Un vinito y la que liamos: el sofá pagó la ronda

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Aquella tarde estábamos aburridos de cojones. Braulio llevaba un rato peleándose con un pistacho cerrado y los demás ya habíamos opinado sin ayudar. Entonces vimos la ventana abierta del salón de una parejita. Dentro había vino, queso y dos copas. Nos acercamos.

Lo tenían todo preparado. Ella encendió una vela. Él sacó el sacacorchos del cajón, lo dejó junto a la botella y se volvió para darle un beso. Ahí. Ese era el momento, miarma.

«Ahora, coño, que están distraídos».

Nos llevamos el abridor entre los tres y nos escondimos detrás de la cortina. Tenemos práctica haciendo desaparecer cosas, pero aquella vez nos salió fino. El hombre volvió a estirar la mano y agarró la mesa vacía.

«¿Y el sacacorchos? Si lo acabo de sacar».

Rebuscó en el cajón. Ella levantó el queso. Miraron debajo de los cojines y él abrió hasta la nevera. Nosotros mordiéndonos los gorros para no soltar una carcajada. Kiyo, entre los yogures no está. Pero tú mira bien, que nos lo estamos pasando estupendamente.

Primero intentaron sacar el corcho con una llave. La clavó torcida, giró la muñeca y puso una cara de esfuerzo que daba gusto verlo. El corcho ni se meneó.

«Cariño, esa abre el portal. A lo mejor tienes que llamar al tercero».

Después salió con un zapato porque había visto un vídeo. Ella lo frenó antes de que empezara a darle golpes a la pared. Bastante tenían con no poder beber como para acabar llamando al albañil.

Probaron a empujar con el mango de una cuchara. Nada. Luego lo intentaron con el pulgar, por si el problema era que al corcho le faltaba cariño. Ya estaba la vela por la mitad y el queso se les había quedado sudando.

Del brindis al bricolaje

Ella volvió del trastero con un tornillo y unos alicates. Se sentó junto a él, enroscó el tornillo en el corcho y agarró la cabeza con los alicates. Apartaron las copas. Aquello iba en serio.

«Tú sujeta la botella. Este cabrón sale hoy».

Él la sujetó. Ella tiró. Los dos apretaron los dientes. Nosotros nos asomamos un poquito más. De pronto salió el corcho y al hombre se le fue el brazo hacia atrás, con la botella ya abierta y el vino dando un bandazo.

El chorro cruzó el sofá de punta a punta. Respaldo, asiento, cojines. Todo. A él le dejó una manga empapada y a ella un goterón en la frente. Las copas, eso sí, seguían limpísimas.

Una pareja se ríe junto al sofá manchado de vino mientras tres Magikitos esconden el sacacorchos detrás de una cortina
Dos copas preparadas y el sofá bebiendo por libre. Vaya servicio, criaturas.

Se quedaron mirando el estropicio. Ahí se nos encogió un poco el culo. Una cosa era esconder el abridor y otra dejarles el salón hecho un cristo.

Ella se limpió la frente con el dedo y miró a su chico.

«¿Al sofá lo dejamos respirar o lo llevamos a la tintorería?».

Él soltó una risa tan bestia que casi se le cayó lo que quedaba del vino. Acabaron los dos en el suelo, con las bayetas en la mano, incapaces de frotar sin volver a reírse. Ole vosotros, hostia. Nos estaban ganando por goleada.

Les devolvimos el sacacorchos al cajón mientras recogían. Luego brindaron con las dos copas a medio llenar y siguieron comiéndose el queso, sentados en una manta. El sofá chorreaba, pero ellos estaban de puta madre.

Nos volvimos al bosque con la risa floja. Braulio se sentó, sacó su pistacho y nos miró muy serio.

«¿Alguien se ha traído los alicates?».

Un segundo: confírmanos que eres una persona