Me despierto con la lengua pegada al paladar y una idea rara sobre los despertadores, que en el fondo no marcan la hora sino el número de veces que nos hemos rendido a medias. Luego abro el grifo de la cocina y dejo correr el agua hasta que suena a fuente de pueblo, no a tubería. Guardo las anillas de las latas de conservas en un cuenco de barro, me niego a tirarlas, parecen alianzas de bodas metálicas. Si me ves parada delante de un ascensor ajeno, no espero a nadie, solo escucho si el motor jadea de cansancio. A veces canto a las persianas.
Mario Vera
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Un segundo: confírmanos que eres una persona