelo encerado. Paco no se fiaba de las escaleras, así que bajó en el montacargas de la ropa sucia, sentado encima de las sábanas. Remedios llegó con sus zapatos cómodos. Y Severino llegó el último porque se había parado a peinarse. Cuarenta y un ancianos cruzando un jardín a oscuras, en fila, sin decir ni una palabra, con las zapatillas en la mano para no mancharlas de barro. Nadie veía a nadie.
Detrás del último árbol, Javiercito estaba de rodillas soplándole a un carbón que no quería prender. Se había traído el kit aquel que había aparecido en su habitación: dos chuletas que le había cambiado al de la cocina por un paquete de tabaco y un encendedor. Iba a cenar solo, otra vez. Levantó la cabeza cuando oyó el primer andador, y luego el segundo, y luego vio salir de la oscuridad a cuarenta y un viejos en bata, mirándole con cara de no tener ni idea de lo que estaba pasando. —¡Oh! ¡Así que este era el tesoro! —exclamó Paco. —¿Qué tesoro? —preguntó Javiercito. Y cuarenta y una personas sacaron a la vez el mismo papelito del bolsillo. Javiercito no dijo nada durante un rato largo. Luego se levantó, se sacudió las rodillas y dijo lo único que había que decir: —Pues tesoro no sé, pero vamos a necesitar más chuletas.
Los viejos se partieron de risa. Ceferino se sacó del bolsillo de la bata una petaca que llevaba escondida desde 1998, en el forro de una maleta. Tomasa se fue a la cocina con Paco y volvieron con una bandeja de morcilla, pan y un queso entero que nadie ha echado nunca de menos. Remedios trajo un par de botellas de vino. El carbón acabó prendiendo a las dos y veinte; a las tres y cuarto bailaban.
El vigilante de noche, que se llamaba Kevin y tenía 23 años, salió con la linterna a ver qué era aquel humo. —¡Señores, que son las tres de la mañana! —¿Y qué? —dijo Remedios—. ¿Tú has cenado? Kevin no había cenado. Volvió a su despacho a las cinco y media con una servilleta de papel llena de morcilla para el desayuno y no puso nada en el parte.
Desde entonces hay barbacoa todos los días 19, con lista, porque a partir de la tercera empezó a venir gente del pueblo, y luego capeneros. Y el bombo del bingo ya no se usa para el bingo, se usa para sortear a quién le toca traer la carne. Baltazar está contentísimo. Aquellos muertos en vida habían resucitado.