Magikitos y la naturaleza: el bosque de cerca

Si hay algo que define a los Magikitos, aparte de su sonrisa pícara y su sospechosa relación con los calcetines desaparecidos, es lo mucho que les gusta el bosque. Ven una seta y ya están pensando dónde pondrían la hamaca. Ven una raíz y les parece un banco estupendo para discutir asuntos de ninguna importancia.

Ese mundo pequeño, húmedo y lleno de recovecos nos da para inventar historias sin parar. Y cuanto más nos fijamos en el bosque de verdad, más cosas encontramos que no necesitan ningún truco para dejarnos con la boca abierta.

¿Por qué viven los Magikitos en el bosque?

Porque, en nuestras historias, el bosque es su casa. La leyenda de la casa tiene poco de solemne: nacen cuando alguien caga en el bosque con alegría. Así de fino empieza el cuento. Después vienen las travesuras, las meriendas y las conversaciones con vecinos que llevan sombrero de seta.

Los bosques de Taramundi forman parte de ese imaginario. La niebla, las hojas mojadas y las formas de los troncos invitan a mirar dos veces. Una sombra parece una oreja. Una rama parece un brazo. Si además falta un calcetín, empezamos a sospechar.

Magikito de pie, con gorro amarillo y peto azul, junto a una seta
El vecino tiene un sombrero enorme y no se mete en tus asuntos. Bastante buen vecino.

Imaginar una conversación con una seta es parte del juego. Observar cómo crece, dónde aparece y qué cambia a su alrededor abre otra historia igual de interesante.

No hace falta saberse los nombres de todo para empezar. Puedes fijarte en la forma del sombrero, en la luz que le llega o en las gotas que se quedan encima. Mirar ya es hacer algo.

El musgo tiene vida propia

En los cuentos, el musgo nos sirve de colchón. En el bosque es una planta: no produce flores y se reproduce por esporas. Puede retener agua y contribuir a mantener la humedad del entorno, como explica Kew.

Con mirarlo de cerca ya cambia la película. Lo que desde lejos parecía una mancha verde se llena de formas diminutas. Dan ganas de ponerle una escalera y abrir una pensión para duendes. Pero el musgo se queda donde está: esa pensión ya puede tener huéspedes.

La seta que ves no es todo el hongo

Una seta puede parecer recién llegada, como si alguien la hubiera colocado durante la noche. Es la estructura reproductora de un hongo. El micelio, una red de filamentos, puede permanecer oculto en el suelo o en la madera. Kew explica esa parte menos visible.

Así que, cuando desaparece la seta, no tiene por qué haber desaparecido todo el hongo. El vecindario tiene más habitaciones de las que se ven desde la calle. Si te gusta esa mezcla de curiosidad y cuento, sigue por la relación entre setas y duendes.

Magikito con gorro rojo y peto de cuadros, de pie sobre nueces junto a unas granadas
Este ha confundido la merienda con un escenario. De momento, las nueces no han presentado ninguna queja.

También nos inspiran las formas de las nueces, el rojo de una granada o una hoja que cambia de color. No todo tiene que convertirse en una gran revelación. A veces basta con pensar «mira qué cosa más bonita» y seguir disfrutando del rato.

Figuras inspiradas en el bosque

Las figuras de porcelana fría son representaciones artesanales de esos duendes. Sus caras, su ropa y sus detalles cuentan historias del bosque. Ese aspecto no significa que estén hechas únicamente con cosas recogidas entre los árboles, ni permite asegurar el origen de cada adorno.

Para conocer el oficio, puedes leer cómo se representan los Magikitos en figuras. Para conocer a los personajes, tienes a la pandilla en la sección de duendes. El bosque inspira las formas y los cuentos, y podemos disfrutar de ambos sin llevárnoslo por piezas.

Una colección de recuerdos que deja el bosque en su sitio

En vez de arrancar musgo o despegar corteza, prueba a guardar una foto, un dibujo o una descripción. La madera caída también sirve de hábitat. Forestry England recomienda dejar flores, hongos y madera muerta donde están al visitar sus bosques antiguos.

En cada lugar, sigue las indicaciones del espacio. Acércate por los caminos y evita pisar vegetación para conseguir una foto. Una foto pierde bastante gracia si para hacerla has desmontado el decorado.

Nos gusta mirar a fuego lento: volver al mismo árbol, escuchar un rato o descubrir qué ha cambiado después de llover. El shinrin-yoku es una práctica japonesa que invita a disfrutar del bosque a través de los sentidos. También puedes salir a dar una vuelta y ver qué te llama la atención.

¿Cómo puedo disfrutar de la naturaleza si vivo en la ciudad?

Empieza por algo que tengas cerca y que te apetezca observar. Un árbol de la calle, las nubes desde la ventana o una planta que puedas cuidar ya dan mucho de sí. No hace falta convertir el salón en una selva ni desplazarse kilómetros.

  • Mira el mismo rincón varios días. Quizá aparecen brotes o cambia la sombra.
  • Guarda un detalle. Una foto o dos líneas en un cuaderno pueden conservar el recuerdo sin recoger nada.
  • Busca un rato a tu medida. Puede ser un paseo, un banco accesible o mirar desde casa. No hay una distancia mínima.
  • Haz sitio a lo que te guste. Una planta adecuada a la luz que tienes, un dibujo o una foto pueden acompañarte sin convertirse en otra obligación.
Dos Magikitos sentados sobre un tronco, con un fuego al fondo
La reunión tiene dos asistentes y ninguna prisa por levantar acta.

Los Magikitos nos recuerdan ese gusto por detenernos en las cosas pequeñas. Una tarde puede dar para una historia entera, o simplemente para estar a gusto un rato. Las dos nos valen.

Y si aparece el calcetín perdido, mejor todavía. Al duende que lo llevaba le tocará dar explicaciones.

Un segundo: confírmanos que eres una persona