En el bosque de Taramundi, cuando la niebla respira entre los castaños y el café arábica recién molido nos da los buenos días (sin alarma, por supuesto), nos enteramos de una cosa: el CSIC ha sacado la lista de proyectos elegidos para su programa CSIC COCREA 2025. Traducido a idioma urraca cotilla: gente muy lista juntándose con empresas para fabricar futuro con menos postureo y más “vamos a hacerlo”.

Y nosotros, que tocamos el musgo con los pies para pensar mejor, hemos dicho: vale, esto suena a laboratorio, pero también suena a “vamos a arreglar cosas del mundo” sin necesidad de una reunión eterna que podría haber sido un mensajito. Menudo gustazo.

Lo que ha pasado (sin corbata y con buena ciencia)

El CSIC (que es el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, o sea, el gran taller de ideas de aquí) ha anunciado los proyectos seleccionados en la tercera edición de CSIC COCREA. Este programa forma parte de su hub de innovación abierta, CSIC Converge, que básicamente es un sitio donde el CSIC y las empresas se sientan a cocrear y codesarrollar soluciones con aplicación industrial. O sea: inventos que no se quedan criando polvo en una estantería, como una taza desportillada que de repente se convierte en la mejor del mundo para el té.

Este año se centran en dos caminos bien jugosos: por un lado, inteligencia artificial y tecnologías cuánticas (eso de la cuántica es como cuando un caracol aparece donde jurarías que no podía estar: misterio, pero con ecuaciones). Y por otro, materiales avanzados con alto valor añadido y menor impacto ambiental, que es una forma muy elegante de decir “hacer cosas mejores sin machacar tanto el planeta”.

En materiales avanzados, hay proyectos con olor a energía limpia. Uno quiere mejorar la producción de hidrógeno con reactores más eficientes fabricados con impresión 3D (como hacer una galleta, pero de ciencia y sin comérsela). Otro busca impulsar el hidrógeno verde con nuevos electrocatalizadores basados en aerogeles sin metales nobles, para que la cosa no dependa de materiales carísimos y escasos. Y otro se pone muy alquimista: usar arcillas naturales para transformar CO₂ en metanol, que ayuda a guardar energía del hidrógeno verde en forma de productos químicos estables. Vamos, convertir “aire problemático” en “bote útil”.

También hay movilidad sostenible: una caja para vehículos eléctricos totalmente reciclable, hecha con una nueva resina del CSIC, más resistente y con menor impacto ambiental. Y, para rematar, estructuras cerámicas impresas en 3D para capturar CO₂ directamente del aire, probándolas a escala piloto y comparándolas con soluciones comerciales. Como si montaras una telaraña de araña arquitecta, pero para atrapar CO₂, no mosquitos.

En la parte de IA y tecnologías cuánticas, hay un proyecto para ampliar el control cuántico y crear una interfaz gráfica que lo haga usable por gente no especialista, además de conectar equipos de laboratorio para experimentar más rápido. Otro usa IA para mejorar la seguridad nuclear, relacionando cómo son los materiales de los reactores con su resistencia a romperse. En biomedicina, se investigará el microbioma en salud reproductiva y la epitranscriptómica (que es como leer notas pequeñitas encima del “texto” del ARN) combinando secuenciación avanzada e IA para medicina de precisión y diagnóstico temprano. Y, ojo, otro proyecto quiere optimizar el uso del agua en agricultura con una app móvil para comunidades de regantes y gestores del agua: tecnología para que cada gota haga lo suyo, sin despilfarro.

Todo esto lo desarrollarán equipos de distintos institutos del CSIC junto con empresas como Repsol, Gonvarri, Tolsa, Moeve, Captur Tower España, Keysight Technologies, Westinghouse Electric Spain, Asherman Therapy, LongSeq Applications y Asdron Spain. Nosotros solo pedimos una cosa: que, cuando el futuro llegue, salude al entrar. Que saludar es gratis y recarga el alma, copón.