Escúchalo narrado
0:00 / 5:12Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura
Melitón llegó a nuestra chimenea con una cuchara de servir escondida en la manga. Dijo que venía a calentarse las manos. Una le pesaba un cuarto de kilo. Nosotros estábamos preparando un bizcocho para mojarlo en chocolate y aquel cabrón ya había elegido el arma.
«Yo solo quiero un trocito», anunció.
Liria le miró la manga y siguió untando el molde. Fuera llovía. Dentro olía a leña y teníamos toda la tarde por delante. A los Magikitos nos encanta ese momento en que todavía no has merendado, pero ya sabes que vas a perder la dignidad.
Primero hacemos un bizcocho de verdad
Para un bizcocho de ocho porciones usamos 3 huevos, un yogur natural de 125 g, una medida del vasito de aceite de girasol, dos de azúcar y tres de harina de trigo, más 16 g de levadura química. Es polvo de hornear, no levadura de panadero. Vaciamos el yogur y usamos el mismo vasito, limpio y seco, para medir. La harina va rasa, sin apretarla.
Precalentamos el horno a 180 °C, con calor arriba y abajo, sin ventilador. Engrasamos un molde redondo de unos 24 centímetros y ponemos papel de horno en la base. La chimenea es para arrimar el culo después. El bizcocho necesita su horno y su temperatura, que tirarlo a las brasas sería hacer carbón con ilusiones.
Batimos los huevos con el azúcar hasta que la mezcla claree. Añadimos el yogur y el aceite. Incorporamos la harina tamizada con la levadura y mezclamos lo justo para que desaparezca la harina seca. Liria sujetaba el cuenco mientras Melitón vigilaba que nadie le robara la cuchara que todavía fingía no llevar.
Vertemos la masa en el molde y horneamos en la zona central unos 35 a 45 minutos. No abrimos durante los primeros 30. A partir de los 35 pinchamos el centro: el palillo debe salir sin masa cruda. Si aún sale húmedo de masa, seguimos unos minutos y comprobamos otra vez. Cada horno tiene sus manías.
Dejamos reposar el bizcocho diez minutos en el molde, lo desmoldamos y esperamos a que se temple sobre una rejilla. Así aguanta mejor al cortarlo. Melitón se acercó tanto a olerlo que Liria tuvo que apartarle el flequillo.
«Respira por otro lado, picha, que nos estás enfriando la merienda con la nariz».
El chocolate y la poca vergüenza
Para acompañarlo preparamos ocho tazas pequeñas con un litro de leche, 300 g de chocolate negro de repostería y 30 g de maicena. Azúcar, solo si al probarlo lo queréis más dulce. Apartamos un poco de esa leche en frío para disolver la maicena. Calentamos el resto y fundimos el chocolate troceado, removiendo a fuego suave.
Añadimos la mezcla de maicena y seguimos removiendo, pasando por el fondo, hasta que dé un hervor suave y espese. Lo mantenemos así alrededor de un minuto y lo retiramos. Si queda demasiado denso, añadimos un chorrito de leche. Queremos que abrace la miga, no tener que sacar el bizcocho con una grúa.
Nos sentamos a una distancia cómoda del fuego y esperamos a que el chocolate deje de quemar. Metemos solo la punta de cada trozo y la sacamos enseguida. Si lo abandonas dentro, se ablanda y se parte. Entonces toca pescarlo con la cuchara. Aquí se viene a disfrutar, no a perder media merienda por hacerse el fino.

La primera miga se empapó, la corteza aguantó y nos quedamos callados de puro gusto. Hay tardes que caben enteras en un bocado. Luego volvimos a discutir por la esquina más tostada, porque tampoco nos dura tanto la poesía.
Melitón repartió las tazas con una amabilidad sospechosa. Cuando miramos de nuevo, tenía la olla ya tibia sobre un cojín en las rodillas y la tapaba con su manta. La cuchara asomaba por debajo.
«¿Qué tienes ahí?», le preguntó Liria.
«Mi niño. Acaba de dormirse».
Liria levantó la manta. A Melitón le brillaba un bigote de chocolate de oreja a oreja. Nosotros nos doblamos de la risa.
«Pues si lo has parido tú, friega la olla, campeón».