París está que arde, nos volvemos pal bosque

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Salimos del bosque a por pan y queso. Jacinto llevaba el cesto. El hambre la llevábamos todos, aunque Fermín había desayunado dos veces y aseguraba que aquello ya no contaba. Habían pasado cuarenta minutos.

Fermín había dicho que conocía una cocina estupenda en París. «Entramos, cogemos cuatro sobras y volvemos». Cuando un Magikito dice «volvemos enseguida», poned las lentejas en remojo. Las del año que viene.

Lo que no sabíamos era que íbamos a acabar escondidos detrás de una maceta, llamando a medio mundo por el setamóvil y discutiendo si una baguette se podía considerar equipaje de mano. Jacinto decía que sí. La baguette llevaba un rato demostrando que no.

Un queso que nos arreglaba el mes

Entramos por la ventana de una cocina mientras una señora regaba las plantas del balcón. En una tabla quedaban media barra y un trozo de brie envuelto a medias. A un humano le habría parecido poca cosa. Nosotros vimos una cena, el desayuno del día siguiente y unas posibilidades de bocadillo que nos pusieron tontísimos.

El queso olía de maravilla. Fermín se acercó tanto que lo tuvimos que agarrar por el chaleco.

«Estoy comprobando si está bueno».

«Lo estás comprobando con los dientes, sinvergüenza».

«Tengo un método muy directo».

Le hicimos envolverlo en un pañuelo antes de que la comprobación nos dejara sin cena. Luego atamos la media barra con un cordel. Éramos tres, medíamos poco más que una taza y nos habíamos puesto a transportar un pan francés que tenía más envergadura que nuestro salón.

La señora volvió a entrar. Nos agachamos detrás del azucarero. Se quedó mirando la tabla, después miró al gato y soltó un «otra vez». El gato nos vio salir por la ventana y cerró los ojos despacio. Nos apuntó la deuda. Después de nuestras aventuras nocturnas con los gatos, sabemos distinguir una mirada de sueño de una factura pendiente.

La calle se había puesto del revés

Al doblar la esquina nos llegó una oleada de voces. Había gente manifestándose, gente mirando y gente intentando volver a casa. Más allá vimos un escaparate roto y un contenedor ardiendo. Una bicicleta yacía de lado junto al bordillo. A nosotros se nos quitaron de golpe las ganas de hacer turismo.

Jacinto miró el humo, miró el queso y se ajustó el gorro.

«Por aquí no».

Por una vez, los tres estuvimos de acuerdo a la primera. Lo dejamos apuntado para contarlo en el bosque, porque tampoco iba a repetirse todos los días.

Nos metimos en un portal abierto. O lo intentamos. Fermín pasó, Jacinto pasó y la barra se quedó atravesada entre la puerta y una maceta. Tiramos desde un lado. Empujamos desde el otro. El pan, que hasta entonces había sido un alimento, se convirtió en un problema de geometría.

«¡Levanta tu punta!».

«¡La mía está levantada!».

«¡Pues la otra, coño! ¡Que estamos metiendo una baguette, no aparcando un autobús!».

La sacamos de allí girándola y nos agazapamos detrás del tiesto. Fermín propuso acortarla a mordiscos. Le dijimos que no. Llevaba toda la tarde encontrando soluciones que pasaban por comerse el problema.

Que alguien coja el puñetero setamóvil

Sacamos el setamóvil, nuestro teléfono con forma de seta. Funciona de maravilla salvo cuando llueve, cuando hace mucho sol o cuando Jacinto lo guarda junto a las avellanas. Aquel día había una debajo del botón de llamar. Antes de hablar con nadie ya habíamos discutido con un fruto seco.

Llamamos a los compañeros de Milán. Contestaron a la tercera.

«¿Por ahí se puede pasar tranquilo?».

«Depende de por dónde. Nosotros hemos dado media vuelta. Hay calles con un jaleo tremendo».

«¿Y el parmesano?».

«Con nosotros».

Respiramos. En una llamada entre Magikitos se pregunta primero por los compañeros. El queso cuenta como un compañero si lo has llevado en brazos durante suficiente rato.

Se sumaron los de Turín. Después los de Bolonia. Cada uno contaba lo que había visto y los demás interrumpíamos con sugerencias que no servían de mucho desde otra ciudad. En cinco minutos habíamos conseguido que el setamóvil hiciera más ruido que el portal.

Desde Washington entró otro compañero. Se oían música y voces al fondo. También se había encontrado con una concentración, aunque por allí estaban bailando. Le preguntamos si había encontrado comida. Nos enseñó medio pretzel y se cortó la imagen justo cuando iba a darle un bocado. Aquello sí que fue dejarnos con la intriga.

«Está todo el mundo en la calle», soltó Jacinto.

«Todo el mundo no. Mi cuñado está durmiendo», contestaron desde el bosque.

Menos mal. Nos vino estupendamente saber que alguna institución seguía en pie. O tumbada, en su caso.

Fermín pidió que habláramos de uno en uno. Lo pidió gritando. Los demás le gritamos que bajara la voz. La comunicación internacional iba de puta madre.

¿Qué nos llevó a volver al bosque?

Nos volvimos porque queríamos llegar juntos, dejar de dar rodeos y sentarnos a cenar en paz. El bosque era nuestra casa. Allí podíamos escuchar a los compañeros sin que una sirena nos partiera la conversación y decidir al día siguiente qué hacer con la cabeza más despejada.

Además, llevábamos una hora abrazados al mismo trozo de queso. Cuando te sabes de memoria todos los agujeros de un pañuelo, ha llegado el momento de volver.

Detrás de las voces también había vidas

Mientras esperábamos, una chica se sentó un momento al otro lado de la maceta. Hablaba por teléfono. Decía que el alquiler le comía casi todo el sueldo y que estaba harta de trabajar sin llegar a fin de mes. Se quedó callada para escuchar a quien tuviera al otro lado.

Nosotros también nos callamos.

Desde debajo del tiesto apenas le veíamos las zapatillas. Tenía una suela despegada. Hasta ese momento habíamos oído un montón de voces juntas. Ahora estábamos escuchando a alguien.

Que te falte para vivir te tiene que apretar por dentro de una manera muy fea. Nosotros podemos volver a una casa entre raíces. Hay gente que vuelve a casa y se encuentra el agobio esperándola en el buzón.

Fermín dijo que habría que repartir mejor las cosas. Asentimos. Luego le vimos una miga pegada al labio.

«¿Has vuelto a probar el queso?».

«Un poquito».

«Pues empieza por dejar algo para los demás, que te vemos muy fuerte con la teoría».

Se limpió la boca. A nosotros la filosofía nos gusta muchísimo, pero agradecemos que llegue algo de ella hasta el plato.

Tres Magikitos preparan una baguette y un trozo de queso en una cocina de París mientras un gato los observa
Todo empezó con un recado sencillo. Fermín ya estaba comprobando la calidad.

La retirada de la baguette

Esperamos a que se despejara la salida y nos fuimos por las calles más tranquilas. Pasamos junto a un hombre que barría los cristales de su negocio. La escoba sonaba contra el suelo y él recogía lo que podía, poco a poco. Jacinto se quitó el gorro al pasar. Nadie encontró nada gracioso que decir ahí.

Un rato después nos tocó elegir entre dos caminos. Uno era más corto. El otro nos alejaba del ruido. Fermín preguntó cuánto más largo era el segundo. Le dijimos que lo suficiente para que le diera hambre otra vez.

«Entonces hay que racionar».

Le quitamos el queso.

Los Magikitos se refugian detrás de una maceta y hablan por el setamóvil con el pan y el queso a salvo
El queso estaba a salvo. La coordinación del equipo, bastante menos.

Al dejar atrás las últimas casas, los brazos nos pesaban y la barra seguía enganchándose donde no debía. La llevábamos a turnos. El que descansaba cargaba con el cesto y el que llevaba el queso iba delante, bien a la vista. La confianza está muy bien. Vigilar a Fermín también.

Nos prometimos pasar una temporada en nuestro bosque. Arreglaríamos la gotera, recogeríamos castañas y visitaríamos a los que llevaban días diciendo que nos pasáramos. Se nos estaba llenando la vida de «luego vamos» y aquel día nos habían entrado unas ganas tremendas de llegar.

Cuando pisamos el sendero de tierra, oímos crujir las hojas bajo las botas. Nos paramos. Se escuchaba un pájaro. También la tripa de Jacinto, que quiso participar en la bienvenida con un solo bastante largo.

Nos dio la risa. De esa que te sale cuando ya puedes aflojar los hombros.

¿Se arregla el mundo compartiendo una cena?

Una cena no paga un alquiler ni arregla una injusticia. A nosotros nos dio un rato para escucharnos y asegurarnos de que todos comíamos. Eso sí estaba en nuestras manos. Después de una tarde sintiéndonos tan pequeños, poder cuidar de alguien nos sentó de maravilla.

Los compañeros habían puesto la mesa bajo el castaño. Uno se acercó a quitarnos el cesto. Otro preguntó si estábamos bien. Nadie nos pidió un informe sobre París. Nos hicieron sitio y dejaron que contáramos la historia a nuestro ritmo.

Qué gusto da que te estén esperando. Hasta puedes llegar hecho un trapo, con un gorro torcido y una opinión muy mala de las macetas, y que alguien se alegre de verte.

A eso nos referimos cuando hablamos de cuidar a los amigos. A levantarte para traer otro plato. A escuchar la misma anécdota aunque el que la cuenta se venga arriba y añada una persecución que no hubo. A decirle «sí, Fermín, fuiste muy valiente» y pasarle el agua.

Los Magikitos se ríen del desigual reparto del queso durante una cena bajo los árboles
Fermín defendía el reparto justo. Justo hasta que le tocó repartir.

La paz duró hasta que sacamos el cuchillo del queso

Dejamos el setamóvil boca abajo. Estábamos todos en casa. El pan crujía al partirlo y el queso había llegado con unas bajas asumibles, casi todas por el mismo lado.

Fermín se ofreció a repartir. Hizo un trozo enorme, dos medianos y varios tan finos que se les veía el futuro a través.

«¿Y ese gordo para quién es?», preguntó Jacinto.

«Para el que ha cargado con él».

Se levantaron cuatro voces a la vez. Una silla chirrió. Alguien pidió un reparto nuevo. Nos miramos y empezamos a reírnos antes de acabar la discusión.

Ya era hora de bajarnos del burro. Repartimos otra vez. Fermín dejó el cuchillo y cogió el trozo más pequeño, aunque lo miró con una pena que nos hizo acercarle un poco más de pan.

De París nos habíamos traído una baguette, medio queso y la firme intención de vivir en paz. Las tres cosas había que aprender a compartirlas.

«Mañana salimos a por mantequilla», dijo uno.

«Mañana te untas el pan con paciencia», contestamos.

Las noticias que nos llegaron al setamóvil

La escapada transcurre en octubre de 2026. Reuters contó los disturbios del 17 y 18 de octubre en Francia. Euronews informó de enfrentamientos en Milán, Turín y Bolonia. En Estados Unidos, Reuters documentó una marcha con música hacia Washington. Cada convocatoria tenía su contexto y las escenas de violencia no representan a todas las personas que se manifestaron.

Un segundo: confírmanos que eres una persona