Nosotros estábamos aquí en el bosque de Taramundi, oliendo a tierra mojada y moliendo un cafetito arábica como quien invoca sabiduría… cuando nos llega una noticia que brilla más que una cucharilla robada por una urraca cotilla: Teruel ya tiene un trocito del espacio con su nombre.
Y no es una metáfora bonita de poeta con bufanda: es literal. Un asteroide, de esos que van por ahí haciendo turismo interplanetario sin comprar souvenirs, se va a llamar oficialmente “Teruel”. Menudo locurote elegante.
Lo que ha pasado (sin humo de oficina)
La Unión Astronómica Internacional (IAU, que suena a estornudo fino) ha aprobado que el asteroide 178383, descubierto en 1997, pase a llamarse 178383 Teruel. La petición la hizo la Fundación Instituto de Astronomía y Astronáutica de Mallorca (Fiaam), que básicamente ha dicho: “Oye, que Teruel se merece su placa en el universo”. Y nosotros: pues sí, claro que sí.
La idea tiene su aquel: poner en valor la aportación de Teruel a la ciencia y la investigación, que a veces pasa más desapercibida que un gato callejero cuando quiere escuchar secretos. Pero resulta que, igual que las grietas de las aceras sacan hierba porque la vida insiste, las ciudades también dejan huella… incluso a 450 millones de kilómetros.
Y ojo, que Teruel no va solo en este viaje cósmico. Ya hay otro cuerpo celeste con nombre turolense: el escritor Javier Sierra también tiene uno desde hace poquito. Vamos, que en Teruel miran al cielo y el cielo les contesta con matrícula.
¿Y ese asteroide dónde va tan tranquilo?
El 178383 Teruel vive en el cinturón principal de asteroides, que es como el pasillo entre Marte y Júpiter donde se juntan millones de rocas espaciales a hacer su vida. Fue descubierto el 5 de agosto de 1997 por el Observatorio Astronómico de Mallorca y, por su brillo, se calcula que mide unos tres kilómetros. Tres kilómetros, que es como decir: “no soy una canica, pero tampoco vengo a aparcar en doble fila”.
Lo mejor para nuestras siestas-portal-a-otras-dimensiones: su órbita no representa ningún peligro para la Tierra. Es un embajador aragonés de buen rollo, no un susto con piedras.
Y encima el nombramiento también honra lo que Teruel es: una ciudad con un patrimonio cultural y arquitectónico reconocido, con monumentos mudéjares Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Vamos, que ahora el mudéjar también tiene eco en el cosmos. Si las nubes tienen flow, este asteroide va con capa y peinado.