Gatitos nocturnos: una aventura de madrugada

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

A las doce y cuarenta y siete de la noche descubrimos que el gato no estaba durmiendo. Estaba esperando a que os durmierais vosotros. Hay una diferencia tremenda entre las dos cosas, sobre todo si has dejado un plato de pollo en la cocina.

Nosotros habíamos salido a investigar. Tres Magikitos, un cuaderno y la determinación de no meternos en líos. A la una y diez íbamos galopando encima de un gato, uno había perdido una bota y el cuaderno ponía «HOSTIA» en una página entera. La investigación avanzaba.

Este es uno de nuestros cuentos de la vida secreta del bosque. Lo protagoniza Croqueta, un gato naranja con el pecho blanco y una manera de mirar que convierte al observado en personal de servicio.

Un señor con dos cenas y ninguna explicación

De día, Croqueta daba bastante pena. Se tumbaba junto al cuenco vacío y miraba alternativamente el cuenco, al humano y un punto lejano donde parecía recordar una infancia durísima. Había terminado de comer hacía cuatro minutos.

Cuando alguien abría la nevera, aparecía andando despacio. Ese detalle era buenísimo. Si corría, parecía que quería comida. Andando despacio parecía que pasaba por allí y se había encontrado, por pura casualidad, con una oportunidad de ayudarte.

Nos tenía fascinados. Nosotros, para conseguir una segunda galleta, tenemos que contar una anécdota. Croqueta se sentaba. A veces añadía un maullido minúsculo, una miseria sonora que apenas le cabía en la boca. Y ya estaba el humano diciendo «ay, pobrecito». Pobrecito el pollo.

Pero aquella noche queríamos saber adónde iba después. Llevábamos días viendo regresar al gato con una expresión sospechosamente satisfecha. El del gorro azul apuntó «posible romance». El del morado escribió «posible cena». La experiencia acabaría dándole la razón al segundo.

La vigilancia discreta duró hasta la primera maceta

Nos escondimos detrás de una maceta del patio. Bueno, dos nos escondimos. Al tercero se le veía el gorro entero, pero insistía en que era una flor de temporada. La flor llevaba gafas.

Croqueta salió, se lavó una pata y se quedó sentado. Cinco minutos. Luego miró una pared. Nosotros miramos la pared. La pared no colaboró. El del gorro morado propuso que nos fuéramos a merendar, por si la pared seguía así hasta el jueves.

Entonces apareció Pestaña, una gata blanca y negra que caminaba pegada al muro. Croqueta levantó la cabeza. Ella se detuvo un momento y siguió. No hubo reunión, ni mapa, ni contraseña. Toda la conspiración estaba en nuestras cabezas. Los gatos se limitaron a salir por el mismo hueco.

Los seguimos intentando no liarla parda. Un éxito relativo: arrastramos una hoja seca, pisamos otra y descubrimos que un duende agachado sigue haciendo ruido si lleva una castaña suelta en el bolsillo.

Croqueta se volvió. Nos miró. Nos dejó acercarnos y volvió a mirar hacia el jardín de al lado. Interpretamos aquello como una invitación. También podría haber sido un «qué pesados sois», pero esa traducción nos venía bastante peor.

Montar en gato es aceptar que no llevas el volante

Cuando se arrimó al muro bajo, nos subimos a su lomo. En nuestros cuentos somos lo bastante pequeños para caber entre sus omóplatos sin molestar. El del gorro verde delante, el de las gafas en medio y el del morado detrás, que se había autoproclamado responsable del equipaje porque llevaba un cacahuete.

Al principio fue una maravilla. El pelo calentito, la noche oliendo a tierra y la luna entre las ramas. Nos vinimos arriba. Uno hasta empezó a hablar de la libertad. Fue entonces cuando Croqueta vio algo moverse junto a un tiesto y salió disparado.

La libertad pegó un bote y casi se nos cayó al suelo.

«¡A la izquierda!», gritamos. Croqueta fue a la derecha. «¡Despacio!». Croqueta saltó. «¡Para!». Croqueta paró. Nos pareció que por fin nos entendía, hasta que empezó a lamerse el hombro. Había interrumpido la aventura para hacerse el aseo.

Nosotros os contamos que galopamos en los gatos y suena a caballería mágica. La verdad del cuento es bastante más humilde: vamos donde el gato quiere, a la velocidad que le da la gana y con las opiniones que nos quepan entre dos saltos. Aquella noche aprendimos mucho sobre el control. Sobre todo, que lo tenía Croqueta.

Pestaña ya esperaba junto a la puerta entreabierta de una cocina. Croqueta se detuvo en el alféizar y bajamos. El del gorro morado pidió un minuto para que el estómago llegara al mismo sitio que el resto del cuerpo. El cacahuete había abandonado la expedición.

Tres Magikitos con gorros de colores cabalgan sobre un gato naranja por un muro bajo a la luz de la luna
Nosotros llevábamos el plan. Croqueta llevaba a los que llevaban el plan. Ya podéis imaginar quién decidía.

El robo del pollo y la filosofía de la pata

En la mesa había un plato con unos trozos de pollo. Nos apostamos detrás del azucarero y de un paño. Croqueta subió primero a la silla, luego a la mesa y acercó la nariz al plato. Despacio. Con esa delicadeza que hace que un robo parezca una inspección de calidad.

El del gorro azul susurró que debíamos intervenir. El del morado preguntó si intervenir incluía probar el pollo. No llegamos a resolver el conflicto ético porque Croqueta estiró una pata, enganchó un trocito y se lo llevó a la boca.

Después otro.

Y después se quedó mirando el hueco que había dejado, como si le sorprendiera aquella falta de pollo y quisiera llegar al fondo del asunto.

Ahí entendimos su filosofía. Los humanos preguntáis «¿de quién es?». Croqueta se preguntaba «¿llego?». Toda una discusión sobre la propiedad privada resuelta con una pata. Nos habría parecido una teoría floja si no la hubiéramos visto funcionar tan bien.

Un gato naranja coge un trozo de pollo de un plato mientras tres duendes lo espían y una gata blanca y negra espera junto a la puerta
El sujeto bajo observación retiró una prueba. Luego retiró otra. Nuestra objetividad empezó a oler a pollo.

Una tabla del pasillo crujió. Nosotros nos quedamos tiesos. Pestaña retrocedió hacia el jardín. Croqueta bajó de la mesa, se sentó junto a la silla y se puso a hacerse el sueco con una profesionalidad insultante.

Entró una humana en zapatillas. Miró el plato. Miró al gato. Croqueta alzó la cara con la dignidad de quien también quiere saber qué ha pasado en esta casa.

«¡Otra vez tú!», dijo ella.

Aquello nos interesó muchísimo. La investigación tenía antecedentes.

Nos pillaron por el sombrero

Nos habría encantado salir de allí sin hacer ruido. Pero el del gorro morado, al agacharse, le dio con la punta a una cucharilla que asomaba del azucarero. La cucharilla cayó. Él cayó detrás. Y el del gorro azul, intentando ayudar, gritó «¡discreción!» con todo el pulmón.

Croqueta aprovechó el estruendo para salir al jardín. Nosotros nos subimos cuando se paró junto al escalón. Durante el regreso nadie habló de la libertad. Íbamos ocupados en conservar los dientes.

Al llegar, Pestaña se perdió entre las plantas y Croqueta volvió a su casa. Se tumbó en el mismo sitio de antes, se recogió las patas y cerró los ojos. El viaje parecía no haber ocurrido. Nosotros olíamos a cocina ajena y teníamos una bota menos. Él estaba impecable.

El desayuno de un hombre inocente

Al amanecer oímos a su humano: «¿Qué pasa, Croqueta? ¿Tienes hambre?».

El gato maulló.

Pero cómo maulló, amigos. Un sonido de huérfano victoriano que llevaba tres inviernos alimentándose de recuerdos. Nos tuvimos que meter detrás de una jardinera para no reventar de la risa.

Nos pasamos la vida intentando tener una explicación convincente para todo. Croqueta había robado pollo, nos había paseado por dos jardines y ahora estaba pidiendo el desayuno. Ni una justificación. Ni un «es que ayer». Tenía hambre otra vez, o ganas, o simplemente había alguien en posición de abrir una lata.

No hemos decidido imitarlo. A nosotros nos faltan el bigote y la capacidad de sentarnos encima del problema hasta que alguien nos acaricie. Pero desde aquella noche desconfiamos un poco de las apariencias: ese bulto adorable que duerme en el sofá podría tener más anécdotas que todos los de la casa juntos.

Cerramos el cuaderno. Debajo de «HOSTIA» escribimos la conclusión: «El sospechoso ha desayunado. Los investigadores, todavía no».

¿Los gatos son animales nocturnos?

Más bien crepusculares: suelen estar más activos al amanecer y al anochecer, según Cats Protection. Eso no impide que alguno organice jaleo de madrugada.

¿De verdad los Magikitos cabalgáis en los gatos?

En nuestros cuentos, sí, cuando el gato nos deja y sin mandar en el destino. Croqueta y esta expedición pertenecen a la ficción Magikita. Las figuras de porcelana fría nos representan, pero no salen a buscar pollo por su cuenta.

Un segundo: confírmanos que eres una persona