Escúchalo narrado
0:00 / 4:29Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura
Carmen, miarma, ese olor a café de tu cocina a medianoche tiene explicación. Somos nosotros. Y antes de que mires el enchufe, te adelantamos que no hemos pagado una factura de la luz en nuestra puñetera vida. Para hacer café tenemos fuego, un barreño y un palo. El palo no lleva aplicación. Lo hemos comprobado.
Arábica colombiano, que tenemos un paladar
Cultivamos nuestro propio café en un rincón del bosque al que llamamos la Pequeña Colombia. Allí no entra cualquiera. Braulio intentó plantar descafeinado y Nicanor lo acompañó hasta la puerta agarrándolo del chaleco. Sin violencia, pero con una decepción tremenda.
Solo nos gusta el arábica colombiano dulzón, del que huele a gloria cuando lo tostamos. Los primeros granos nos los trajeron unos primos de allí. Cuidamos las plantas con un mimo que ya quisiera el geranio de tu rellano. Fermín les canta por las mañanas. Las plantas crecen hacia el otro lado, pero crecen.
Cuando se nos acaba, lo mangamos de los bares. Qué vamos a hacer, Carmen. Entre quedarnos sin café y mantener una reputación que tampoco estaba para tirar cohetes, elegimos desayunar.
«Este pone mezcla», susurró Braulio una noche detrás de la barra.
«Pues déjalo, coño. Hemos venido a robar café, no a perder la dignidad».
Nos llevamos una bolsita del bueno y dejamos tres avellanas junto a la caja. Fermín puso una cuarta porque el camarero le había caído simpático. Luego volvimos al bosque abrazados al botín, oliéndolo por turnos y discutiendo quién había cargado más. Pesaba menos que una tostada.
Remueve, criatura, que no estamos remando
Tostamos los granos, los molemos con un molinillo de manivela y calentamos el agua en un barreño de metal gigante, sobre el fuego de piedra de la cocina. Cuando retiramos el barreño de las llamas, echamos el café y lo movemos con un palo limpio. Largo. El que remueve tiene que agarrarse bien al taburete.
Braulio le mete tanto entusiasmo que una vez se llevó por delante dos tazas y el desayuno de Nicanor. Este lo vio venir y levantó la tostada antes de apartarse él. Cada uno sabe lo que le ha costado untar.
«Despacio, carajo. ¡Que el café ya está muerto!».
Lo dejamos reposar un poquito y llega el filtrado. Aquí es donde los cafeteros finos se nos pueden ir sentando.
Usamos los calzoncillos blancos de domingo de Fermín. Recién lavados, bien aclarados y reservados para esto, que somos unos sinvergüenzas, pero tenemos un límite. Los sujetamos con pinzas sobre la jarra y vamos echando el café con un cazo. La tela retiene los posos. La goma inspira confianza.
«Los del lunes no, kiyo. Que eso ya viene torrefacto».

Un chorrito y se alarga la charla
De vez en cuando le echamos a nuestra taza un chorrito de whisky casero. Un chorrito, Fermín. Que el otro día echaste el café para darle color al whisky, so animal. Nos sentamos juntos, partimos algo de comer y arreglamos el mundo hasta que a alguien le entra hambre otra vez.
Y sí, alguna noche nos llevamos la jarra a tu cocina. Se está calentito y nos gusta hacerte compañía mientras duermes. Después de lo que liamos con aquel sacacorchos, esta vez recogemos antes de irnos.
Bueno. Casi todo.
Si mañana encuentras unos calzoncillos diminutos tendidos en el escurridor, no pongas esa cara.
«Carmen, no los guardes en el cajón. Que mañana desayunamos».