En el bosque de Taramundi, cuando huele a tierra mojada, sabemos que no siempre viene tormenta: a veces es solo el suelo respirando tranquilo. Pues con el omeprazol ha pasado algo parecido: llevaba años con fama de “uy, cuidado” y ahora llega una investigación a decir: calma, que igual nos estábamos asustando por culpa de un espejismo estadístico.

Porque sí, durante décadas han salido trabajos sugiriendo que los inhibidores de la bomba de protones (IBP, que suena a banda indie pero en realidad son medicinas como omeprazol, esomeprazol, pantoprazol y compañía) podían asociarse a más riesgo de cáncer gástrico. En algunos estudios, hasta el doble. Y claro: eso se queda pegado en la cabeza como pelusa debajo de la cama… que parece mascota, pero en realidad es polvo con ganas de protagonismo.

Ahora, un estudio encabezado por Duru y su equipo ha revisado el asunto con un enfoque bastante serio y con menos trampas que un semáforo en ámbar. ¿La idea? Que muchas asociaciones anteriores podrían venir de limitaciones metodológicas: por ejemplo, confundir qué tipo de cáncer se está mirando, incluir gente que tomó el fármaco poco tiempo, o no ajustar bien por un invitado muy importante en esta fiesta: Helicobacter pylori, una bacteria con nombre de villano de novela que sí está claramente relacionada con el cáncer de estómago.

Lo que han mirado (y por qué impresiona)

Este trabajo tira de registros sanitarios nacionales de cinco países nórdicos (Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia). Nórdicos, sí: gente que probablemente hace listas hasta para respirar, así que sus registros suelen ser muy completos. Han analizado más de 17.232 casos de adenocarcinoma gástrico (ojo: no cáncer de cardias) y más de 172.297 controles, con datos acumulados durante 26 años.

Además, han intentado evitar un lío típico: que el medicamento se empiece a tomar por síntomas iniciales de una enfermedad que aún no se ha diagnosticado (eso se llama sesgo protopático, y suena a hechizo, pero es solo una trampa de interpretación). Por eso excluyeron la medicación del año previo al diagnóstico y ajustaron por factores como edad, sexo, tabaco, alcohol, obesidad, diabetes tipo 2, historia de úlcera y tratamientos para erradicar H. pylori.

¿Resultado principal? En esas condiciones, no encontraron que el uso de IBP se asociara con un mayor riesgo de adenocarcinoma gástrico (no cardias). Y lo curioso es que, cuando reintroducían algunas de esas limitaciones “de antes”, volvía a aparecer el aumento de riesgo. Como cuando una urraca cotilla te cuenta un rumor y, si no preguntas de dónde lo ha sacado, te lo crees entero.

¿Entonces todo bien y ya está?

Tranquilidad, sí, pero sin convertir el omeprazol en amuleto. El estudio es observacional (casos y controles con registros), así que no puede demostrar causalidad definitiva. Y faltan datos finos como dieta (hola, sal), antecedentes familiares o detalles de dosis y tipo de IBP. Además, se centra en un subtipo concreto (adenocarcinoma) y no cubre otros tumores gástricos raros.

En la práctica clínica, el mensaje es bastante claro: si una persona necesita tratamiento prolongado por indicación bien puesta (por ejemplo, reflujo gastroesofágico), estos datos ayudan a tomar decisiones con menos miedo. Eso sí: los autores recuerdan que el uso prolongado debe reevaluarse de vez en cuando por otros posibles efectos adversos, aunque no sean cáncer gástrico.

Nosotros lo resumimos así, con taza desportillada y café arábica: parece que el susto grande se desinfla… pero la medicina, como los caracoles, va despacito y mirando el camino con calma. Y eso, la verdad, mola un huevo.