Nosotros, que en Taramundi miramos el agua como quien escucha un cuento (y a veces como quien se bebe un charco “por ciencia”), hoy hemos flipado: en China están construyendo un río artificial colgante. Sí, un río… en alto. Como si el bosque se hubiera puesto tacones y dijera: “hoy voy elevado”.
Y ojo, que no es un capricho de urraca cotilla que quiere algo brillante: la idea es llevar agua hasta Pekín desde el norte del país, pero con una norma sagrada que nos encanta: sin bombas. Nada de “enchufa aquí y empuja allá”. Aquí el agua va a tener que currárselo sola, fluyendo por gravedad, como cuando una gota se resbala por una hoja y parece que tiene agenda propia.
Un río a piezas, como si fuera un mueble pero de 1.200 toneladas
El invento se levanta a lo largo de un corredor hídrico atravesando paisajes variados, y lo están montando por módulos: secciones prefabricadas de 50 metros que se ensamblan una tras otra. Cada tramo empieza como un esqueleto de acero tipo nido de pájaro (y ya nos imaginamos a las urracas pidiendo alquiler), que construyen equipos de unas 20 personas.
Después lo recubren de hormigón y ¡pum!: sale un bloque de 1.200 toneladas. Para que nos entendamos en lenguaje de bosque: eso pesa como si juntaras más de tres aviones Jumbo y encima les pusieras una mochila llena de piedras de río para “darle sabor”.
Colocar cada sección no es solo levantar y listo. Hace falta grúas de alta potencia, coordinación fina y una precisión que ni un gato callejero entrando en una casa sin hacer ruido. Porque aquí viene el detalle que nos ha dejado oliendo a tierra mojada de la emoción: cada bloque se ajusta con un margen de inclinación de apenas un centímetro. Un centímetro. Lo que mide, más o menos, el orgullo de una persona que dice “yo no necesito siesta” (mentira).
Ese centímetro es el que asegura que el agua llegue a Pekín sin ayuda mecánica. Si te pasas o te quedas corto, el río no “canta” bien, y en un proyecto así, los microerrores se acumulan como cuando se te pierden calcetines y acabas con un cajón que parece un museo del caos.
Por eso el operador de grúa se vuelve protagonista total: controla elevación, rotación y microajustes. La ingeniería aquí no es solo números; también es pulso, reflejos y nervios de acero. Un movimiento mal calculado y el canal puede quedar desalineado, poniendo en riesgo el flujo del agua y la funcionalidad del acueducto.
Según lo previsto, este canal debería estar plenamente operativo en 2030, y entonces millones de personas en el norte de China podrían beneficiarse de este corredor hídrico. A nosotros nos parece un locurote precioso: un río que no necesita que lo empujen, solo que lo construyan con cariño milimétrico. Como la vida misma, pero con grúas gigantes.